José de Calasanz, la educación como motor de cambio

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José de Calasanz nació en Peralta de la Sal, provincia de Huesca, España, en 1557. Hijo de Pedro Calasanz y María Gastón, fue el menor de ocho hermanos. Pasó sus primeros años de infancia en Peralta. Estudió Teología y Derecho en las ciudades de Lérida, Valencia y Alcalá. El 17 de diciembre de 1583, recibió el sacramento del Orden Sacerdotal.

Durante sus primeros años de sacerdocio en España estuvo al servicio de los Obispos de Barbastro, Lérida y Seo de Urgel. A finales de febrero de 1592 marchó a Roma, convencido de que, permanecería allí poco tiempo, únicamente el necesario para obtener una canonjía; ésta le permitiría volver a su tierra tranquilo, satisfecho y con una buena posición.

Pero la deseada canonjía no llegaba, y por las calles romanas Dios le salió al paso en el lugar más insospechado. Se inscribió en varias cofradías, que realizaban obras de beneficencia en favor de los pobres, el dolor y la miseria le tocaron el corazón. Pero fueron los niños, los niños abandonados, los niños que tenían que trabajar desde pequeños, los niños sin educación, los niños agresivos y violentos, los niños con su niñez herida, los que le sembraron la profunda inquietud que transformaría su vida. En 1597, después de haber descubierto una pequeña escuela que funcionaba en la sacristía de la parroquia de Santa Dorotea en el Trastévere, abrió la Primera Escuela gratuita de Europa para educar en Piedad y Letras a los niños que le robaron el corazón. Cuando al fin le ofrecieron una canonjía, él respondió:

“En Roma he encontrado la manera definitiva de servir a Dios, haciendo el bien a los niños pobres. Y no los dejaré por nada del mundo”.

Desde entonces, dedicó su vida a educar a los niños pobres de Roma y a fundar escuelas gratuitas en otros lugares de Europa. Para asegurar la pervivencia su obra, y para favorecer el surgimiento de verdaderos maestros que se entregaran con pasión y vocación a los niños, fundó en 1617 la Congregación de Pobres de la Madre de Dios las Escuelas Pías.

Fue perseguido por sus ideas innovadoras, por su deseo de educar a las clases marginadas y por causa de las divisiones internas que se dieron en la propia comunidad religiosa. El Papa Inocencio X dictó medidas para la extinción total y definitiva de la Orden de las Escuelas Pías. Sus últimos años de vida los dedicó a la redactar cartas que, con sólidos argumentos, defendían la labor de sus Escuelas, y confirmaba a sus religiosos, invitándolos a ser fieles hasta el final.

Murió a los 91 años de edad, despojado de todo, en absoluta pobreza, con la Orden casi extinguida, pronunciando por tres veces el nombre de “Jesús”. Antes de morir, quiso Dios enviarle un consuelo: tuvo la aparición de la Virgen María, quien le aseguró que la Obra de las Escuelas Pías se restablecerían y “resucitarían” con gran vigor. Y así fue con el paso de los años. Hoy el carisma y la obra de Calasanz siguen vivos en muchos lugares del mundo.

Un niño, al escuchar la noticia de su muerte, corrió por las calles de Roma gritando: ¡El santo ha muerto! ¡Ha muerto el santo viejo! Era la madrugada del 25 de agosto de 1648.