Este es el día que en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo (Sal 117)

 ¡Aleluya, aleluya! Cristo emerge victorioso del sepulcro, muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida. El Resucitado llena de luz y de esperanza a la humanidad redimida e inunda con su resplandor toda la tierra. En esta mañana de luz, Jesús resucitado está llamando a nuestro corazón para llenarlo de alegría y de paz. Su luz disipa toda oscuridad y su amor vence toda disensión, haciendo más espaciosa la casa para el encuentro.

Jesús resucitado lleva las llagas impresas en sus manos, en sus pies y en su costado. Estas heridas son el sello imborrable de su amor por nosotros. Él es la esperanza para todos los que sufren, para los niños sin hogar, para los emigrantes y refugiados, para los que han perdido el sentido de su vida, para los enfermos, para los que han despedido en silencio y soledad a un ser querido, para los que no tienen un trabajo digno y atraviesan por dificultades económicas e incertidumbres de diversa índole…Por sus llagas hemos sido curados…

Él da consuelo y nos sostiene en nuestras fragilidades en las Galileas de la existencia. Él es el Rey vencedor que se apiada de la miseria humana   y nos anima en los esfuerzos por construir un mundo mejor, siendo testigos y misioneros   de la Resurrección, porque en cualquier recodo del camino, allí el Señor nos aguarda y se une a nuestro caminar de peregrinos.

En esta fiesta de Resurrección, que Cristo, nuestra paz, silencie el clamor de las   armas en los países atormentados por la guerra y que el resplandor de la Pascua difunda su fulgor por el mundo.   ¡Feliz Pascua!