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En
la obra sanjuanista, el amor es un tema esencial. El amor es la tensión
existencial del hombre, el dinamismo que realiza la auto-trascendencia
de la persona. El amor rompe el aislamiento del hombre, le impide el repliegue
sobre sí mismo; por medio del amor la persona se abre progresivamente
y se proyecta más allá de sí misma en orientación
dinámica hacia el otro.
Una de las formas fundamentales de expresión del amor es la "búsqueda".
Búsqueda del otro totalmente orientada al encuentro personal en
que culmina, en plena donación y acogida recíprocas.
Cuando contemplamos este dinamismo dentro de la relación del hombre
con Dios, no podemos olvidar la "asimetría" radical que
implica esta relación. Dios y el hombre no se encuentran en el
mismo plano, y la relación entre ambos es posible, única
y exclusivamente, desde la libre y gratuita iniciativa de Dios, hecha
condescendencia hacia el ser humano.
I.-
DESDE LA GRATUITAD DE DIOS
Uno de los consejos más famosos entre los salidos de la pluma de
Juan de la Cruz reza así: "Y adonde no hay amor, ponga amor,
y sacará amor" (Ct. A María de la Encarnación).
Escrito apenas unos meses antes de la muerte del Santo, refleja la experiencia
de toda una vida. En él pone fray Juan de relieve la gratuidad
absoluta del amor: sólo un amor gratuito es capaz de suscitar el
amor, que brota así como eco, resonancia, respuesta. Así,
Dios ha "sacado amor" de nosotros -donde no había- "poniendo"
en nosotros su amor.
Profundamente arraigado en esta certeza, tanto desde la fe como desde
la experiencia, puede el Santo exigirnos una actitud que sea reflejo de
la de Dios. Y así, en uno de los últimos textos que de él
conservamos, exhorta: "ame mucho a los que contradicen y no lo aman,
porque en eso se engendra amor en el pecho donde no le hay, como hace
Dios con nosotros, que nos ama para que le amemos mediante el amor que
nos tiene" (Ct. A una religiosa OCD, finales de 1591).
"Como hace Dios con nosotros". Es el estilo de Dios con el hombre.
Y el punto de partida del amor teologal. Dios es siempre iniciativa, amor
gratuito en total donación. El es quien "nos ama", quien
"engendra amor" en nuestro corazón, "donde no le
hay", de manera que si llegamos a amar a Dios es, siempre y sólo,
"mediante el amor que nos tiene".
De
ahí que el primer paso del hombre en su itinerario hacia Dios sea
el tomar conciencia ("caer en la cuenta") de la absoluta iniciativa
divina, que le precede siempre, abriéndose así a la experiencia
de ser amado con un amor eterno, gratuito, desbordante, capaz de movilizar
toda su capacidad de respuesta. Es la experiencia que el Santo ha descrito
de manera insuperable en la anotación a la primera estrofa del
Cántico espiritual (cf. CB 1,1). Una toma de conciencia que desencadena
una progresiva apertura del hombre en la acogida del don de Dios y en
la urgencia de una respuesta total y radical al mismo: salir tras él,
en búsqueda infatigable.
II.-
DIOS, BUSCADOR DEL HOMBRE
La Historia de la Salvación es, esencialmente, la historia de una
búsqueda. En ella Dios mismo desde el momento inicial se manifiesta
como el gran buscador del hombre, saliendo a su encuentro, llamándolo,
interpelándole: "¿Dónde estás?"
(Gen 3,9) Será la actitud constante de Dios a lo largo de la historia;
actitud con la que Dios intenta permanentemente despertar en el corazón
humano la nostalgia de Dios, y colocar así al hombre en una dinámica
de búsqueda, como actitud religiosa esencial: "Buscadme y
viviréis" (Am 5,4) Un Dios buscador del hombre, empeñado
en hacer del hombre un buscador de Dios.
Para Juan de la Cruz es un principio fundamental. Si el amor de Dios,
como hemos visto, precede, fundamenta y posibilita el nuestro, resulta
evidente que la búsqueda (expresión dinámica del
amor) es también anterior en Dios. La nuestra, nuestra búsqueda
de Dios, no puede ser sino posterior y consecuente, fundamentada y posibilitada
por ella.
El Dios de fray Juan es el Dios Vivo, el Dios Amor, el Dios de la Historia
de la Salvación, que toma toda iniciativa, que sale al encuentro
del hombre, que busca con amor al hombre antes y más aún
de lo que el hombre pueda imaginar.
Es un presupuesto importante que no deja de recordar con énfasis
en su obra: "Cuanto a lo primero, es de saber que si el alma busca
a Dios, mucho más la busca su Amado a ella" (LB 3,28). No
tener en cuenta esta verdad puede conducirnos a un nefasto desenfoque
de la vida espiritual, a una falsa perspectiva en la cual podría
el hombre creerse el principal protagonista del camino hacia Dios.
Teniendo presente esta absoluta prioridad de Dios con respecto al hombre,
podrá confiadamente expresarse así en su oración:
"¡Oh Señor mío!; ¿quién te buscará
con amor puro y sencillo que te deje de hallar muy a su gusto y voluntad,
pues que tú te muestras primero y sales al encuentro de los que
te desean?" (Av 1,2). Dios, efectivamente, "se muestra",
se revela, manifiesta su misterio y su amor, "saliendo al encuentro"
del hombre, buscándolo "primero".
Y es este, precisamente, el estilo de Dios, su pedagogía con nosotros:
hacernos percibir su búsqueda en el deseo vehemente de Dios que
Él mismo hace nacer en nuestro corazón; pues la búsqueda
de Dios "atrae" y hace correr hacia Él, suscitando en
el alma un correspondiente movimiento que la levanta y la impulsa radicalmente
hacia Dios (cf. LB 3,28; CB 25,4).
III.-
EL HOMBRE, BUSCADOR DE DIOS
"Habiéndola Dios herido de su amor" (CB 1,2), el alma
enamorada comienza a vivir una fuerte tensión existencial entre
la "presencia" y la "ausencia" de su Amado. Se trata
de una presencia "encubierta" (cf. CB 11,4), percibida como
"ausencia" (cf. CB 1,2), que deja al alma "tocada de dolor
y aflicciones y ansias de amor" (N 2,4,1). "Dolor de ausencia"
lo llama el Santo (cf. CB 1,15.16.18; 6,2.6; 8,2; 9,1.3; etc). Y se convertirá,
desde dentro del corazón humano, en dispositivo de apertura y tensión
total hacia Dios.
Este es el punto de partida del itinerario de búsqueda que define
la actitud más característica del hombre ante Dios. El hombre
de fe es, substancialmente, un "buscador de Dios".
1.-
Buscar "dentro de sí"
Para Juan de la Cruz el ser humano se define desde su interioridad, donde
la mirada de fe descubre y acoge la presencia fundante de Dios que sustenta
la excelsa dignidad del hombre como "templo de Dios". "Templo
vivo" llamará el Santo al alma (cf. S 3,40,1), donde "secretamente
solo mora" Dios, en el fondo del alma (LB 4,14). En sus diversas
obras se hará eco de esta verdad, y analizará, bajo diversos
aspectos, las modalidades de esta presencia divina en el ser del hombre
(cf. S 2,5,3; CB 11,3; LB 4, 14-15).
Presencia de Dios en el hombre. De las tres Personas divinas. Se hace
eco así a la palabra y la promesa evangélicas: "Vendremos
a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23), cuando comenta:
"es de notar que el Verbo Hijo de Dios, juntamente con el Padre y
el Espíritu Santo, esencial y presencialmente está escondido
en el íntimo ser del alma" (CB 1,6).
Seguidamente se describe cómo el reconocer y acoger esta presencia
divina en el propio ser, es para el alma "cosa de grande contentamiento
y alegría" (CB 1,7), fuente de un nuevo sentido para la propia
vida, para la autoconciencia que el hombre tiene de sí mismo. Los
números 6-10 de esa primera canción del Cántico,
de insoslayable lectura, son una apremiante invitación a hacer
el descubrimiento de la propia interioridad habitada por Dios, y a "entrar"
en ella haciendo de la propia vida una búsqueda amorosa del Señor,
superando en actitud teologal la habitual superficialidad en que el hombre
está acostumbrado a moverse, ignorante de la riqueza interior que
le constituye en su dignidad.
2.-
Salir entrando
El descubrimiento de la presencia interior de Dios en el hombre, conduce
a Juan de la Cruz a utilizar un registro semántico de honda y extensa
resonancia en el campo de la espiritualidad: los verbos de movimiento
espacial "entrar" y "salir", en torno a los cuales
trata de describir el sentido preciso que debe tomar, visto desde el ser
humano, el movimiento espiritual de éste.
El Santo utilizará, para describir el punto de partida del mismo,
la expresión: "salir de todas las cosas" (cf. CB 1,2.6.20,
etc). El punto de llegada, horizonte último del itinerario espiritual,
queda también bien perfilado: "entrar en Dios" cf. CB
1,19). En medio, como elemento central del camino espiritual, nos encontramos
con una doble expresión sanjuanista: es preciso, para el hombre
"entrar dentro de sí" mismo (cf. CB 1;6.8.10, etc), y
al mismo tiempo "salir de sí" (cf. CB 1,19-20) para "entrar
en Dios".
Parece una paradoja. Es, sencillamente, un recurso lingüístico
para describir de algún modo el necesario paso por la propia interioridad
humana, si se quiere no errar el camino hacia Dios, si se quiere ir "a
lo cierto" y no "vaguear en vano" (cf.CB 1,6) "Entrar
en sí" - "salir de sí". La búsqueda
de Dios es un proceso de interiorización, un "entrar dentro
de sí mismo", pero no para finalizar ese movimiento en el
propio yo, en cualquier forma de repliegue autocomplaciente, sino para
autotrascenderse teologalmente en el itinerario interior hacia Dios, única
meta del movimiento existencial del hombre. Por eso, para nuestro santo
el "entrar en sí" conlleva, en perfecta simultaneidad,
el "salir de sí" mismo. Las dos expresiones, sin embargo,
le sirven para expresar matices distintos, diversas dimensiones de una
sola realidad vital.
3.-
Búsqueda teologal
Habla fray Juan de "buscar con amor" a Dios (CB 1,6). Luego
matizará aún más: "dicho queda, ¡oh alma!,
el modo que te conviene tener para hallar el Esposo en tu escondrijo.
Pero si lo quieres volver a oír, oye una palabra llena de sustancia
y verdad inaccesible: es buscarle en fe y amor,
que esos son los
mozos del ciego que te guiarán por donde no sabes, allá
a lo escondido de Dios (CB 1,11).
La búsqueda de Dios es una búsqueda teologal. Y está
sostenida e impulsada por las actitudes o virtudes teologales del hombre:
la fe, la esperanza y el amor. Aquí es necesario, una vez más
reconocer la genialidad de Juan de la Cruz al insistir en la centralidad
de la vida teologal, y hacer de su dinamismo el eje permanente y el camino
unitario de toda su existencia y su pedagogía espiritual.
"Buscarle en fe": significa, ante todo, renunciar a toda actitud
posesiva frente a Dios. Renunciar a identificar a Dios con la experiencia
que de Él se pueda tener en cualquier momento del camino. Es exigencia
permanente de trascender, en la fe, la propia "experiencia"
de Dios: lo que de Dios el hombre "entiende", "siente"
o "gusta". Detenerse en la propia experiencia espiritual paraliza
y bloquea la búsqueda, repliega al hombre sobre sí mismo,
le impide avanzar hacia el misterio de Dios. Dios nunca se identifica
plenamente con la experiencia que de Él tiene el hombre, está
siempre más allá, "más alto y profundo",
la trasciende, está y permanece "escondido". Y a quien
el hombre debe buscar es a Dios mismo en persona, en tensión permanente
de todo su ser (cf. CB 1,4.12 Ver, por contraste, la búsqueda inmadura
tal como se describe en N 1,11,4 o en N 2,4,1). "Sólo Dios
-dirá el Santo- es el que se ha de buscar y granjear (S 2,7,3).
"Buscarle en amor": es "tener el ánimo continuo
con Dios", y "el corazón con él más entero
con afección de amor" (cf.CB 1,13-14). Y es que sólo
el amor es el modo adecuado para tratar con Dios, y sólo por el
amor Dios se deja "ligar" y a sólo Él se "rinde"
ante la búsqueda amorosa y sincera del hombre (cf. S 3,44,3; CB
31,8; 32,1). Y es que "de Dios no se alcanza nada si no es por amor"
(CB 1,13).
"Buscarle en esperanza": No queda excluida la esperanza en la
búsqueda de Dios, más bien al contrario, la esperanza es
la que imprime dinamismo y tensión a la fe y al amor, proyectándolos
hacia su perfección última, hacia su consumación
final en el encuentro definitivo con Dios, donde el anhelo teologal del
hombre hallará no sólo "satisfacción",
sino "hartura" (cf. CB 1,14). Hay una frase del Santo que refleja
perfectamente esta actitud de búsqueda esperanzada: "revolviendo
estas cosas en mi corazón, viviré en esperanza de Dios"
(LB 3,21)
Se haría imprescindible aquí releer en profundidad el denso
capítulo 21 del libro segundo de la Noche oscura, dedicado a describir
magistralmente el papel fundamental desempeñado por las virtudes
teologales en el camino del hombre hacia Dios.
4.-
La veracidad de la búsqueda
Juan de la Cruz aparece siempre obsesionado por la veracidad de los planteamientos
y las actitudes espirituales del hombre. Basta comprobar el uso amplísimo
que hace de la expresión "de veras" en sus obras. En
cuanto a la búsqueda de Dios por la parte del alma, dirá
que "por cuanto el deseo con que le busca es verdadero y su amor
grande,
no empereza hacer cuanto puede por hallar al Hijo de Dios
su Amado" (CB 3,1). Y dedicará toda la canción tercera
del Cántico espiritual a describir las actitudes auténticas
del hombre espiritual que sirve para comprobar la veracidad y sinceridad
de la búsqueda. Dicha canción describe la estrategia de
una ascesis verdaderamente teologal, más que penitencial, donde
el deseo y el amor se van aquilatando en un corazón radicalmente
orientado hacia Dios en la medida en que se va liberando de todo lo que
no es el objeto de su búsqueda.
Trata fray Juan de indicar cómo "buscar a lo cierto a Dios"
(CB 3,4), y afirma con rotundidad: "Para buscar a Dios se requiere
un corazón desnudo y fuerte, libre de todos los males y bienes
que puramente no son Dios"(CB 3,5) Desnudez, fortaleza, libertad,
nacen para el Santo de la orientación radical hacia Dios de todo
el propio ser de hombre. Por eso hablamos de ascesis teologal. En la superación
de toda división interior al hombre, y de toda seducción
externa, contempla el santo "el estilo
que le conviene tener
para en este camino buscar a su Amado" (CB 3,10).
5.-
Tensión máxima del ser
Fiel a este "estilo" teologal de búsqueda, el hombre,
orientado radicalmente hacia Dios, va experimentando en sí el crecimiento
continuo del deseo de Dios, del anhelo por hallarlo en comunión
plena de amor. Todo su ser se transforma en "hambre" y "sed"
de Dios, en "deshacimiento" y derretimiento del alma por la
por la posesión de Dios" (cf. LB 3,19-21), en que "con
tanto deseo desea el alma" (CB 12,2), que "la sustancia corporal
y espiritual parece al alma que se le seca en sed de esta fuente viva
de Dios" (CB 12,9).
Hambre y sed de Dios. Tensión radical de toda la persona hacia
su Dios. Como una fuerza interior, inscrita en lo más profundo
del alma, que orienta e impulsa todo el ser del hombre hacia su Creador,
como a su centro de gravedad, origen y fin de su existencia (cf. LB 1,
11-12). Una tensión vital hacia Dios que se actúa y expresa
mediante el amor que "es la inclinación del alma y la fuerza
y virtud que tiene para ir a Dios" (LB 1,13).
Fruto de la purificación pasiva del espíritu, en que Dios
obra en el íntimo ser del hombre lo que excede la capacidad y alcance
de éste, será el nacimiento de un amor vehemente, radical,
impetuoso, impaciente, incontenible, que dará cauce y dinamismo
a la tensión teologal del hombre para quien ya sólo Dios
es horizonte y meta. (cf. N 2, caps 11,13,19 y 20).
IV.-
LA MADURACIÓN DE LA BÚSQUEDA: LA ACOGIDA DE DIOS EN SU GRATUIDAD
El sentido específico de la búsqueda viene determinado por
la finalidad última de la misma, que podemos descubrir en un creciente
anhelo de la "presencia" del Amado, única capaz de curar
la "dolencia de amor" del hombre en la plena identificación
del amante con el Amado (cf.CB 11).
El encuentro con Dios, término final de la búsqueda, no
es nunca fruto del esfuerzo humano. Lo más que el hombre logra
hacer ante Dios es abrir el vacío de su ser, en tensión
teologal, como apertura ante un don -autodonación - que sólo
puede ser recibido en gratuidad. Así, el alma puede, al máximo
de sus fuerzas, exclamar: "decid a mi Amado que, pues adolezco, y
él sólo es mi salud, que me dé mi salud; y que, pues
peno, y él solo es mi gozo, que me dé mi gozo; y que, pues
muero, y él solo es mi vida, que me dé mi vida" (CB
2,8).
Salud, gozo, vida del hombre, que no son, ni pueden nunca ser, alcanzadas
o conquistadas por el hombre, sino sólo recibidas, acogidas como
un don que Dios le hace de sí mismo.
En efecto, cuando el término de la búsqueda no es una cosa
inerte sino una presencia personal, el sentido de la misma cambia radicalmente.
La búsqueda se libera de la innata tendencia humana a la posesión
egocéntrica (propia del "apetito" sanjuanista), para
configurarse más como apertura y acogida ante el "Otro"
que, en expresión máxima de su libertad personal, se ofrece,
se entrega, se da, en comunión interpersonal, en gratuidad absoluta.
Por eso, en una estrofa especialmente elaborada para ser introducida en
el Cántico espiritual en su segunda redacción, Juan de la
Cruz apela a esa donación libre de Dios al hombre, cuando hace
exclamar al alma: "Descubre tu presencia" (CB 11). Es necesario
releer detenidamente el comentario completo de esa canción, y comprender
su significado en medio de la descripción sanjuanista de la búsqueda
de Dios por parte del alma, para advertir la razón profunda que
indujo al Santo a introducirla en este lugar preciso del poema. No es
el hombre quien "alcanza" a Dios a fuerza de buscarlo, sino
que es Dios quien se "descubre" libremente al hombre que lo
busca. Lo más que el hombre puede lograr con su búsqueda
activa es "cierta disposición para recibir" (CLB, 3,22)).
Por eso, además, "después que ha hecho todo, no se
satisface ni piensa que ha hecho nada" (CB 3,1) Es solamente Dios
quien lo hace todo. Se abre así un nuevo espacio de pasividad teologal,
desde el cual el alma renuncia a su pretensión de poseer a Dios;
ahora sólo desea "verse poseída ya de este gran Dios"
(CB 11,2). El cambio de perspectiva es notable. Toda la tensión
activa de la búsqueda se ha transformado en receptividad acogedora
de la autodonación amorosa de Dios.
Ya la canción sexta había abierto este horizonte con su
verso "acaba de entregarte ya de vero", y con el cometario sabroso
del Santo hecho súplica ardiente: "esto, Señor mío
Esposo, que andas dando de ti mi alma por partes, acaba de darlo del todo;
y esto que andas mostrando como por resquicios, acaba de mostrarlo a las
claras; y esto que andas comunicando por medios, que es como comunicarte
de burlas, acaba de hacerlo de veras, comunicándote por ti mismo
Entrégate, pues, ya de vero, dándote todo al todo de mi
alma, porque toda ella tenga a ti todo, y no quieras enviarme ya más
mensajero" (CB 6,6).
Habíamos comenzado en la gratuidad de Dios, y terminamos en la
gratuidad de Dios. El encuentro con Dios no acontece en virtud de ninguna
necesidad intrínseca, ni viene provocado por ninguna disposición
humana, suma libertad y gratuidad plena, se comunica "graciosamente"
(cf CB 14,29; 33,5; LB 2,16; 3,24), y todo lo que el hombre puede hacer
ante él es disponerse en apertura radical, en libre acogida, a
la autodonación gratuita y amorosa del Dios-amor.
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