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Alfonso Baldeón-Santiago.
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1. UNA PREGUNTA AL MÍSTICO: "¿CÓMO ES TU DIOS?" No es fácil el acercamiento a los místicos. Pero quien logra superar las inevitables barreras iniciales que nos separan de ellos, viven la experiencia de un saludable ensanchamiento interior del corazón y el espíritu, que se abren a nuevos horizontes, a menudo insospechados. Sólo por ello, ya valdría la pena ese encuentro. Si, además, quien se acerca al místico es una persona creyente, el encuentro con el místico, con el testimonio de su experiencia de Dios, no puede sino ayudarle en su personal apertura al misterio trascendente y cercano de Dios; apertura que se articula en una recíproca acogida y entrega, que constituye el nervio central de la experiencia mística en cuanto comunión interpersonal en el amor compartido. El místico, en definitiva, es una persona que se ha abierto máximamente ante la presencia invadente de Dios en su vida, y ha ido dejando que esa presencia activa y operante configure progresivamente su modo de ser y de vivir. Las modalidades de la experiencia mística quizá sean poco menos que ilimitadas. Cada una es singular e irrepetible: única. Y cada uno de los místicos que podemos hallar nos transmitirá una experiencia netamente personal, única e irrepetible, por más que podamos establecer entre ellos multitud de semejanzas, paralelismos. Este curso trata de profundizar, en un ámbito y contexto ínter-confesionales, en la "experiencia de Dios". Y es ahí, precisamente, donde el místico, cualquiera que sea su filiación confesional, tiene una palabra propia que decirnos. Desde la perspectiva cristiana, vamos ahora a centrarnos en un caso concreto: el de Juan de la Cruz (1542-1591), cuya importancia y significatividad no necesitan demostración alguna.
Tenemos una ventaja. Juan de la Cruz nos ha dejado una serie de Obras escritas donde ha vertido lo mejor de su experiencia de Dios. Su palabra nunca es marginal o insignificativa. Es un hombre de esencial, que siempre va a lo esencial. No prodiga jamás palabras vacías, vanas o meramente retóricas. Su palabra, oral y escrita, brotó siempre de la hondura de su vivencia y lleva siempre consigo el sello de la autenticidad, de la transparencia, del testimonio, ofrecido con generosa liberalidad. La suya es una palabra constantemente ceñida a la vida: de ella brota y a ella trata de interpelar. Lo primero que nos va a responder Fray Juan es algo muy sencillo, pero de una enorme trascendencia: Dios es quien busca al hombre, no al revés, como estamos siempre tentados de pensar. Su formulación es clara y concisa, contundente: "Cuanto a lo primero, es de saber que, si el alma busca a Dios, mucho más la busca su Amado a ella" (LB 3,28). Es un principio básico, fundamental, que sustenta todas las relaciones entre el hombre y Dios. Y el Santo lo reafirma "no sólo para estas almas que van tan prósperas, sino también para todas las demás que andan en busca de su Amado (LB 3,27). Y es que, en este campo, un error de planteamiento puede dar al traste con todo el proceso espiritual o, al menos, comprometerlo seriamente. En uno de sus célebres "Dichos de luz y amor" vuelve a afirmarlo con rotunda claridad: "¡Oh, Señor Dios mío!, ¿quién te buscará con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad, pues que tú te muestras primero y sales al encuentro de los que te desean?" (Av 1,2). Es evidente para él: Dios se muestra primero, antes de que se despierte en el hombre cualquier movimiento de búsqueda; Dios sale al encuentro del hombre con una iniciativa radical que brota únicamente del amor. Todo el protagonismo,
más allá de cualquier ilusión o espejismo humanos,
pertenece exclusivamente a Dios. De Él nace la iniciativa y Él
es el artífice e impulsor de todo el proceso espiritual del hombre.
Por ello debe advertir el alma, avisa Fray Juan, "que en este negocio
es Dios el principal agente y el mozo de ciego que la ha de guiar por
la mano a donde ella no sabría ir" (LB 3,29) Quien lee sabrosamente las estrofas de la primera parte del Cántico espiritual puede quedarse con la impresión de que es el alma, la persona humana, quien a impulsos del amor protagoniza un largo y laborioso itinerario de búsqueda que tiene a Dios por objeto. Un Dios escondido y huidizo al hombre. Un hombre que se afana hasta casi extenuarse en una búsqueda llena de ansia y de tensión. Bastaría, como muestra interesante, un rastreo por los verbos empleados para describir ese dinamismo creciente del alma en busca de Dios. Pero hay un momento
culminante en el Cántico espiritual, a la altura de la canción
22, donde la agudeza del Santo escribe una página antológica
que nos desvela el verdadero sentido de todo el itinerario anteriormente
descrito. Ahí, sirviéndose básicamente de las dos
parábolas lucanas de la oveja y la dracma perdidas y encontradas,
Fray Juan nos hace caer en la cuenta de que paralela a la búsqueda
ansiosa del alma iba, oculta como su urdimbre básica, la búsqueda
no menos ansiosa de un Dios que, "por muchos rodeos" y de
mil maneras andaba tras el alma deseoso de "ganarla" para
sí y de tenerla "en sus brazos": Dios, pues, buscador del hombre. Buscador anhelante, apasionado, incansable. Si el hombre llega, a su vez, a convertirse en un buscador apasionado de Dios, será precisamente porque previamente es un buscado por Dios. Es la búsqueda amorosa por parte de Dios la que posibilita la nuestra como respuesta, como eco, como resonancia. La posibilita, la suscita y la sostiene. Dios es, pues, para Fray Juan, el buscador apasionado del hombre que quiere convertir al hombre en un buscador apasionado de Dios. 3. DIOS ES EL "ENGRADECEDOR" DEL HOMBRE" Hay un diferencia, y grande, entre la búsqueda humana y la de Dios. Mientras el hombre busca siempre desde su indigencia, tratando de alcanzar lo que le falta para ser en plenitud, Dios, por el contrario, busca desde su plenitud desbordante, para comunicar al hombre lo que éste anhela y necesita. Por eso, después de haber obtenido de Juan de la Cruz el primer dato (Dios, buscador del hombre), podemos preguntarle al respecto: ¿Para qué busca Dios al hombre?, ¿qué desea o pretende Dios frente al ser humano? También aquí
la respuesta de Fray Juan es clara y precisa: No busca ni pretende nada
para sí. Nada quiere ni necesita Dios del hombre. Por el contrario,
en una dinámica de absoluta gratuidad, Dios sólo actúa
movido por el bien del hombre mismo. Y aquí utiliza el Santo
un verbo muy querido por él: "Engrandecer". Dios busca
al hombre, única y exclusivamente, para engrandecerlo: Dios, pues, sólo busca el amor del hombre. Y no por lo que este amor pueda aportar a Dios, sino única y exclusivamente por lo que el amor teologal reporta al hombre: la igualdad con Dios, en la que el hombre alcanza su máxima grandeza. Y engrandecer al hombre es, precisamente, la única aspiración y deseo de Dios. El Dios de Juan de la Cruz no goza con la sumisión del hombre, en inferioridad frente a Él. Por el contrario, es un Dios que busca el crecimiento del hombre, que potencia al hombre hasta su mayor estatura, su máxima posibilidad: llegar a ser igual a Dios por medio del amor. Más adelante,
en la Llama de amor viva, afirmará: De nuevo los verbos: ensanchar, deleitar, clarificar, enriquecer. Matices que se tejen en torno al gran verbo: engrandecer, que es lo que Dios pretende con el hombre.
Aún podemos seguir preguntando a Juan de la Cruz acerca de Dios: ¿Qué hace Dios para engrandecer al hombre? Y la respuesta del Santo, una vez más, resonará firme y clara: se hace, él mismo, pequeño frente al hombre. Decíamos
arriba que el Dios de Juan de la Cruz no goza con la sumisión
del hombre en inferioridad ante él. Y así parece, de hecho.
Se diría que, por el contrario, Dios prefiere invertir los papeles,
rebajarse él mismo frente al hombre, hacerse siervo y esclavo,
en un incomprensible desbordamiento de amor. Está detrás
toda una teología contemplativa del misterio de la Encarnación
y la Pascua, de la "Kénosis" divina manifestada en
Jesús, donde fray Juan contempla profundamente asombrado el insondable
abismo de la "humildad y dulzura de Dios": 5. UN DIOS QUE ES AUTODONACIÓN GRATUITA Ya nos ha dicho Juan de la Cruz cosas muy importante acerca de lo que le preguntábamos. Pero aún podemos ir más allá en nuestro diálogo con él, y preguntarle cuál sería, en definitiva el rasgo personal dominante de ese Dios, el que lo caracterizaría radicalmente. Y aquí nos
encontramos, a guisa de respuesta, con un texto sanjuanista de una audacia
sorprenderte. En él el Santo trata de describir la experiencia
espiritual del hombre que, introducido en la comunión con Dios,
se siente amado por Dios de una manera radical, gratuita, incondicional: Ciertamente, es un texto de una gran audacia teológica en Dios esta confesión: "yo soy tuyo y para ti, y gusto de ser tal cual por ser tuyo y para darme a ti", define a Dios plenamente como pura voluntad de autodonación al hombre. Equivaldría a decir: No gustaría de ser Dios si no fuera para ser tuyo y para darme a ti. Como si la autoconciencia divina estuviera toda ella orientada radicalmente hacia el ser humano en una tensión plena de autodonación gratuita al hombre. Juan de la Cruz ha expresado esta misma dimensión de Dios bajo otra imagen muy querida para él: la fuente. ¿Cómo no evocar aquí su famoso poema "Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche"? ¿O esa otra célebre afirmación: "Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso" (S 2,21,2)? La imagen tan expresiva de la fuente, fuente "que mana y corre", tiene la fuerza evocadora de un Dios en permanente salida de sí mismo, en comunicación de sí, en inagotable donación gratuita de su propio misterio. Y es, sin duda, ese poder evocador el que hace tan querida para nuestro místico la imagen de la fuente inagotable en permanente fluir. Para Juan de la Cruz es tan fundamental y vertebral esta experiencia de Dios como autodonación gratuita al hombre que, de una manera casi instintiva reserva para Dios el verbo "dar" como el más apropiado para definirle en su relación con el hombre, mientras que, correlativamente, aplica al ser humano el verbo "recibir" como el que mejor define su actitud más auténtica ante Dios. Es interesante rastrear
en el conjunto de la obra sanjuanista el uso correlativo de ambos verbos,
y de una manera especial en el comentario a la tercera estrofa de la
Llama de amor viva. Baste aquí, como botón de muestra
el siguiente texto: En el trato mutuo, pues, entre Dios y el alma, hay una diferenciación radical de actitudes que configuran a cada uno de los dos: Dios "en el modo de dar", el alma "en el modo de recibir". Para Juan de la Cruz es la actitud frente al hombre la que configura la actitud adecuada de éste frente a Dios: ante un Dios que es pura donación el hombre halla su propia verdad transformándose en pura receptividad, en acogida radical. A veces, esa actitud de apertura, de acogida receptiva, se vive como verdadera tensión de todo el ser humano ante Dios: como "sed de Dios" (LB 3,19), como "hambre de Dios" (LB 3,20), como "deshacimiento y derretimiento del alma por la posesión de Dios" (LB 3,21). Otras veces, cuando
la apertura humana alcanza el máximo posible de su tensión
teologal, se traduce en un grito vehemente del vacio humano clamando
por esa autodonación de Dios, libre y gratuita, que es la única
que puede colmar el vacio del hombre. 6.
RESONANCIA HUMANA DE LA EXPERIENCIA DE DIOS 6.1. Don total de
sí mismo "Allí
me dio su pecho Mi
alma se ha empleado, El cometario a estas
dos estrofas es de una relectura obligada para comprender en profundidad
este doble dinamismo de entrega y donación recíprocas
en el amor. Nos baste ahora, a nuestro propósito inmediato, este
párrafo: Poco más
adelante insiste en lo mismo:
El final del comentario
a la segunda estrofa de amor viva es, en este sentido una magnífica
descripción de esta plenitud de gozo que el alma experimenta
en Dios: 6.3. "Oración
del alma enamorada"
Dios, más que el objeto buscado por el hombre, es el sujeto buscador del hombre. Más que el Señor, ante el cual el hombre se siente siervo o esclavo, pasa a ser el esclavo y el siervo del hombre. De ser Aquel que se somete ente sí al hombre para firmar su propia grandeza, se convierte en el engradecedor del hombre. Más que ser el infinito que exige total sumisión y rendimiento, total entrega, se manifiesta como plena autodonación amorosa y gratuita de sí mismo al hombre. El místico, desde su experiencia profunda de Dios, nos presenta un universo religioso "del revés" con respecto a los parámetros convencionales de no pocas concepciones religiosas en uso. En la experiencia de Dios, el hombre percibe y descubre asombrado su propia dignidad, y recibe el máximo impulso hacia su plena realización humana en la verdad de su ser más profundo. Juan de la Cruz, como todo místico auténtico, nos coloca ante un Dios que acepta incondicionalmente al hombre y lo afirma de manera radical. Un Dios para quien el ser humano es su propio horizonte de automanifestación y de autodonación. Un Dios que se define como Dios "del" hombre y "para" el hombre. Frente a Él, el ser humano se descubre querido incondicionalmente, amado gratuitamente, aceptado radicalmente, afirmado en su ser y en todas sus posibilidades de ser, potenciado y conducido amorosamente hacia un horizonte que desborda todas sus humanas expectativas. El Dios de Juan de la Cruz es la máxima afirmación del hombre. Abrirse a Dios, en la gratuidad del amor, en total acogida y entrega, es para el hombre la única posibilidad de ser en plenitud. El diálogo,
siempre posible y nunca agotado, entre Dios y el hombre se establece
siempre en estos términos radicales: Dios le confiesa al hombre:
"Yo soy tuyo y para ti, gusto de ser tal cual soy por ser tuyo
y para ti" (LB 3,6), y el hombre reconoce exultante de gozo agradecido:
"Y el mismo Dios es mío y para mí" (Av 1,27). |