ORAR CON LA PALABRA


Edilio Mosteo
Sacerdote Diocesano


Dios llama incansablemente a cada persona al encuentro misterioso con Él. La oración acompaña a toda la historia de la salvación como una llama recíproca entre Dios y el hombre
(CEC 2591)

Dios nos llama; nos llama incansablemente, siempre, pues nunca se cansa de nosotros; nos llama a un encuentro misterioso con Él; misterioso, sacramental, pues lo que se ve, en la oración, envuelve, encierra, el verdadero encuentro en el Espíritu. Pero debemos cuidar con todo esmero la dimensión externa de la oración (el lugar, la postura, la mirada, el recogimiento de los sentidos) sin quedarnos farisaicamente en ello, sino yendo bien adentro, pues el encuentro se da en el Espíritu derramado en nuestros corazones.

También nosotros debemos llamar incansablemente a Dios, siempre, para conocer su voluntad, lo que desea de nosotros en ese momento; para que guíe y sostenga nuestro obrar, pues es evidente nuestra tendencia a apropiarnos de lo que hacemos, a buscar autoafirmaciones en nuestra caridad, nuestro servicio, nuestro trabajo; es también evidente nuestra inutilidad, pues "si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles" (Salmo 126) También debemos invocarle siempre para alabarle y darle gracias, pues toda nuestra vida, nuestro ser, es don suyo.

La Biblia, la Palabra, es el lenguaje preciso - y precioso - de este encuentro. Nada nos dice Dios que no esté ya en la Escritura; y no existe palabra más inspirada y más apropiada para dirigirse a Dios que la que nos ofrece el Libro Santo, singularmente los salmos. "No digas nada (a Dios) sin las palabras de Cristo, como el Padre no te dice nada sin Él" (San Agustín)

No es de menos ayuda para la oración la Biblia que el Sagrario: "La Iglesia siempre ha venerado la Sagrada Escritura como lo hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la Liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo" (Vaticano II, La divina revelación, nº 21)

La Palabra, pues, es lugar privilegiado de encuentro con Dios, bien sea para escucharle o para hablarle: "Con Él hablamos cuando oramos, y lo escuchamos a Él cuando leemos los divinos oráculos" (San Ambrosio). En toda forma de oración es esencial escuchar a Dios. Es de una gran torpeza poner más acento en decirnos que en escucharle; o también, mucho leer sin darle respuesta, ni siquiera un amén, un fiat, o una palabra de alabanza y gratitud, o un silencio que acoge, envuelve y guarda, en la memoria del corazón, lo escuchado. Una lectura sin respuesta puede satisfacer nuestra curiosidad o puede servir de puro y honesto entretenimiento, pero no hay verdadero encuentro si no se da, de algún modo, la escucha y la respuesta, el diálogo.

No podemos olvidar, sin embrago, que este encuentro con Dios en su Palabra no acontece de un modo automático, mecánico. Ciertamente es un encuentro misterioso en el que nosotros no llevamos el timón, la iniciativa. " Dios me es testigo de que he visto muchas veces al "Esposo" acercarse a mí y estar conmigo. Pero de improviso se alejaba y yo no conseguía encontrar a aquel que buscaba. Seguí, no obstante, deseando su retorno y Él volvía de cuando en cuando" (Orígenes) "Cuando viene, el Esposo se recrea en la "esposa", le habla, la lleva a recordar los dones que le ha otorgado y le infunde un dulce e íntimo afecto, de suerte que no olvide los bienes que de Él ha recibido y recuerde a Aquel que se los ha dado. Sí, en efecto, el Esposo habla a la esposa, no puede hablar sino de amor" (Hugo de San Victor)

Orar con la Palabra tiene su más certera y hermosura en la Liturgia y el la Lectio Divina.

Orar con la Palabra en la Liturgia

Cuando hablamos de oración, se tiende a pensar enseguida en la oración personal privada, pero ésta no es más que una preparación o una prolongación de la gran oración de los cristianos que son la Eucaristía y el Oficio Divino.

"La Liturgia de las Horas extiende a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico.
La celebración eucarística halla una preparación magnífica en la Liturgia de las Horas, ya que ésta suscita y acrecienta muy bien las disposiciones que son necesarias para celebrar la Eucaristía, como la fe, la esperanza, la caridad, la devoción y el espíritu de abnegación" (Ordenamiento General de la Liturgia de las Horas, n. 12)

En la medida que vamos avanzando en el camino de la oración, nuestro modo de orar, nuestras palabras, nuestros silencios, se van pareciendo cada vez más a las palabras y los silencios de la Iglesia, a sus himnos, a los salmos y cánticos, al padrenuestro. No hay, no puede haber, disociación entre nuestra oración privada y la oración pública, eclesial, comunitaria. De ésta se nutre nuestra pobre oración personal. De tener que prescindir de una de las dos, por premura de tiempo, habría que prescindir de la nuestra.

Esto implica ciertamente que es preciso celebrar, cantar, recitar dignamente y sin prisas las horas del Oficio, de tal manera que las laudes y las vísperas sean momentos deseados, esperados, porque restauran, nos dan vida, aliento, nos esponjan el alma. Cuidar la disposición del lugar, la puntualidad, la postura corporal, el tono de voz, el ritmo en la recitación, los momentos de silencio, no es hacer teatro ni le resta sencillez y sobriedad al Oficio Divino, sino que le aportan belleza y expresividad: no puede ser aburrida, descuidada, rutinaria, la oración de la esposa, la oración de la Iglesia "Concuerde nuestra mente con nuestros labios" (Regla de San Benito, cáp. XIX), nuestro interior debe concordar con lo exterior, con el modo de hacerlo. Descuidar las formas, lo dicho anteriormente, en aras de una pretendida sencillez espiritual es, cuando menos, olvidar la dimensión corporal, sensible, del ser humano.

La pura espontaneidad, por otra parte, puede ser más signo de subjetivismo adolescente que de eclesialidad adulta. Es bueno unirse siempre a la Iglesia, recitar -por ejemplo- un salmo alegre cuando yo estoy triste, porque hoy la Iglesia reza ese salmo. O meditar con la Iglesia un salmo sapiencial sobre la fugacidad de la vida, cuando yo estoy alegre como unas castañuelas. Es bueno no vivir agotado en los propios sentimientos, negarse a sí mismo y abrirse humildemente a la Palabra pronunciada por la Iglesia. Cuando hacemos esto, comprobamos enseguida que somos enriquecidos, que es más lo que ganamos que lo que pretendemos nosotros mismos para unirnos a la oración de la Iglesia.

Sustituir un salmo o el magníficat por otro texto que diga algo parecido es no haber descubierto, todavía, que el café o el chocolate son incomparablemente mejor que cualquier sucedáneo. Lo que se me ocurre nunca es mejor que lo que la Iglesia propone. Lo peor es la actitud que subyace a muchas de nuestras adaptaciones: que yo soy dueño y señor de la oración litúrgica (en la Eucaristía o en el Oficio Divino); que yo puedo corregir a la Iglesia; que la norma soy yo.

Pero, tal vez, el peor enemigo que tenemos es la rutina, el desinterés. Hay que abrir el salterio cada día con las manos veladas por el velo del respeto, de quien toca algo santo, y con el corazón encendido, enamorado, apasionado por Dios y su Palabra. Hay que sentarse a la mesa de la Palabra, cada Eucaristía, como quien asiste a una fiesta, nunca de mala gana, nunca mal vestido. Es el Todopoderoso, el Eterno, quien va a venir y va a hablarnos. En medio de esta sociedad y esta cultura que han dado la espalda a Dios, o que no le conocen, que viven atrapados por el frenesí de la vaciedad, de la caducidad, del sinsentido, tenemos que sentirnos inmerecidamente privilegiados de poder escuchar Palabras de vida eterna; nuestras celebraciones, nuestras oraciones, en medio de una gran sencillez, deben cuidar la belleza del silencio, de la quietud contemplativa, del recitar sosegado y sin prisas, ojalá que de la música y el canto.

Orar con la Palabra: La Lectio Divina

"La Lectio Divina ha compartido la suerte feliz y desgraciada de la Biblia. Nacida en los antiguos tiempos bíblicos, implantada en el cristianismo y difundida en la Edad Media, se vio desterrada lo mismo que la Biblia. Y con ella ha vuelto del exilio. Descubierta de nuevo por los cristianos que han recuperado el valor de lo esencial y recobrado el gusto por lo auténtico, va imponiéndose hoy, cada vez más, y difundiéndose ampliamente" (Mario Masini: La Lectio Divina)

La Lectio Divina es un método de oración largamente experimentado por la Iglesia, un método, un camino de oración, que parte de la lectura atenta de la Palabra de Dios. Pero no se trata de cualquier lectura, sino de una lectura meditativa, orante, contemplativa. Como todo método, tiene sus exigencias, su técnica, sus pasos, la necesidad de una iniciación, un aprendizaje. Es normal que, al principio, andemos un poco torpes por un camino-método nuevo.

El fruto de la Lectio, evidentemente, no es inmediato: la Palabra es una semilla pequeñita, pero llena de vida, que debo guardar y cuidar para que crezca en mí y madure: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga (Mc 4,28 ) Además, cada uno tiene sus posibilidades y sus limitaciones, no todos deben dar el mismo fruto: uno ciento, otro sesenta, otro treinta (Mt 23,23)

Una gran maestro espiritual, Barsanufío, monje entre los siglos V y VI, venerado como santo por la Iglesia greco-copta, dice a propósito de la Lectio, comparándola con la natación: "Es necesario ser valiente, tirarse al agua e intentar, una y otra vez, mantenerse a flote y avanzar en ella". Tal es nuestra precariedad frente a la Lectio Divina. Intentar hacer, día tras día, asiduamente, no ocasionalmente, una lectura así:

  • Una lectura orante, que parte de ponernos en presencia de Dios, en silencio, a su escucha. (Statio)
  • Una lectura sosegada, que pone atención en cada palabra, no sólo en el contenido central, una lectura más intensa que extensa (Lectio)
  • Una lectura que no se queda en ideas teológicas, espirituales o morales, sino que nos abre a la oración: la alabanza, la acción de gracias, la súplica, la petición de perdón... (Oratio)
  • Una lectura que tiende al silencio contemplativo, a la mirada del corazón, a amar en silencio, a dejarse amar por el amor. (Contemplatio)
  • Una lectura que nos coge la existencia, la vida, iluminándola, orientándola, modelándola e impulsándola a dar fruto: la Palabra se adueña de nuestro yo, en el Amor, en la unidad del espíritu Santo, dándonos una nueva e insospechada fecundidad (Operativo)
  • Una lectura que nos lleva a un humilde compartir espiritual con el otro, no a un presumir de lo que yo sé, yo he leído; si la Palabra nos lleva a presumir, ahí mismo está la señal de que no me he encontrado con Dios en la Lectio. (Colatio)

No es un método cualquiera de lectura de la Palabra, pero tampoco es un método elitista, sólo para intelectuales o gente muy preparada. María de Nazaret, humilde y sencilla mujer, es el gran icono de la Lectio Divina: su silencio, su escucha, "mujer del silencio y de la escucha" la ha llamado Juan Pablo II; su guardar con cuidado, continuamente, la Palabra, meditándola; su disponibilidad a la Palabra, su fiat, su obediencia de fe, su servicialidad a la Palabra... constituyen el gran ejemplo de orar con la Palabra, de acoger la Palabra, para todos nosotros. Ningún teólogo, ningún maestro espiritual, tiene nada que enseñarle a María sobre la escucha orante de la Palabra, ella es madre y maestra de todos.

La Lectio Divina nos lleva, como afirma San Gregorio Magno, "a aprender a conocer el corazón de Dios en la Palabra de Dios".