La experiencia de Dios
en San Juan de la Cruz

Alfonso Baldeón-Santiago. ocso
Rubi - Barcelona

1. UNA PREGUNTA AL MÍSTICO: "¿CÓMO ES TU DIOS?"

No es fácil el acercamiento a los místicos. Pero quien logra superar las inevitables barreras iniciales que nos separan de ellos, viven la experiencia de un saludable ensanchamiento interior del corazón y el espíritu, que se abren a nuevos horizontes, a menudo insospechados. Sólo por ello, ya valdría la pena ese encuentro. Si, además, quien se acerca al místico es una persona creyente, el encuentro con el místico, con el testimonio de su experiencia de Dios, no puede sino ayudarle en su personal apertura al misterio trascendente y cercano de Dios; apertura que se articula en una recíproca acogida y entrega, que constituye el nervio central de la experiencia mística en cuanto comunión interpersonal en el amor compartido.

El místico, en definitiva, es una persona que se ha abierto máximamente ante la presencia invadente de Dios en su vida, y ha ido dejando que esa presencia activa y operante configure progresivamente su modo de ser y de vivir. Las modalidades de la experiencia mística quizá sean poco menos que ilimitadas. Cada una es singular e irrepetible: única. Y cada uno de los místicos que podemos hallar nos transmitirá una experiencia netamente personal, única e irrepetible, por más que podamos establecer entre ellos multitud de semejanzas, paralelismos.

Este curso trata de profundizar, en un ámbito y contexto ínter-confesionales, en la "experiencia de Dios". Y es ahí, precisamente, donde el místico, cualquiera que sea su filiación confesional, tiene una palabra propia que decirnos.

Desde la perspectiva cristiana, vamos ahora a centrarnos en un caso concreto: el de Juan de la Cruz (1542-1591), cuya importancia y significatividad no necesitan demostración alguna.


Al místico Juan de la Cruz nos vamos a acercar con una sola pregunta: "¿Cómo es tu Dios?". Vamos a situarnos frente a él con el respeto y la confianza que nos inspira, y le vamos a hacer con sencillez la pregunta: "Fray Juan, háblanos de Dios. No del Dios que "sabes" o que "conoces". Háblanos del Dios que vives: del Dios que gozas y que padeces. Dinos una palabra sobre Dios, el Dios de tu vida, de tu experiencia. Dinos, con sencillez, cómo es tu Dios".

Tenemos una ventaja. Juan de la Cruz nos ha dejado una serie de Obras escritas donde ha vertido lo mejor de su experiencia de Dios. Su palabra nunca es marginal o insignificativa. Es un hombre de esencial, que siempre va a lo esencial. No prodiga jamás palabras vacías, vanas o meramente retóricas. Su palabra, oral y escrita, brotó siempre de la hondura de su vivencia y lleva siempre consigo el sello de la autenticidad, de la transparencia, del testimonio, ofrecido con generosa liberalidad. La suya es una palabra constantemente ceñida a la vida: de ella brota y a ella trata de interpelar.


2. DIOS ES EL "BUSCADOR APASIONADO" DEL HOMBRE"

Lo primero que nos va a responder Fray Juan es algo muy sencillo, pero de una enorme trascendencia: Dios es quien busca al hombre, no al revés, como estamos siempre tentados de pensar. Su formulación es clara y concisa, contundente: "Cuanto a lo primero, es de saber que, si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella" (LB 3,28). Es un principio básico, fundamental, que sustenta todas las relaciones entre el hombre y Dios. Y el Santo lo reafirma "no sólo para estas almas que van tan prósperas, sino también para todas las demás que andan en busca de su Amado (LB 3,27). Y es que, en este campo, un error de planteamiento puede dar al traste con todo el proceso espiritual o, al menos, comprometerlo seriamente.

En uno de sus célebres "Dichos de luz y amor" vuelve a afirmarlo con rotunda claridad: "¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que tú te muestras primero y sales al encuentro de los que te desean?" (Av 1,2). Es evidente para él: Dios se muestra primero, antes de que se despierte en el hombre cualquier movimiento de búsqueda; Dios sale al encuentro del hombre con una iniciativa radical que brota únicamente del amor.

Todo el protagonismo, más allá de cualquier ilusión o espejismo humanos, pertenece exclusivamente a Dios. De Él nace la iniciativa y Él es el artífice e impulsor de todo el proceso espiritual del hombre. Por ello debe advertir el alma, avisa Fray Juan, "que en este negocio es Dios el principal agente y el mozo de ciego que la ha de guiar por la mano a donde ella no sabría ir" (LB 3,29)
"Mucho más la busca su Amado a ella" (LB 3,28). Ese "mucho más" sanjuanista está expresando una prioridad absoluta en la iniciativa divina, originante y sustentadora de todo el camino espiritual.

Quien lee sabrosamente las estrofas de la primera parte del Cántico espiritual puede quedarse con la impresión de que es el alma, la persona humana, quien a impulsos del amor protagoniza un largo y laborioso itinerario de búsqueda que tiene a Dios por objeto. Un Dios escondido y huidizo al hombre. Un hombre que se afana hasta casi extenuarse en una búsqueda llena de ansia y de tensión. Bastaría, como muestra interesante, un rastreo por los verbos empleados para describir ese dinamismo creciente del alma en busca de Dios.

Pero hay un momento culminante en el Cántico espiritual, a la altura de la canción 22, donde la agudeza del Santo escribe una página antológica que nos desvela el verdadero sentido de todo el itinerario anteriormente descrito. Ahí, sirviéndose básicamente de las dos parábolas lucanas de la oveja y la dracma perdidas y encontradas, Fray Juan nos hace caer en la cuenta de que paralela a la búsqueda ansiosa del alma iba, oculta como su urdimbre básica, la búsqueda no menos ansiosa de un Dios que, "por muchos rodeos" y de mil maneras andaba tras el alma deseoso de "ganarla" para sí y de tenerla "en sus brazos":
"Tanto era el deseo que el Esposo tenía de acabar de libertar y rescatar esta su Esposa de las manos de la sensualidad y del demonio, que , ya que lo ha hecho, como lo ha hecho aquí, de la manera que el buen Pastor se goza con la oveja sobre sus hombros, que había perdido y buscado por muchos rodeos, y como la mujer se alegra con la dracma en las manos, que para hallarla había encendido la candela y trastornado toda la casa, llamando a sus amigos y vecino, se regracia con ellos diciendo:"alegraos conmigo", etc., así este amoroso Pastor y Esposo del alma es admirable cosa de ver el placer que tiene y gozo de ver al alma ya así ganada y perfeccionada, puesta en sus hombros y asida con sus manos en esta deseada junta y unión.
Y no sólo en sí se goza, sino que también hace participantes a los ángeles y almas santas de su alegría, diciendo como en los Cantares: "salid, hijas de Sión, y mirad al rey Salomón con la corona que le coronó su madre el día de su desposorio y en el día de la alegría de su corazón",llamando al alma en estas dichas palabras su Esposa y la alegría de su corazón, trayéndola ya en sus brazos y procediendo con ella como esposo de su tálamo" (CB 22,1)

Dios, pues, buscador del hombre. Buscador anhelante, apasionado, incansable. Si el hombre llega, a su vez, a convertirse en un buscador apasionado de Dios, será precisamente porque previamente es un buscado por Dios.

Es la búsqueda amorosa por parte de Dios la que posibilita la nuestra como respuesta, como eco, como resonancia. La posibilita, la suscita y la sostiene. Dios es, pues, para Fray Juan, el buscador apasionado del hombre que quiere convertir al hombre en un buscador apasionado de Dios.

3. DIOS ES EL "ENGRADECEDOR" DEL HOMBRE"

Hay un diferencia, y grande, entre la búsqueda humana y la de Dios. Mientras el hombre busca siempre desde su indigencia, tratando de alcanzar lo que le falta para ser en plenitud, Dios, por el contrario, busca desde su plenitud desbordante, para comunicar al hombre lo que éste anhela y necesita.

Por eso, después de haber obtenido de Juan de la Cruz el primer dato (Dios, buscador del hombre), podemos preguntarle al respecto: ¿Para qué busca Dios al hombre?, ¿qué desea o pretende Dios frente al ser humano?

También aquí la respuesta de Fray Juan es clara y precisa: No busca ni pretende nada para sí. Nada quiere ni necesita Dios del hombre. Por el contrario, en una dinámica de absoluta gratuidad, Dios sólo actúa movido por el bien del hombre mismo. Y aquí utiliza el Santo un verbo muy querido por él: "Engrandecer". Dios busca al hombre, única y exclusivamente, para engrandecerlo:
"Pero porque dijimos que Dios no se sirve de otra cosa sino de amor,... será bueno decir aquí la razón: y es porque todas nuestras obras y todos nuestros trabajos, aunque sea lo más que pueda ser, no son nada delante de Dios; porque en ellas no le podemos dar nada ni cumplir su deseo, el cual sólo es de engrandecer al alma. Para sí nada de esto desea, pues no lo ha menester, y así, si de algo se sirve, es de que el alma se engrandezca; y como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola consigo, por eso solamente se sirve de que le ame; porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada" (CB 28,1)

Dios, pues, sólo busca el amor del hombre. Y no por lo que este amor pueda aportar a Dios, sino única y exclusivamente por lo que el amor teologal reporta al hombre: la igualdad con Dios, en la que el hombre alcanza su máxima grandeza. Y engrandecer al hombre es, precisamente, la única aspiración y deseo de Dios.

El Dios de Juan de la Cruz no goza con la sumisión del hombre, en inferioridad frente a Él. Por el contrario, es un Dios que busca el crecimiento del hombre, que potencia al hombre hasta su mayor estatura, su máxima posibilidad: llegar a ser igual a Dios por medio del amor.

Más adelante, en la Llama de amor viva, afirmará:
"Porque en estas comunicaciones, como el fin de Dios es engrandecer al alma, no la fatiga y aprieta, sino ensánchala y deléitala; no la oscurece ni enceniza como el fuego hace al carbón, sino clarifícala y enriquécela, que por eso le dice ella cauterio suave" (LB 2,3)

De nuevo los verbos: ensanchar, deleitar, clarificar, enriquecer. Matices que se tejen en torno al gran verbo: engrandecer, que es lo que Dios pretende con el hombre.


4. DIOS, "SIERVO Y ESCLAVO" DEL HOMBRE

Aún podemos seguir preguntando a Juan de la Cruz acerca de Dios: ¿Qué hace Dios para engrandecer al hombre? Y la respuesta del Santo, una vez más, resonará firme y clara: se hace, él mismo, pequeño frente al hombre.

Decíamos arriba que el Dios de Juan de la Cruz no goza con la sumisión del hombre en inferioridad ante él. Y así parece, de hecho. Se diría que, por el contrario, Dios prefiere invertir los papeles, rebajarse él mismo frente al hombre, hacerse siervo y esclavo, en un incomprensible desbordamiento de amor. Está detrás toda una teología contemplativa del misterio de la Encarnación y la Pascua, de la "Kénosis" divina manifestada en Jesús, donde fray Juan contempla profundamente asombrado el insondable abismo de la "humildad y dulzura de Dios":
"Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano ni amistad de amigo que se le compare. Porque aún llega a tanto la ternura y verdad de amor con que el inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma, -¡oh cosa maravillosa y digna de todo pavor y admiración!-, que se sujeta a ella verdaderamente para engrandecer, como si él fuese su siervo y ella fuese su señor. Y está tan solícito en la regalar, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios: ¡tan profunda humildad y dulzura de Dios! Porque él en esta comunicación de amor en alguna manera ejercita aquel servicio que dice él en el Evangelio que hará a sus escogidos en el cielo, es a saber, que ciñéndose, pasando de uno en otro, les servirá. Y así, aquí está empleado en regalar y acariciar al alma como la madre en servir y regalar a su niño, criándole a sus mismos pechos. En lo cual conoce el alma la verdad del dicho de Isaías, que dice: "A los pechos de Dios seréis llevados y sobre sus rodillas seréis regalados"". (CB 27,1)

5. UN DIOS QUE ES AUTODONACIÓN GRATUITA

Ya nos ha dicho Juan de la Cruz cosas muy importante acerca de lo que le preguntábamos. Pero aún podemos ir más allá en nuestro diálogo con él, y preguntarle cuál sería, en definitiva el rasgo personal dominante de ese Dios, el que lo caracterizaría radicalmente.

Y aquí nos encontramos, a guisa de respuesta, con un texto sanjuanista de una audacia sorprenderte. En él el Santo trata de describir la experiencia espiritual del hombre que, introducido en la comunión con Dios, se siente amado por Dios de una manera radical, gratuita, incondicional:
"Cuando uno ama y hace bien a otro, hácele bien y ámale según su condición y propiedades; y así tu Esposo, estando en ti, como quien él es te hace las mercedes: porque, siendo él omnipotente, hácete bien y ámate con omnipotencia; y siendo sabio, sientes que te hace bien y ama con sabiduría; y siendo infinitamente bueno, sientes que te ama con bondad; siendo santo, sientes que te ama y hace merced con santidad ... y con suma estimación te ama, e igualándote consigo, mostrándosete en estas vías de sus noticias él mismo alegremente, en este su rostro lleno de gracias y diciéndote en esta unión suya, no sin gran júbilo tuyo: "yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual por ser tuyo y para darme a ti" (LB 3,6)

Ciertamente, es un texto de una gran audacia teológica en Dios esta confesión: "yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual por ser tuyo y para darme a ti", define a Dios plenamente como pura voluntad de autodonación al hombre. Equivaldría a decir: No gustaría de ser Dios si no fuera para ser tuyo y para darme a ti. Como si la autoconciencia divina estuviera toda ella orientada radicalmente hacia el ser humano en una tensión plena de autodonación gratuita al hombre.

Juan de la Cruz ha expresado esta misma dimensión de Dios bajo otra imagen muy querida para él: la fuente. ¿Cómo no evocar aquí su famoso poema "Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche"? ¿O esa otra célebre afirmación: "Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso" (S 2,21,2)? La imagen tan expresiva de la fuente, fuente "que mana y corre", tiene la fuerza evocadora de un Dios en permanente salida de sí mismo, en comunicación de sí, en inagotable donación gratuita de su propio misterio. Y es, sin duda, ese poder evocador el que hace tan querida para nuestro místico la imagen de la fuente inagotable en permanente fluir.

Para Juan de la Cruz es tan fundamental y vertebral esta experiencia de Dios como autodonación gratuita al hombre que, de una manera casi instintiva reserva para Dios el verbo "dar" como el más apropiado para definirle en su relación con el hombre, mientras que, correlativamente, aplica al ser humano el verbo "recibir" como el que mejor define su actitud más auténtica ante Dios.

Es interesante rastrear en el conjunto de la obra sanjuanista el uso correlativo de ambos verbos, y de una manera especial en el comentario a la tercera estrofa de la Llama de amor viva. Baste aquí, como botón de muestra el siguiente texto:
"Que, pues Dios entonces en modo de dar trata con ella con noticia sencilla y amorosa, también el alma trate con él en modo de recibir con noticia y advertencia sencilla y amorosa, para que así se junten noticia con noticia y amor con amor" (LB 3,34)

En el trato mutuo, pues, entre Dios y el alma, hay una diferenciación radical de actitudes que configuran a cada uno de los dos: Dios "en el modo de dar", el alma "en el modo de recibir". Para Juan de la Cruz es la actitud frente al hombre la que configura la actitud adecuada de éste frente a Dios: ante un Dios que es pura donación el hombre halla su propia verdad transformándose en pura receptividad, en acogida radical.

A veces, esa actitud de apertura, de acogida receptiva, se vive como verdadera tensión de todo el ser humano ante Dios: como "sed de Dios" (LB 3,19), como "hambre de Dios" (LB 3,20), como "deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios" (LB 3,21).

Otras veces, cuando la apertura humana alcanza el máximo posible de su tensión teologal, se traduce en un grito vehemente del vacio humano clamando por esa autodonación de Dios, libre y gratuita, que es la única que puede colmar el vacio del hombre.
"Acaba de entregarte. Como si más claro dijera: esto, Señor mío, Esposo, que andas dando de ti a mi alma por partes, acaba de darlo del todo; y esto que andas mostrando como por resquicios, acaba de mostrarlo a las claras; y esto que andas comunicando por medio, que es como comunicarte de burlas, acaba de hacerlo de veras, comunicándote por ti mismo: que parece a veces en tus visitas que vas a dar la joya de tu posesión y, cuando mi alma bien se cata, se halla sin ella, porque se la escondes, lo cual es como dar de burla. Entrégate, pues, ya de vero, dándote todo al todo de mi alma, porque toda ella tenga a ti todo" (CB 6,6)

6. RESONANCIA HUMANA DE LA EXPERIENCIA DE DIOS

Aunque por fuerza haya sido muy sucinto nuestro recorrido a través de una tema casi inagotable (apenas hemos dado unas pinceladas básicas), no podemos terminar nuestro diálogo con fray Juan sin hacerle una pregunta más, esta vez relacionada con el hombre. No nos resignamos a dejar de preguntarle: ¿Cómo se siente a sí mismo el ser humano frente a un Dios así? Es una pregunta que más de una vez se ha formulado el mismo Santo a lo largo de sus escritos.
"¿Qué sentirá, pues, el alma aquí, entre tan soberanas mercedes?" (CB 27,2) "¿Quién dirá, pues, lo que sientes, ¡oh dichosa alma!, conociéndote así amada y con tal estimación engrandecida?" (LB 3,7)

6.1. Don total de sí mismo
Si la búsqueda apasionada del hombre por parte de Dios provoca, como decíamos, que el hombre se transforma a su vez en un buscador apasionado de Dios, de forma equivalente la autodonación amorosa y gratuita de Dios al hombre provoca en el hombre un dinamismo de autodonación amorosa hacia Dios. Lo canta el Santo en las estrofas 27 y 28 del Cántico espiritual.

"Allí me dio su pecho
allí me enseñó ciencia muy sabrosa;
y yo le dí de hecho
a mí, sin dejar cosa:
allí le prometí de ser su esposa.

Mi alma se ha empleado,
y todo mi caudal en su servicio;
Ya no guardo ganado,
ni ya tengo otro oficio,
que ya sólo en amar es mi ejercicio"

El cometario a estas dos estrofas es de una relectura obligada para comprender en profundidad este doble dinamismo de entrega y donación recíprocas en el amor. Nos baste ahora, a nuestro propósito inmediato, este párrafo:
"¿Qué sentirá, pues, el alma aquí, entre tan soberanas mercedes? ¡Cómo se derretirá en amor! ¡Cómo agradecerá ella, viendo estos pechos de Dios abiertos para sí con tan soberano y largo amor! Sintiéndose puesta entre tantos deleites entrégase toda a sí misma a él, y dale también sus pechos de su de su voluntad y amor, y sintiéndolo y pasando en su alma al modo que la Esposa lo sentía en los Cantares, hablando con su Esposo, en esta manera: "Yo para mi Amado, y la conversión de él para mí. Ven, Amado mío; salgámonos al campo, moremos juntos en las granjas; levantémonos por la mañanita a las viñas y veamos si ha florecido la viña y si las flores paren frutos, si florecieron las granadas. Allí te daré mis pechos, esto es, los deleites y fuerza de mi voluntad emplearé en servicio de tu amor"etc. (CB 27,2)

Poco más adelante insiste en lo mismo:
"En aquella interior bodega de amor se juntaron en comunicación él a ella, dándole el pecho ya libremente de su amor, en que le enseñó sabiduría y secreto; y ella a él, entregándose ya suya para siempre" (CB 27,3)


6.2. Plenitud de gozo en Dios.
Otro efecto, no menos significativo, de la experiencia humana es, para Juan de la Cruz, la plenitud desbordante de gozo que inunda al ser humano, al sentirse y vivirse envuelto en la gratuidad del amor con que se ve amado por Dios.

El final del comentario a la segunda estrofa de amor viva es, en este sentido una magnífica descripción de esta plenitud de gozo que el alma experimenta en Dios:
"En este estado de vida tan perfecta siempre el alma anda interior y exteriormente como de fiesta, y trae con gran frecuencia en el paladar de su espíritu un júbilo de Dios grande, como un cantar nuevo, siempre nuevo, envuelto en alegría y amor en conocimiento de su feliz estado…
… Y no es de maravillar que el alma con tanta frecuencia ande en estos gozos, júbilos y fruición y alabanzas de Dios, porque, demás del conocimiento que tiene de las mercedes conocidas y recibidas, siente a Dios aquí tan solícito en regalarla con tan preciosas y delicadas y encarecidas palabras, y de engrandecerla con unas y otras mercedes que le parece al alma que no tiene él otra en el mundo a quien regalar, ni otra cosa en qué se emplear, sino que todo es para ella sola"
. (LB 2,36)

6.3. "Oración del alma enamorada"
La tan célebre "Oración del alma enamorada" de San Juan de la Cruz expresa, sin duda, de la mejor manera posible la resonancia que ha producido en el fondo de su ser la experiencia de un Dios que le ha confesado "Yo soy tuyo ya para ti, y gusto de ser cual soy por ser tuyo y para darme a ti" En el corazón mismo de dicha oración exclama nuestro místico:
"Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí. Pues ¿qué pides y buscas, alma mía? Tuyo es todo, esto, y todo es para ti. No te pongas en menos ni repares en meajas que se caen de la mesa de tu Padre. Sal fuera y gloríate en tu gloria, escóndete en ella y goza, y alcanzarás las peticiones de tu corazón" (Av 1,27)


7. CONCLUSIÓN
Comenzábamos diciendo cómo el acercamiento abierto y receptivo al místico podía proporcionarnos un saludable ensanchamiento interior del corazón y facilitarnos la apertura del espíritu a nuevos horizontes. Después de este breve recorrido a través de algunos textos claves de Juan de la Cruz, puede que nuestra visión y nuestra vivencia de Dios experimenten el efecto vivificador de su testimonio vital.

Dios, más que el objeto buscado por el hombre, es el sujeto buscador del hombre. Más que el Señor, ante el cual el hombre se siente siervo o esclavo, pasa a ser el esclavo y el siervo del hombre. De ser Aquel que se somete ente sí al hombre para firmar su propia grandeza, se convierte en el engradecedor del hombre. Más que ser el infinito que exige total sumisión y rendimiento, total entrega, se manifiesta como plena autodonación amorosa y gratuita de sí mismo al hombre. El místico, desde su experiencia profunda de Dios, nos presenta un universo religioso "del revés" con respecto a los parámetros convencionales de no pocas concepciones religiosas en uso.

En la experiencia de Dios, el hombre percibe y descubre asombrado su propia dignidad, y recibe el máximo impulso hacia su plena realización humana en la verdad de su ser más profundo.

Juan de la Cruz, como todo místico auténtico, nos coloca ante un Dios que acepta incondicionalmente al hombre y lo afirma de manera radical. Un Dios para quien el ser humano es su propio horizonte de automanifestación y de autodonación. Un Dios que se define como Dios "del" hombre y "para" el hombre. Frente a Él, el ser humano se descubre querido incondicionalmente, amado gratuitamente, aceptado radicalmente, afirmado en su ser y en todas sus posibilidades de ser, potenciado y conducido amorosamente hacia un horizonte que desborda todas sus humanas expectativas.

El Dios de Juan de la Cruz es la máxima afirmación del hombre. Abrirse a Dios, en la gratuidad del amor, en total acogida y entrega, es para el hombre la única posibilidad de ser en plenitud.

El diálogo, siempre posible y nunca agotado, entre Dios y el hombre se establece siempre en estos términos radicales: Dios le confiesa al hombre: "Yo soy tuyo y para ti, gusto de ser tal cual soy por ser tuyo y para ti" (LB 3,6), y el hombre reconoce exultante de gozo agradecido: "Y el mismo Dios es mío y para mí" (Av 1,27).