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En un pequeño museo de Nazaret se conserva un
curioso capitel de una iglesia muy antigua: una figura femenina (¿la
Fe?) con corona de reina y un báculo en la mano rematado por una
cruz, avanza llevando agarrado de la mano a otro personaje (¿Pedro?,
¿un apóstol?) que, en actitud vacilante, es llevado a regañadientes
en una dirección hacia la que se resiste a ir.
Las dos figuras evocan actitudes muy diferentes: la "conductora",
aparece revestida de seguridad, se apoya en la cruz como en un báculo
y, recibiendo de ahí su fuerza, toma la iniciativa de agarrar la
mano del otro personaje para forzarle a seguirla. La postura de éste
es de encorvamiento, resistencia y temor: su mano derecha, sostenida por
la mano izquierda de la otra, ha perdido su poder social y camina llevado
por la Fe; con su mano izquierda se sujeta el manto, como si temiera quedarse
desnudo ante los demás. No es él quien abraza la Fe, sino
la Fe la que le agarra, como una presa, sin soltarlo. Un detalle peculiar
del capitel es que, mientras el rostro de la figura "conducida"
se distingue con claridad, el de la "conductora" aparece indefinido.
Podemos intuir lo que queda atrás, pero el lugar de llegada está
abierto y sólo podemos imaginarlo.
La imagen ha venido a mi memoria al comenzar esta reflexión
en torno a los iconos del la Samaritana (Jn 4, 1-42) y el Samaritano (Lc
10,25-37) y mi propuesta es que dejemos que sean ellos los que den rostro
concreto a la figura que no lo tiene y que lleva de la mano a la otra,
y que nos sintamos identificados con esta segunda. En ella podemos sentirnos
representados todos nosotros, hombres y mujeres que hemos abrazado dentro
de la Iglesia esta peculiar forma de amor que el Padre ha dejado entender
a algunos y que llamamos "Vida Consagrada". Una vez más,
nos encontraremos ante la sorpresa de que seguir los pasos del mismo Señor
conduce hacia las más diversas realizaciones.
Vamos a dejar que esos dos personajes evangélicos,
también sin nombre en los textos, (quizá para que quienes
los miramos podamos leer el nuestro), nos tomen de la mano y sean los
mistagogos que nos guíen en nuestro seguimiento del Señor
Resucitado. Porque la palabra que resuena en ellos tiene poder para ceñirnos
y llevarnos más allá de donde hoy, en este comienzo de milenio,
podemos estar. No nos pertenece a nosotros conocer con claridad a dónde
somos llevados: lo nuestro consiste en consentir a su impulso y dejarnos
llevar, sin pretender dominar el final del recorrido. Per tuas semitas
duc nos quo tendimus: "Por tus caminos, condúcenos hacia donde
tendemos", pide un antiguo himno de la Iglesia. Evitemos desde el
comienzo el peligro de partir de nosotros y de nuestra respuesta: es el
amor fontal de un Dios que nos ama apasionadamente quien puede ejercer
sobre nosotros su atracción a través de los dos iconos.
Lo nuestro vendrá después en forma de "pasión
por El, pasión por la humanidad" y como respuesta a ese amor.
Como en las narraciones de creación del Génesis,
vamos a asistir a un drama en tres actos: partiendo de una situación
inicial de carencia, caos y vacío, contemplaremos la acción
creadora del Señor sobre los personajes y veremos su transfiguración
al final de los relatos. Aunque nuestra atención se centrará
en los dos iconos de la Samaritana y el Samaritano, nos dejaremos interpelar
también por un tercer personaje: el Escriba que dialoga con Jesús
en el relato de Lucas y que aparece bajo el signo de la ambigüedad:
¿aprenderá a encontrar "vida eterna" allí
donde la encontró el Samaritano de la parábola? ¿Se
dejará modelar "a su imagen y semejanza" según
la propuesta de Jesús? Lucas no nos desvela cuál fue su
reacción y esa indeterminación que deja abierto el final,
permite que hoy podamos sentirnos reflejados en él, con nuestra
libertad desafiada por el mismo imperativo que él escuchó
de labios de Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".
Dirigiremos también nuestra mirada a otros personajes
secundarios de las dos escenas: los fariseos a quienes Juan presenta como
causantes de la decisión de Jesús de abandonar Judea y dirigirse
a Galilea, pasando por Samaria; los discípulos, que traen alimentos
a Jesús y se quedan desconcertados al verle hablar con una mujer
; los samaritanos conducidos hasta Jesús por el testimonio de ella;
el hombre asaltado por bandidos y medio muerto; el sacerdote y el levita
que pasaron de largo ante él; el posadero que aceptó hacerse
cargo de cuidar al herido.
No vamos a situarnos como espectadores ante ninguno de ellos, sino que
los miraremos como a contemporáneos nuestros, conscientes de que
su historia, sus actitudes y reacciones pueden ser las nuestras. Y acogeremos
la buena noticia de que la obra de creación que contemplamos en
ellos, nos invita hoy a dejarnos modelar también nosotros por las
manos creadoras de Aquel que realizó en ellos su obra de transfiguración.
1. "En el principio" era la carencia
Como en los relatos de creación, se parte en las dos escenas evangélicas
de una situación de "caos", carencia y vacío y
sus personajes aparecen marcados por el no-saber y el no-poder: la mujer
que se encuentra con Jesús junto al pozo y el hombre que socorrió
al herido son samaritanos: gente marcada por la disidencia, de dudosa
fama y objetos de sospecha. Ella aparece bajo el signo del "no-tener":
"no tiene" marido y el que tiene "no es su marido".
Siente sobre ella la tarea penosa de acudir diariamente al pozo a sacar
agua, está prisionera de convencionalismos étnicos y religiosos
y los formula abiertamente ante Jesús. Su conducta posterior (tomar
la iniciativa de "evangelizar" a los de su pueblo), es una osadía
impropia de una mujer.
En cuanto al Escriba, no sabe cómo acceder a la "vida eterna"
y le falta algo que va buscando: sentirse "justificado". Y aunque
entre él y ella parece existir un abismo, los une una misma situación
de precariedad y de búsqueda de vida: la mujer desea el "agua
viva" de que le habla Jesús y él desea poseer "vida
eterna". Y esa carencia de vida les hace participar, de alguna manera,
en la situación del hombre herido de la parábola que estaba
"medio muerto".
También Jesús está en situación de desamparo
y vulnerabilidad: es forastero, tiene sed, no tiene cántaro y el
agua del pozo le es inaccesible. También en su encuentro con el
Escriba aparece en desventaja: frente a él está un experto
en la ley "puesto en pie" y con intención de "ponerle
a prueba". ¿Estará este galileo de Nazaret a la altura
de la argumentación de un letrado?
El itinerario que ha elegido (atravesar la hostil Samaria) es inusual
y peligroso. Su comportamiento de pedir agua a una mujer altera los esquemas
convencionales de las relaciones entre judíos y samaritanos y entre
hombres y mujeres y supone una conducta reprobable y transgresora de las
costumbres de su tiempo. Ante ella aparece marcado por un "no tener"
que describe siempre en el evangelio de Juan una condición deficitaria
y un riesgo de quedarse fuera de la vida: no tienen vino 2,3; no tengo
a nadie que me meta en el agua 5,7; ¿tenéis pescado?...No.
21,5 .
Pero lo que resulta aún más sorprendente es que el Padre
mismo participe de alguna manera de esa situación de carencia:
Jesús va a decir de Él que está "buscando"
("esos son los adoradores que el Padre busca..." Jn 4,23), y
en la parábola del Samaritano, que no le nombra ni hace referencia
alguna a Él, tiene una presencia de "grado cero".
Pero lo mismo que el Dios Creador actuó sobre el caos y el polvo
del suelo, los narradores de las dos escenas "trabajan" con
las carencias de sus personajes más que con sus elementos positivos:
ni el recelo inicial de la mujer y sus "cinco maridos", ni el
deseo de justificarse del Escriba, van a ser obstáculo para el
encuentro con Jesús. Tampoco lo serán la heterodoxia del
pueblo samaritano ni los prejuicios étnicos y de género
de los discípulos: a los primeros el testimonio de ella va a conducirlos
a la fe; a los segundos Jesús va revelarles que su alimento es
hacer la voluntad de su Padre y que su encuentro con la mujer y con el
pueblo samaritano son ya parte de la cosecha deseada.
Como contraste, los personajes que aparecen acomodados
al orden vigente y cuya posición de superioridad se da por supuesta,
se quedan al margen de cualquier cambio o transformación: los fariseos
del inicio del texto de Juan, tan seguros en su juicio sobre la rivalidad
entre Jesús y Juan Bautista; el sacerdote y el levita de la parábola,
convencidos de haber evitado la impureza alejándose de un probable
cadáver. Otros representantes de la ortodoxia proyectan también
su sombra sobre ambas escenas: en el contexto inmediatamente anterior
al encuentro de Jesús con la Samaritana, Nicodemo es presentado
como "fariseo y maestro de la ley" (Jn 3, 1) pero, frente a
él, es la heterodoxa Samaritana la que termina aceptando a Jesús
(Nicodemo lo hará sólo al final del Evangelio. Cf Jn 19,39).
Y precisamente antes del diálogo con el Escriba, Lucas incluye
la escena en la que Jesús bendice al Padre por haberse ocultado
a los entendidos y revelado a los ignorantes y sencillos (Lc 10,21). En
coherencia con esa afirmación, el que va a acertar con la conducta
adecuada será un "ignorante" samaritano y no un "entendido"
jurista.
Pero la parábola resulta aún más
polémica por la insólita perspectiva que adopta: el centro
lo ocupa un hombre medio muerto y todos los personajes quedan situados
a partir de él; no se parte de arriba, desde las discusiones teóricas
en torno a la identidad del prójimo, sino de abajo, desde el agujero
donde está el herido.
Con todos estos elementos de transgresión, ruptura de lógica
y alteración de los esquemas convencionales, los narradores parecen
pretender des-estabilizar o des-quiciar al lector, en el sentido de sacarle
de sus quicios habituales: lo imprevisible sustituye a lo típico
y la sorpresa a la normalidad. Lo habitual deja paso a la novedad y el
lector, que había entrado primero en el punto de vista de la mujer
y valorado la preocupación del Escriba, se encuentra confrontado
después con unas reacciones de Jesús que no son las esperadas.
Es un "efecto sorpresa" que pone en cuestión valores,
juicios, costumbres y roles establecidos.
Pero estos equívocos y falsas apariencias iniciales
revelan su verdad al final: los espacios profanos y de intemperie en que
acontecen las dos escenas (un pozo en medio del campo, un camino lleno
de peligros...), fuera del abrigo de los centros de seguridad como la
ciudad o el templo, aparecen como lugares de encuentro con Dios. De los
tres personajes de la parábola, no son los que llevan la marca
de la dignidad (sacerdote, levita) quienes se comportan de manera adecuada,
sino precisamente el que pertenece a un pueblo de herejes y cismáticos.
El viajero sediento y desamparado en tierra hostil, se revela como el
Hijo de Dios que da agua viva y como el verdadero conocedor de cómo
se hereda la vida eterna.
2. "Y dijo Dios: Hagamos al ser humano a nuestra
imagen y semejanza (...)
Y modeló al ser humano y sopló en sus narices aliento de
vida" (Gen1,3; 2,7)
A lo largo de los dos relatos escuchamos las palabras que dirige Jesús
a los personajes y asistimos a su acción creadora y recreadora
sobre ellos. Él es el verdadero protagonista y conductor de ambas
escenas y quien "diseña" las estrategias del encuentro:
Como diestro alfarero repite la misma acción que el narrador de
Génesis atribuye a Dios: la Samaritana, como la arcilla original,
va siendo modelada pacientemente y, lo mismo que el primer ´adam
recibió el aliento de Dios que lo convirtió en un ser vivo,
(Gen 2, 7), ella recibe el agua de la vida. El Samaritano de la parábola,
hecho "a imagen y semejanza" de Dios, es propuesto como modelo
para el Escriba: "ve y hazte a imagen y semejanza de ese samaritano
porque él es ahora icono de las entrañas de misericordia
de Dios". Lo mismo que en el jardín cada uno de los seres
de la creación recibió un nombre, los que entraron en escena
sin nombre propio, acceden una nueva identidad ofrecida a todos: "buscados
por el Padre", "agraciados por su don", "llamados
a hacer lo mismo que el Samaritano"...
Como hábil pescador, Jesús echa sus redes y lanza sus anzuelos
para sacar a aquellos con quienes dialoga (Samaritana y Escriba) de las
aguas engañosas de la trivialidad y del deseo de autojustificación
que los ahogan.
Como buen pastor que conoce a sus ovejas, las hace salir del desierto
de la superficialidad y el intelectualismo, las va guiando hacia la hondura
y la autenticidad, les "silba" para sacarlas de las cañadas
oscuras de sus evasivas y las lleva a la tierra del Don: el recibido (el
don del agua viva) y el que hay que entregar (salvar la vida del que está
a punto de perderla). Haciendo "honor a su nombre" su palabra
les comunica su convicción de que, sea cual sea la negatividad
en la que se encuentran, Él tiene poder para abrir ante ellos una
hendidura de salida: "Si conocieras el don de Dios...", "Pero
un samaritano lo vio y se acercó..." Y en eso consisten la
"fuente de aguas tranquilas" y los "prados de hierba fresca"
en que los hace recostar.
Como maestro de sabiduría y hábil conversador, emplea todos
los recursos de la palabra e inventa estrategias de aproximación:
pregunta, dialoga, argumenta, propone, intenta convencer, narra, sugiere,
afirma, valora la postura del otro/a, provoca reacciones de identificación
o rechazo, se atreve a pronunciar imperativos. Sigue a la mujer y al Escriba
en sus evasivas y se las arregla para alcanzarlos en un terreno en el
que no tienen escapatoria y se encuentran enfrentados con su verdad o
con su ignorancia: "No tengo marido...", "Quién
es mi prójimo?. Entra primero en sus puntos de vista para conducirlos
hacia donde Él quiere, no se retira ante las defensas que esgrime
la mujer, ni ante el intento del Escriba de refugiarse en el ámbito
de lo teórico: el Jesús "cansado del comienzo o consciente
de que el Escriba busca "ponerle a prueba", no se cansa ante
las resistencias y trampas de sus interlocutores y sigue ensayando distintas
tácticas relacionales. A lo largo de la conversación con
la mujer, va deshaciendo sus equívocos: ella lo consideraba solamente
como un receptor de su agua pero él le desvela su condición
de dador y cuando ella se cierra y se defiende, no la interpela sobre
lo que hace sino sobre lo que es. Las respuestas enigmáticas y
provocadoras que le va dando, la van conduciendo directamente hacia Él
y en último término hacia el Padre.
Como amigo que busca crear relaciones personales, en ningún
momento emite juicios morales de desaprobación o de reproche: en
lugar de acusar, prefiere dialogar y proponer, emplea un lenguaje dirigido
al corazón de aquellos con quienes habla y utiliza una estrategia
de "espacio vacío" :
- en la conversación con la mujer, la fórmula "si supieras
quién es el que te dice...", actúa como "efecto
distancia" y consigue que entre ambos se cree un espacio en el que
ella se siente reconocida y puede plantearse preguntas: la identidad de
Jesús ("un judío"), tan clara para ella al comenzar
el diálogo, queda cuestionada. Y en ese manejo del espacio, Jesús
actúa con lentitud, no se apresura a proponerse como centro sino
que avanza "en espiral", para ir despertando poco a poco el
interés de la mujer por tener acceso a una fuente de vida "otra".
- en el diálogo con el Escriba, no responde a su
pregunta dándole una lección, ni argumentando en sus mismos
códigos: busca también otro "espacio vacío"
entre los dos para darle la oportunidad de descubrir por sí mismo
lo que le preguntaba. Por medio de la parábola, se las arregla
para dar la vuelta al concepto de "prójimo" que tenía
el Escriba, situado en un terreno de sutiles disquisiciones teológicas
y acostumbrado a preguntar, argumentar y discutir desde lo teórico.
Nada de eso enreda ni distrae a Jesús sino que lo va conduciendo
a otro ámbito en el que el experto no es "el que sabe",
sino "el que hace" .
Como consumado artista y pintor, traza los rasgos del
Samaritano haciendo ¿sin saberlo? su propio autorretrato: en la
imagen del hombre que se acercó al herido movido de compasión,
vemos reflejados los valores, convicciones y preferencias del propio Jesús,
su teología y su catequesis, su imagen del Reino, su crítica
profética, aquello a lo que le da importancia y a lo que no (culto,
templo, observancia...), lo que considera pecado, omisión o virtud,
su propuesta de conducta. El icono del Samaritano se convierte así
en la versión pictórica de las bienaventuranzas.
Como experto en humanidad, se muestra profundamente atento e interesado
por la interioridad de sus interlocutores: lee en el corazón del
Escriba la intención de ponerle a prueba y más tarde de
justificarse; del Samaritano subraya que fue la compasión la que
estuvo en el origen de su comportamiento hacia el herido; a la mujer le
descubre el manantial que puede brotar de lo más hondo de ella
misma, en contraste con la antigua ley y mandamientos externos, y le revela
también la interioridad del Padre y la búsqueda que le habita.
Como profeta poseído por el fuego del Absoluto de Dios y apasionado
por su justicia, cuestiona, sacude y despoja a sus oponentes de cualquier
pretexto o componenda que los aleje o distraiga de la verdad original
que les afecta de manera ineludible: Dios como Padre y los seres humanos
como prójimos.
3. "Y los bendijo Dios.."(Gen 1,28)."Y
quedó constituido el ser humano como viviente" (Gen 2,7)
Los personajes de las dos escenas (Samaritana, Escriba...), están
convocados a una "nueva creación" y ante ellos se presenta
una alternativa de elección: permanecer en sus viejos saberes y
convicciones, buscando agua viva y justificación en los pozos agotados
de santuarios, leyes y costumbres, o elegir "vida eterna" y
dejarse arrastrar por la oferta de transformación y "transfiguración"
de Jesús.
3.1. Un proceso pascual
En los dos textos se da un tránsito de una manera de pensar y juzgar
a otra, de unas costumbres, estructuras y convicciones a otras y en este
"proceso pascual" asistimos a una "muerte": lo que
parecía definitivo resulta ser provisorio y los principales apoyos
y seguridades, vigentes en el comienzo de cada texto, manifiestan su incapacidad
de comunicar "agua viva" y "vida eterna" y quedan
superados por la novedad del comportamiento y las palabras de Jesús:
- la letra de la ley a la que se aferraba el Escriba para
justificarse, aparece como una mediación incapaz de concederle
la vida ni de responder a su pregunta sobre el prójimo. Si la mujer
representa a quienes intentan apagar su sed en las tradiciones de los
antepasados, el Escriba sólo conoce al prójimo por la erudición.
Jesús, por el contrario, no propone ningún ideal externo
sino que invita a sus interlocutores a acoger un don gratuito y a no centrarse
en sí mismos y en su propia perfección, sino en la relación
con sus semejantes. Prescinde de disquisiciones y casuísticas de
escuela y apela al nivel elemental: el del ser humano necesitado, común
a todos y por encima de cualquier ideología o religión,
y a quien se reconoce como prójimo por implicación. Las
viejas instituciones son sustituidas por el "camino nuevo" de
su carne (Cf. Heb 10,20) y su propia humanidad frágil se convierte
en espacio de encuentro: su cansancio inicial y su sed posibilitan el
intercambio y la reciprocidad; su capacidad narrativa consigue que el
que se movía en el terreno de lo teórico, se ponga en contacto
con personas reales con comportamientos reales y le enseña que
la verdadera sabiduría consiste en mostrarse humano.
- el sólo "saber" va apareciendo como algo estéril:
tanto la Samaritana como el Escriba
se dirigen a Jesús de forma interrogativa, esperando de él
un progreso en el terreno del
conocimiento ("¿Cómo me pides...?", "¿De
dónde sacas?", "¿Acaso eres tú mayor...?",
"¿Qué debo hacer?", "¿Quién
es mi prójimo...?"). Pero el que expresa ella, reflejo del
de su pueblo, afirma las diferencias entre etnias, montes o teologías,
separa a las personas y les cierra la posibilidad de entrar en relación,
reduce las expectativa sobre el Mesías a que les haga acceder a
un saber ("nos lo enseñará todo") . En cuanto
al Escriba, tampoco lo que "sabe" ha conseguido otorgarle "vida
eterna" y, aunque conoce bien la ley, ignora quién es ese
prójimo a quien debe amar. Jesús les ofrece a ambos un "saber
alternativo" y les invita a salir fuera de los "saberes múltiples"
para entrar en una verdad a la que no se llega por la vía de las
generalidades, sino a través de la realidad tangible y concreta.
Sus palabras no van dirigidas a ampliar sus conocimientos, sino a provocar
en ellos un cambio de vida. Tanto el "pozo de Jacob", símbolo
de la sabiduría que da la ley (Gen R 54,5) , como "lo que
está escrito en ella" (Lc 10, 26) pierden su vigencia, sustituidos
por el "agua viva" y por la llamada no a leer, sino a mirar
personas y comportamientos reales y a hacer como el Samaritano. Es haciendo
y no sabiendo como se consigue la vida. Un saber definitivo sustituye
los provisionales, y no es en el futuro sino ahora y gracias a la palabra
de Jesús, como se accede a la novedad de ese conocimiento.
- los roles y estereotipos de género aparecen también superados:
la mujer, sorprendentemente, hace uso de la palabra y se convierte en
testigo y evangelizadora de sus conciudadanos, desempeñando roles
reservados a los varones. En cuanto al Samaritano, es descrito por Jesús
como alguien que cuida del hombre medio muerto y realiza con él
acciones generadoras de vida: se acerca, le toca, le cura, le levanta
del suelo, carga con él, le busca alojamiento y protección
y se ocupa de que sigan cuidándole y nutriéndole. Las funciones
que ejerce son consideradas normalmente como femeninas y maternales.
3.2. Unos personajes transfigurados
La Samaritana entra en escena como "una mujer de Samaria" y
sale de ella como conocedora del manantial de "agua viva" y
consciente de ser buscada por el Padre para hacer de ella una adoradora.
Su identidad transformada la convierte en una evangelizadora que consigue,
a través de su testimonio, que muchos se acerquen a Jesús
y crean en él. La que hablaba de "sacar agua" como una
tarea de esfuerzo y trabajo, abandona ahora su cántaro: Jesús
le ha descubierto un don que no requiere ningún intercambio y que
le es entregado gratuitamente.
El Samaritano que también había entrado en escena de manera
anónima y sólo identificado por su pertenencia étnica,
desvela al final su verdadera identidad: la misericordia que lo habitaba
le ha hecho comportarse como prójimo de quien le necesitaba para
continuar viviendo. Recibe de Jesús un nombre nuevo: "el que
tuvo compasión". En cuanto al Escriba, que expresaba su deseo
de vida eterna en términos de posesión ("heredar..."),
es desafiado a cambiarlo por un gesto de desapropiación semejante
al del Samaritano.
Como un agua "que salta hasta la vida eterna",
una corriente de gratuidad recorre ambos textos y transfigura a sus personajes:
la mujer, después de su intento de conducir a Jesús a los
de su pueblo, se retira y deja que sean ellos los que le descubran y crean
por sí mismos y no por su testimonio. Ha sido conducida hasta su
propia interioridad a través de un paciente proceso que la ha hecho
pasar de la dispersión a la unificación y ella, discípula
de ese Maestro, atrae y conduce hacia él a los de su pueblo . También
el Samaritano se retira y deja libre al otro, en un acto de "sublimación
genital", como la madre que da a luz y corta el cordón umbilical
de su hijo para no mantenerle dependiente de ella.
El "prójimo" que en labios del Escriba era una referencia
ambigua, sin rostro ni concreción y de difícil identificación,
emigra de la casuística legal y se muestra como alguien concreto,
de carne y hueso. No se le puede definir por su mayor o menos proximidad
con respecto a otro: ahora aparece "domiciliado" en el corazón
de cada ser humano que se relaciona con otros como un tú, y se
convierte en todo aquel que, de manera desinteresada, se hace cargo de
otros y les posibilita la vida.
Jesús, de quien sabíamos al principio que era un caminante
judío cansado y sediento, se revela al final como el manantial
de agua viva, como Señor, Profeta, Mesías, y Salvador del
mundo, como el Hijo a quien alimenta la voluntad de su Padre. Se define
a sí mismo por su capacidad de relación interpersonal: "el
que habla contigo" y, lo mismo que el Señor en la primera
Alianza, lleva a la mujer a un nuevo "desierto" para "
hablarle al corazón" y en ella se cumple la promesa hecha
a Israel: "Y tú conocerás al Señor" (Os
2,22). En sus diálogos aparece en posesión de una autoridad
que le permite expresarse en el lenguaje imperativo de los mandatos divinos:
"créeme, mujer", le dice a ella; "haz esto y vivirás"...,"haz
tú lo mismo", conmina al Escriba.
La imagen de Dios aparece también transformada: no es el dios impávido
y distante, morador de santuarios hechos por manos humanas o dictador
de leyes, ni el eterno receptor que exige presentes, dones o sacrificios
en el Templo. A través de Jesús se revela como un Dios generador
de vida, que da y busca, a quien se puede llamar "Padre" y que
no se deja encerrar ni poseer porque es Espíritu. Si nos busca,
es porque desea acrecentar nuestra existencia y comunicarnos alegría
y plenitud. Para encontrarle no hay que mirar hacia arriba porque, el
que bajó a una zarza del desierto, mana como una fuente en lo hondo
de cada corazón y descubre su presencia en los heridos que yacen
en las cunetas. El "culto en espíritu y en verdad" que
Él busca está, según la mejor tradición profética,
al alcance de cualquiera que se acerca a otro para prestarle ayuda. Mientras
que el sacerdote y el levita dieron un rodeo para no quedar impuros y
poder ofrecer sacrificios, el Samaritano, al margen del mundo sacrificial,
no necesitó buscar fuera la ofrenda porque llevaba en sí
mismo lo único que Dios reclama: la misericordia y la compasión
(Cf. Mi 6,8).
No asistimos a un final "normal" y típico
según las convenciones en uso (la mujer volvería al pueblo
con el cántaro lleno de agua del pozo; el Escriba se quedaría
satisfecho después de haber enunciado la Ley y recibido una respuesta
dentro del ámbito de lo teórico...), sino que a los dos
se les ofrece otro horizonte que los desafía, una salida imprevisible
y sorpresiva en dirección a una relación vivificante ("el
agua que salta hasta la vida eterna"...; "haz esto y vivirás"...).
En ambos casos, la ruptura del proyecto primero (sacar agua, encontrar
respuesta a una pregunta o seguir el viaje proyectado en el caso de los
personajes de la parábola...) es la condición de acceso
a un proyecto mayor (recibir el "agua viva", hacerse "prójimo"
y practicar la "misericordia"). El cántaro, abandonado
y vacío y los gestos del Samaritano que vierte y entrega lo que
le pertenecía (aceite, vino, dinero...), dan testimonio de que
es a través de la pérdida y la entrega como se gana la vida
(Cf. Mc 8,35).
3. 3. Un final abierto
Sin embargo, el desenlace es diverso en los dos textos: mientras que la
trayectoria de la mujer desemboca en una nueva situación relacional
y, contagiada por el movimiento de Jesús amplía el círculo
de aproximación, el Escriba aparece situado ante una disyuntiva.
No sabemos si seguirá encerrado en la prisión de la legalidad,
si "dará un rodeo" o si, a imagen del Samaritano, buscará
la vida eterna allí donde se encuentra: en los privados de vida.
El trabajo de conversión profunda emprendido por Jesús con
él queda abierto: como en el diálogo con el ciego Bartimeo,
Jesús le ha preguntado de manera subliminal: "¿Qué
quieres que haga contigo?", y le ha ofrecido otra perspectiva y otro
lugar de anclaje distinto de su propio yo: la persona del otro. El Escriba,
ciego, suponía que la noción de prójimo se definía
en relación a él mismo y buscaba saber dónde estaba
la frontera entre los que eran su prójimo y los que no lo eran.
Pero la óptica que Jesús le propone es totalmente diferente:
"No es cosa tuya decidir quién es tu prójimo, sino
que debes mostrarte prójimo de todo ser humano en necesidad. El
centro no eres tú, es el otro hacia quien debes dirigirte. Contempla
a ese samaritano: es un icono de alteridad y de gratuidad, hecho a imagen
y semejanza de Dios mismo. Aprende de él la justicia que da acceso
a la vida eterna : cuando alguien era incapaz de salvar su propia vida,
él ha elegido la vida en su nombre y la sola huella que ha dejado
de su paso es esa misma vida".
Después de este paseo contemplativo por los dos textos evangélicos,
podemos dar un paso más y preguntarnos hacia dónde "tiran
de nosotros" sus personajes, en qué dirección parecen
querer conducirnos.
4. De la mano de la Samaritana
Si la mujer samaritana agarrara nuestra mano ¿qué nos diría
y hacia dónde nos llevaría ?
Seguramente nos propondría que la acompañáramos hasta
el pozo de Jacob y nos contaría cómo llegó allí
con el cántaro vacío de sus carencias y dispersiones, pero
que ello no supuso ningún obstáculo para que el hombre que
la esperaba realizara en ella su obra. Y que, si algo aprendió
allí de Jesús, es que él no se detiene ante nuestras
resistencias y aferramientos sino que, como Hijo que actúa como
ha visto hacer a su Padre (Cf.Jn 5,19) busca en nosotros ese "punto
de fractura" en el que emerge nuestra sed más honda, como
si estuviera convencido de que sólo un deseo mayor puede relativizar
los pequeños deseos. Quizá por eso dejó que ella
fuera expresando ante él sus prejuicios, sus resistencias y sus
recelos, hasta que emergió el anhelo de vida que se escondía
en su corazón, y entonces él "tiró" de
aquel deseo: "Si conocieras el don de Dios..." Sin lo primero,
ella no habría llegado a reconocer sus insatisfacciones; sin lo
segundo, la habría dejado marchar con su cántaro lleno de
un agua que no calmaba la sed.
Si le preguntamos nosotros por la transformación de su deseo, nos
invitaría a no dejar nunca que nada ni nadie sofoque o entretenga
los que estuvieron en el origen de nuestra opción de seguimiento
de Jesús en la Vida Religiosa, sino a mantenerlos siempre despiertos
e insatisfechos porque en ellos se esconde nuestra mejor "reserva
de humanidad" y lo que nos permite continuar abiertos y expectantes
ante ese Don que nunca acabamos de conocer por completo.
Y sobre su experiencia misionera con los de su pueblo, podría hablarnos
de cuáles fueron sus estrategias para llevarlos hacia Jesús:
había aprendido también de Él a hacerse experta en
humanidad, a conectar con los deseos dormidos en el fondo de cada uno
y a buscar esos "puntos de fractura" que pueden dejar paso a
la gracia, porque es ahí donde está ya trabajando el Señor.
Pero que para esa misión es mejor que se retiren las "individualidades-realizadas-profesionalmente
y ocupadas-en-compromisos-espiritualmente-inofensivos" porque sólo
los "buscadores de pozos" capaces de aproximarse y "tocar",
de perder tiempo y perforar apariencias, pueden ayudar a otros a alumbrar
el manantial que los habita.
Trataría de convencernos de la importancia de acompañarnos
y sostenernos en la fe unos a otros, aprendiendo a releer la vida juntos
y a posibilitar que cada uno pueda compartir el agua de su experiencia;
posiblemente manifestaría su curiosidad por saber por dónde
encauzamos el agua de nuestro torrente afectivo y si los votos van dando
a nuestras energías profundas la orientación apostólica
que tuvieron en la existencia de Jesús. Y a lo mejor hasta se atrevería
a preguntarnos los nombres de nuestros maridos, de esas realidades con
las que pactamos y que nos apartan de nuestro Centro:
- el marido de la "necedad desinformada y conformista" que nos
hace creer que la situación del mundo no tiene remedio ("son
las leyes de una economía de mercado...", "es el precio
a pagar por el avance tecnológico...") y que lo más
sensato que podemos hacer es acomodarnos a lo que hay.
- el "marido neoliberal y consumista" que nos arrastra hacia
un engañoso modo de ser "como todo el mundo", nos crea
necesidades crecientes de confort y consigue que nos parezca lo normal
estar situarnos en un cómodo centro, alejados de cualquier riesgo
y camuflando como "prudencia" la resistencia a todo lo que amenace
desinstalarnos. A fuerza de vivir así, la "chispa de locura"
que movilizó nuestras vidas hacia el seguimiento de Jesús
se apaga, nuestra mirada se enturbia y los lugares de abajo que estamos
llamados a frecuentar, terminan por sernos invisibles.
- el "marido individualista" que nos ciega las fuentes de la
alteridad, nos seduce con la facilidad de una vida trivial y distraída
en la que no nos alcanzan el dolor de los otros, la gravedad de la presencia
de Dios o el recuerdo peligroso de su Evangelio.
- el "marido pseudoterapeuta" que impone el psicologismo como
explicación última de todo, sospecha siempre de nuestros
deseos, les niega sistemáticamente un origen trascendente y nos
instala en un nivel de positivismo hermético: todo tiene una razón
en el más acá de nuestra psyche y el resto son proyecciones
ilusorias. Y con eso nos niega la posibilidad de que nuestra libertad
sea estirada más allá de nosotros mismos.
- el "marido secularista" que nos aleja del pozo, del encuentro
profundo con el Señor y de la experiencia mística, nos hace
vivir solamente desde imperativos éticos, "seculariza"
nuestro corazón y nos incapacita para expresar la experiencia espiritual.
De ahí nace ese "despalabramiento" para lo sublime, ese
pavor ante el misterio y el símbolo, esas liturgias fosilizadas
y ese activismo apostólico donde no hay tiempo ni espacio para
una oración jugosa, silenciosa, "ociosa" y constante.
- el "marido espiritualista" que nos impulsa a seguir levantando
santuarios y a escapar hacia los montes de nuevas sacralizaciones y restauracionismos
con rasgos de new age vaporoso, sin relación con lo tangible de
la vida real y cotidiana.
- el "marido idolátrico" que nos hace dar culto a los
medios y a los instrumentos, a las instituciones, los ritos y las leyes,
haciendo cada vez más difícil esa adoración que el
Padre busca de nosotros y que no tiene nada que ver con el "retorno"
a lo religioso.
- el "marido de los mil quehaceres" que esconde dentro el viejo
dinamismo de buscar la justificación por las obras, nos configura
como dadores más que como receptores y convierte los fracasos apostólicos
o la vejez en verdaderos traumas, porque en esos momentos el trabajo pierde
su pretensión de absoluto.
Pero ella, que fue liberada de todas sus idolatrías, nos diría
sobre todo:
"- Sed pacientes con la lentitud de vuestros procesos a la hora de
romper con esos maridos, estad seguros de que en cada una de vuestras
vidas existe un pozo y el Maestro os está esperando sentado en
su brocal. Confiaos a su poder de seducción, a su paciencia a la
hora de perforar vuestras defensas, a su deseo de conduciros hasta lo
profundo de vuestra vida, a sus fuentes interiores y secretas, porque
Él sabe acompañar ese descenso sin impaciencia ni prisa.
Cuando yo le escuché decir dos veces: "el agua que yo quiero
dar", supe que estaba habitado por el deseo violento de anegarnos
a todos en su corriente.
No os quedéis únicamente en lo que ya sabéis de Él:
recorred el proceso de intimidad al que también tenéis la
dicha de estar invitados. Al principio yo no vi en Él más
que a un judío, pero él me fue conduciendo hasta descubrirle
como Señor, Profeta y Mesías, como Aquel a quien siempre
había estado esperando sin saberlo. Tened vosotros la osadía
de nombrarle con nombres nuevos, con esos que no aparecerán nunca
en los resecos manuales de vuestras estanterías.
No tengáis miedo de reconocer la sed que os habita, ni os engañéis
creyendo que vuestra condición de consagrados os exime de la precariedad
y la vulnerabilidad que laten en cada ser humano: cambiad vuestra actitud
de perpetuos "donantes" y sentíos caminantes con los
que caminan y buscadores con los que buscan. Porque sólo entonces
viviréis la alegre sorpresa de ser evangelizados por aquellos a
quienes queréis anunciar el Evangelio. Aprended a escuchar mejor
y, en vez de predicar y dirigir tanto, haceos expertos en preguntar, dialogar
y compartir con otros esa pobreza que nos iguala a todos. Porque sólo
si tocáis vuestra sed podréis entrar en el juego que yo
aprendí junto al pozo: el hombre sediento que me pidió agua
resultó ser el que calmó la mía y eso me decidió
después a hablar de él a los de mi pueblo. Y precisamente
porque yo me sabía necesitada de salvación, podía
anunciar a otros que me había encontrado con alguien que me había
acogido sin juzgarme ni condenarme. Venid a celebrar conmigo junto al
brocal del pozo que la propia pobreza reconocida y puesta en relación
con Jesús, no es un obstáculo para recibir el don del agua
viva, sino la mejor ocasión para acogerla y dejarla saltar hasta
la Vida eterna.
Pero os lo aviso, estad prevenidos: Él os puede estar esperando
en cualquier lugar, en cualquier mediodía de vuestra vida cotidiana,
precisamente cuando andabais enredados en pequeñas preocupaciones,
en rencillas mutuas o en rancias ortodoxias en torno a rúbricas
o privilegios. Si os detenéis a escucharle, estáis perdidos
para siempre: Él al principio os pedirá algo sencillo ("dame
de beber", "llama a tu marido")... , pero al final, volveréis
a vuestra casa sin agua, sin cántaro y con la sed, antes desconocida,
de atraer hacia él a la ciudad entera.
Acoged la noticia sorprendente de que es el Padre quien os busca y quien
desea la respuesta de vuestra adoración. No tengáis miedo
de esa palabra, tan extraña a los oídos del mundo porque
es "la tierra otra" a la que, como Abraham, habéis sido
convocados. Dejad atrás los viejos suelos que os sustentaban y
adentraos en esa relación de apasionamiento por el Señor
y su Reino en la que, como deseaba Benito de Nursia, nada se antepone
a su amor. Y que convierte en una forma de existencia lo que proclamaba
el orante del salmo: ¡Tu amor vale más que la vida!"
(Sal 63,4).
5. De la mano del Samaritano
Si el Samaritano agarrara nuestra mano ¿Qué nos diría
y hacia dónde nos llevaría?
Más que escucharle (parece hombre de pocas palabras), nos damos
tiempo para contemplar la escena descrita por Jesús, recordando
que un icono no es el reflejo de lo que ya vivimos y somos, sino que nos
manifiesta lo Otro, lo que aún no somos, la distancia de conversión
que tenemos que recorrer y nos pone frente a la mirada que nos adentra
en nosotros mismos y nos permite acceder al verdadero rostro del prójimo.
¿Nos descubrirá también este icono lo que habitaba
la interioridad de Jesús, el que inventó su historia y que
sin pretenderlo, "pintó" en él algo de sus propios
rasgos? ¿Acaso no es su pieza maestra, el cuadro por el que podía
haber pasado a la historia y ser recordado, si no fuera porque ya tiene
otros motivos para serlo? .
Comenzamos mirando la escena, como si estuviésemos presentes en
ella:
Ante todo, nos sorprende el realismo lúcido del autor que no ahorra
los tonos sombríos: un asalto de bandidos, un hombre despojado,
derribado y medio muerto y dos transeúntes "cualificados"
que pasan de largo (y nos resulta inevitable recordar el bandidaje de
nuestro mundo, sus víctimas olvidadas en los márgenes de
la exclusión, la indiferencia de los que pasan o pasamos, atareados
con nuestros propios asuntos ...)
Y cuando la historia se obstinaba en hacernos creer que el mal constituye
la última palabra de las cosas y que la situación es fatalmente
irremediable, el narrador hace surgir otra figura en el horizonte, precedida
de un pequeña marca gramatical que nos pone en vilo: "pero
un samaritano...". ¿De dónde procede y qué pretende
la "disidencia" introducida por ese "pero"? nos preguntamos
¿Qué fuerza de oposición puede representar en medio
de un mundo que no parece emitir más señales que las del
frenesí posesivo, la obsesión por el propio cuidado y una
inconsciencia satisfecha, mientras que pueblos enteros se desploman en
silencio? Ese pequeño "pero" ¿no nos está
comunicando algo de cómo mira Jesús la historia y de su
terca esperanza que ve emerger en ella una poderosa aunque en apariencia
débil fuerza de resistencia?
Porque, en medio de tantos signos de muerte, el Samaritano que entra en
escena no parece poseer muchos recursos, no pertenece a ningún
centro de poder que lo respalde y le garantice prestigio o influencia;
es extranjero, viaja solo y no cuenta más que con su alforja y
su montura, pero tiene la mirada al acecho y allá adentro, su corazón
ha vibrado al ritmo de Otro.
Y entonces hace el gesto mínimo e inmenso de aproximarse al hombre
caído. Cuando otros lo han esquivado, sin dejar que les hiciera
mella dejarlo atrás, él se siente afectado por el herido
y responsable de su desamparo. La urgencia de tender la mano al que lo
necesita pospone todos sus proyectos e interrumpe su itinerario. La inquietud
por la vida amenazada del otro predomina sobre sus propios planes y hace
emerger lo mejor de su humanidad: un yo desembarazado de sí mismo.
Es un extranjero al que ningún parentesco ni solidaridad étnica
obligaba a atender a otro, pero que se ha detenido a socorrerle; es un
viajero que ha descendido de su cabalgadura, ha cambiado su itinerario
y se ha arrodillado junto a otro hombre; es un cismático que, sin
embargo, se ha comportado como el guardián de su hermano y en el
mandamiento: "No matarás" ha leído: "Harás
cualquier cosa para que viva el otro".
¿Y si en ese gesto de pura alteridad se encerrara el secreto de
nuestra identidad más honda y nos estuviera mostrando dónde
desemboca la adoración a la que nos convocaba la Samaritana ? Ser
en medio del mundo un signo que contesta el acrecentamiento del tener,
un signo tan pobre como el del pesebre o la tumba vacía, una presencia
que afirma el valor y la dignidad de los más pequeños?
Ínfima piedrecita de tropiezo en el campo de la lógica neoliberal,
soñadores con los pies en la tierra, empeñados en mantener
una relación esperanzada y no resignada con la realidad, capaces
de descubrir posibilidades viables de transformación y de imaginar
el "otro mundo posible". También en torno al Samaritano
existía, como ahora, una lógica dominante: "Si te detienes
a cuidar de un desconocido medio muerto, te expones a echar a perder tus
planes, tu tranquilidad, tu tiempo, tu aceite, tu vino y tus denarios".
Pero en su reacción se revela la obstinada lógica de Jesús:
"No midas, no calcules, deja que el amor te desapropie: serán
los otros quienes te devolverán tu identidad, justo cuando tenías
la impresión de que estabas perdiendo tu vida" .
Nos detenemos a contemplar al hombre medio muerto. El que ocupe el centro
del cuadro nos hace pensar que a Jesús le era natural mirar las
cosas desde abajo, con los ojos de los que viven o malviven en las peores
situaciones. El que nació en un descampado de las afueras de Belén
y morirá fuera de las murallas de Jerusalén, "se deslocaliza"
y levanta su tienda allí donde nadie lo espera: en los desposeídos,
derrotados y excluidos, precisamente donde parecía abolida toda
la esperanza. Lo encontraremos siempre fuera, con los que el mundo ha
arrojado lejos de sí.
"Cuidó de él", leemos en el texto. "Cuida
de él", dirá después al posadero. Es un verbo
"femenino", lento, acariciador, que confronta nuestras prisas
y nuestra impaciencia por los resultados inmediatos. Esta dimensión
humana del "cuidar" puede bañar con su calidez nuestras
relaciones comunitarias, romper nuestras defensas, conseguir que se resquebraje
esa dureza que puede hace sombrío nuestro celibato y permitirnos
derramar cordialidad e inventar gestos de ternura.
Contemplamos de nuevo al hombre "medio muerto" , sin rehuir
la pregunta que a veces nos asalta de si no será a veces la propia
Vida Religiosa responsable de las "medio-muertes" de algunos
de sus miembros. Porque la sinceridad nos obliga a reconocer la existencia
de vidas "a medias" que no parecen esponjadas ni felices, supeditadas
al funcionamiento de las instituciones, asfixiadas por la inercia de un
orden inamovible y unas tradiciones incuestionables, deshabitadas en su
corporalidad, con la iniciativa y la espontaneidad sofocadas, raramente
invitadas a pensar por sí mismas, a expresar libremente sus opiniones,
sus desacuerdos, sus deseos o sus sueños. Ciertamente, habría
que calificar como de "No-vida-no-religiosa" a la que produce
semejantes "sujetos necrosados" en su seno estéril, cuando
quienes llegaron a ella venían buscando la vida en abundancia prometida
por el Viviente.
Seguimos mirando al hombre medio muerto con el alivio de saber que alguien
se va a poner a favor de la mitad viviente de su persona y va a elegir
la vida en su nombre. Y nos damos cuenta con asombro de que es precisamente
él, desde su impotencia, quien posee el poder de revelar al Samaritano
su capacidad de compasión que le asemeja a Dios.
¿ Y si fuera lo que sentimos "medio muerto" en nosotros,
tanto personal como institucionalmente, lo que tuviera la misión
de revelarnos dimensiones de nuestra existencia que desconocíamos?
¿Y si fueran las situaciones de creciente fragilidad, disminución
y pérdidas las "mensajeras" encargadas de anunciarnos
una novedad que llega a nuestras vidas? Nunca las hubiéramos elegido
y más bien seguimos añoramos ser muchos, fuertes, jóvenes
e influyentes, pero en muchos lugares estamos siendo llevados a lo contrario
y nuestra resistencia al empobrecimiento se está convirtiendo en
una fuente de depresión espiritual corporativa que nos bloquea
los proyectos y nos impide vivir felices y ser creativos. Tenemos "medio
muerta" la esperanza con respecto al futuro de Dios en la Vida Religiosa
y hemos pactado con una "herejía emocional" mucho más
peligrosa en este momento que cualquier otra herejía: Dios no tendría
ya nada que hacer en este mundo, en esta Iglesia, en este Cuerpo apostólico.
Ninguna novedad cabría ya esperar de él. No lo decimos así,
pero lo sentimos, y ese sentimiento entra sutilmente dentro, como un cuchillo
del aliento y la esperanza. Y cuando entra en crisis la esperanza, comienzan
a agonizar el amor y la fe .
¿No estaremos necesitando que el gran Samaritano que es Jesús
se nos acerque, cure nuestras heridas y derrame sobre ellas el aceite
de su consuelo y el vino de su fuerza? ¿No está ante nosotros
el kairós de descubrir en nuestra fragilidad "un camino nuevo"
en el que la fuerza se manifiesta en la debilidad y la vida en la muerte?
¿No está siendo la hora de fiarnos perdidamente del Dios
que está trabajando algo nuevo con nuestra pobreza e incluso con
nuestra pérdida, y de aceptar ser en la Iglesia "portadores
de las marcas de Jesús" , una realidad débil, siempre
frágil y nunca acabada?
Pero si no nos decidimos a apurar hasta el fondo las muertes a las que
vamos siendo conducidos, si no llegamos a "gustarlas", no seremos
capaces de dejar emerger la vida que está queriendo nacer a través
de ellas: una llamada a centrarnos en lo esencial, una manera distinta
de relacionarnos, de apoyarnos intercongregacionalmente, de dejar espacio
a los laicos, de aprender mejor lo que son la reciprocidad y la colaboración.
¿Podemos imaginar lo que ocurriría en una Congregación
(y empezamos a tener preciosos ejemplos de ello) que abandonara toda ansiedad
por controlar su futuro y dejara en las manos de Dios la perla preciosa
de su carisma? No para desentenderse de él y renunciar a seguir
ofreciéndolo a otros, sino para hacerlo movidos por la búsqueda
del Reino y no por asegurar a toda costa la propia supervivencia. ¿Somos
capaces de soñar en la liberación de energías que
esa confianza traería consigo y en la novedad que supondría
dejar de culpabilizarnos o de afligirnos ante la disminución y
la precariedad? Porque entonces ellas nos mostrarían su rostro
luminoso y se nos revelarían, no como una desgracia o como un drama,
sino como una ocasión, a la vez dolorosa y preñada de posibilidades,
de fiarnos de esa sabiduría del Evangelio que habla de perder y
dejar?
¿No estamos hoy en la mejor de las ocasiones para vivir todo eso
a pleno pulmón? Una consecuencia inmediata sería que, en
los lugares en que experimentamos el envejecimiento de la Vida Religiosa,
nos ayudáramos unos a otros a ensanchar nuestra mirada y nuestra
mente y llegáramos a alegrarnos de que otras Congregaciones y en
otros países vivan momentos de crecimiento y expansión.
Y esta "consolación vicaria", este gesto de gratuidad
y de desprendimiento estaría seguramente en la mejor tradición
de nuestros fundadores y constituiría uno de eso signos de novedad
que andamos buscando: ¡nada menos que abandonar la estrechez de
nuestras miras y dejar latir nuestro corazón al ritmo de la universalidad
de la Iglesia!
¿Qué es difícil reaccionar desde
esa fe? Pues claro. ¿O es que cuando nos decidimos a seguir radicalmente
a Jesucristo nos garantizaron que el futuro iba a resultarnos fácil?
Llegamos por fin a la posada. El lugar queda marcado de nuevo por el cuidado
pero ahora todo sucede en el "adentro" de una casa, de unos
muros (de una institución, pensamos nosotros).
¿Cómo conseguir que las estructuras que hemos creado sean
"posadas" al servicio de la vida, espacios en los que nos sintamos
acogidos, que nos ofrezcan estabilidad y permanencia y nos rehagan para
poder retornar a los caminos? ¿Cómo hacer para no olvidarnos
de que su razón de existir es generar (otro verbo femenino) "pertenencias
cohesivas" y facilitar estructuras y espacios de encuentro? ¿Cómo
mantener la memoria de aquello para lo que nacieron, cuando el torbellino
creativo de los fundadores las inventaba flexibles, con imaginación
para que no se anclaran en puntos fijos sino que se mantuvieran abiertas
a sueños movibles?
Y dentro de la posada no importa si estamos en "primera línea",
o si nos dedicamos a hacer las sandalias para que otros puedan caminar
al encuentro de quienes nos necesitan o a prensar la aceituna y pisar
el vino que derramarán en sus heridas. Algunos tendrán que
dedicarse a denunciar a los bandidos que asaltan a los débiles,
a crear "redes samaritanas de comunicación" que despierten,
protesten, contacten con otros "compañeros de disidencia"
que a lo largo del ancho mundo están ya plantando cara al fatalismo
económico, inventando otros modelos de economía solidaria
y empleando todas sus potencialidades y recursos en crear un orden humano
en el que sea posible la existencia de todos. Otros sentirán la
urgencia de dedicarse a cuidar de este planeta "medio muerto"
y a defenderlo de sus depredadores. Algunos ofrecerán su tiempo
y su escucha a los jóvenes y a los buscadores de sentido que llaman
a nuestras puertas y, mientras unos sentirán la llamada de entrar
en diálogo con otras religiones, otros anunciarán el nombre
de Jesús desde las azoteas.
La misión de nuestra posada no es sólo guardar la memoria
de nuestra herencia y afianzar nuestros vínculos sino, por encima
de todo, facilitar que resuene en nosotros la causa de lo humano como
causa de Dios y conseguir que nos sintamos un cuerpo cohesionado y bien
trabado al servicio de un mundo herido.
6. De la mano del Escriba
Si el Escriba agarrara nuestra mano ¿qué nos diría
y hacia dónde nos llevaría?
Quizá nos citaría junto a su mesa de trabajo, llena de viejos
rollos manuscritos y comentarios a la Torah y nos contaría cómo
se habituó desde niño a la observancia escrupulosa de la
Ley y a no quebrantar a sabiendas ni una sola de sus prescripciones. Su
preocupación constante era la de saber cómo llegar a vivir
una vida "eterna", es decir, "verdadera", más
allá de las limitaciones del tiempo, la fragilidad y la caducidad
de las relaciones, una vida plena, honda, desbordante... Con tal de encontrarla
había consagrado su existencia a leer y a investigar y por eso
se reunía con otros Escribas para discutir con ellos y consignaba
después sus descubrimientos en pergaminos que conservaba celosamente.
Maestro del saber, con influencia y prestigio, había pasado los
mejores años de su juventud escudriñando las Escrituras,
pero las enseñanzas que había llegado a dominar se habían
convertido para él en una carga agobiante que le asfixiaba y lo
atrapaba dentro de una red tejida con hilos de complicadas argumentaciones
y sutiles disquisiciones.
Le habían hablado de un galileo itinerante al que rodeaba un grupo
de discípulos y que iba dejando a su paso una huella de alegría
y libertad. Se decidió a dirigirse a él: quizá existía
algún texto de la Torah desconocido para él pero comentado
por estudiosos de alguna sinagoga de Galilea que podía hacer crecer
su conocimiento acerca de la vida verdadera. Con una mezcla de curiosidad
y de arrogancia ("¿de Nazaret puede salir algo bueno?")
le planteó su pregunta y comprobó con desencanto que Jesús
le remitía a la respuesta ya sabida de la ley. Citó el texto
del Shema con el tono plano de quien lo ha repetido mil veces de memoria:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón...y
al prójimo como a ti mismo". Pero irritado después
por la imagen de simplicidad que estaba dando, decidió probar los
conocimientos del galileo y le preguntó: "¿Y quién
es mi prójimo?
" - Y entonces vino el sobresalto", nos confesó. En vez
de seguirse moviendo en los códigos que me eran familiares, aquel
extraño maestro se puso a contarme una historia sorprendente que
no tenía nada que ver con lo que yo había aprendido. En
ella todo se volvía del revés: las figuras que yo respetaba
y admiraba, el sacerdote y el levita, quedaban descalificadas; el nombre
de Dios no era pronunciado en ningún momento y la única
alusión lejana a su Ley (la prohibición de tocar un cadáver),
era abiertamente quebrantada. Pero fue sobre todo el final lo que me resultó
definitivamente intolerable: me proponía como modelo de conducta
y de aprendizaje para hacerme prójimo, a un hereje samaritano cismático.
Intenté huir, pero la mano de aquel desconocido había agarrado
la mía y me había sacado a campo abierto, hasta plantarme
en una encrucijada en la que ahora me encuentro: me invita a dejar atrás
todos los caminos ya frecuentados y a aventurarme por uno absolutamente
desconocido y lleno de incógnitas. No me exigía renunciar
a la herencia recibida, sino a crear a partir de ella algo nuevo e inédito.
Mis viejos saberes y seguridades comienzan a parecerme inservibles y el
vértigo se ha apoderado de mí. Estoy alarmado porque, sin
querer, comparo el personaje del Samaritano con las figuras del sacerdote
y el levita, símbolos de las conductas que durante años
han nutrido mis convicciones y me doy cuenta con asombro de que están
empezando a cambiar de signo para mí: sus vidas me parecen anquilosadas
y estériles, se expresan en una lengua muerta que ya no habla,
los veo víctimas de costumbres muertas y frías, acomodados
a dictámenes y convencionalismos externos, mercaderes de un discurso
vacío, profesionales ateos del discurso sobre Dios. He comprendido
por qué en la historia de Jesús, dieron un rodeo ante el
hombre medio muerto: su corazón estaba atrofiado e insensible,
incapacitado para reaccionar ante lo inesperado y liberarse de mecanismos
habituales y rutinarios. Se sabían de memoria, lo mismo que yo,
el mandamiento de amar al prójimo, pero su cabeza no estaba conectada
con su corazón y huyeron del prójimo real que los desafiaba
con su concreción.
Va creciendo en mí lentamente la intuición de que la vida
que voy buscando no está vinculada a leyes, templos, ritos, edificios
o costumbres, sino a esa palabra en la que Jesús puso toda la fuerza
de su relato: la compasión. El imperativo que me ha dirigido "haz
tú lo mismo" gravita sobre mí y me debato entre retornar
al mundo ya conocido de mis certezas sacadas de los libros, o a entrar
en contacto con seres humanos de carne y hueso y descubrir que es junto
a la gente más hundida donde se aprende la vida eterna".
¿Y si nos atreviéramos a reconocernos, como en un espejo,
en el personaje del Escriba? ¿Y si sus palabras pusieran nombre
a nuestra costumbre de refugiarnos en el mundo aséptico de las
teorías, en la satisfacción de las rotundas declaraciones,
en la tranquilidad de una vida ordenada, cumplidora y entumecida, en la
protección de horarios inmutables y de tapias a veces invisibles,
a salvo del rumor de la vida que transita lejos de nosotros y de las lágrimas,
los gritos, las risas o las esperanzas de los que viven y mueren en las
afueras de nuestro mundo?.
¿Cómo evitar que la aventura que un día emprendimos,
nacida de un enamoramiento apasionado por el Señor y su Reino,
derive hacia una tibia moderación y se convierta en un aburrido
cumplimiento de normativas y costumbres?
Estamos experimentando la frustración de no haber atinado del todo
con la búsqueda de la vida plena y desbordante en la que quisimos
empeñar nuestra vida: nos sentimos cansados de palabras sin significación
y hambrientos de ver, tocar y sentir; hemos alcanzado un punto de saturación
en cuanto a declaraciones, documentos y teorías sobre lo específico
de nuestra identidad, cuando lo que importa no es lo que proclamamos,
sino lo que vivimos. ¿No estaremos gastando nuestras energías
en conservar y retener una figura de Vida Religiosa y unas formas históricas
que nacieron criticables y provisionales? ¿No estamos ya en el
momento de dejar de repetir lo que ya veníamos haciendo, sino de
abrirnos a lo que está delante de nosotros, a la novedad que el
Espíritu está creando?
Posiblemente estemos necesitando los consejos del Escriba:
"- Abandonad vuestro mundo de realidades virtuales, como yo sacudo
el polvo de mis legajos; apagad aunque sea momentáneamente los
ordenadores en los que conserváis celosamente organigramas, reglamentos,
proyectos sociales o planes pastorales y salid a las calles y a las plazas
a escuchar el rumor de la gente real y a ensanchar vuestras superficies
de contacto con ellos. No esquivéis los itinerarios peligrosos,
porque la novedad emerge siempre fuera de los lugares seguros, protegidos
y convencionales.
Abríos a una espiritualidad de la intemperie y a soportar la perplejidad
sin poneros a la defensiva, arriesgaos a desaprender muchas viejas prácticas
y a reaprender la práctica silenciosa del amor concreto, porque
será eso, en vez de su monótona proclamación, lo
que hará resplandecer vuestra vida. Poned más interés
en descubrir necesidades que en conservar herramientas y en inventar respuestas
más que en repetir fórmulas, traeos a casa las cuestiones
fundamentales que habitan a la gente: la vida, la muerte, el amor, la
verdad, la paz, el futuro de la tierra. No os empeñéis en
seguir ofreciendo respuestas estándar que han sobrepasado ya su
fecha de caducidad ni os dejéis paralizar por el desánimo:
"precisamente porque las cosas se han agravado tanto, está
permitida esperanza".
No os lamentéis de la insuficiencia de vuestros esfuerzos por "transfigurar"
vuestra vida: tampoco yo conseguí alcanzar por mí mismo
la vida que buscaba; alegraos si os habéis quedado sin palabras
significativas para definir vuestra identidad: el Samaritano no necesitó
pronunciar ninguna para acercarse al herido y curarle. Sencillamente lo
hizo.
No tratéis de escapar cuando la vida os lleve a situaciones de
desestabilización y de crisis, de desgarro y de ruptura y se queden
en suspenso los privilegios teológicos que os sostenían,
porque sólo cuando renunciéis a definiros por comparación
con los demás se desplegará lo más auténtico
que hay en vosotros.
La vida que habéis abrazado no un modelo ético, ni un relato
fundador, sino una pasión, una aventura, un riesgo, un itinerario
a recorrer con los ojos y los oídos abiertos y en el que la única
brújula que guía a la meta es la de la misericordia y la
ternura.
Dejad que, como a mí, os sacuda el imperativo: "Vete y haz
tú lo mismo". Ante de vosotros están abiertas las grandes
avenidas de la adoración y la compasión que desembocan en
"vida eterna" . Dichosos vosotros, si elegís caminar
por ellas.
En manos del Primer Alfarero
Como en el capitel de Nazaret, Alguien agarra hoy nuestra mano para adentrarnos
en su seguimiento y hacer de nosotros discípulas y discípulos
suyos, apasionados por Él y por su mundo.
Viene a nosotros con el empuje irresistible del manantial que salta hasta
la Vida eterna y pretende arrastrarnos hacia esa adoración que
busca en nosotros el Padre, hasta que la totalidad de nuestra la vida
quede expuesta a su amor y la prioridad de su Reino relativice todo lo
demás.
Se acerca a cada uno de nosotros para sanar nuestras heridas y cargar
con nuestras limitaciones, nos invita a recorrer con Él los lugares
donde la vida está más amenazada y a confiar en la fuerza
secreta de la compasión y de la obstinada esperanza. Porque Él,
que contempla ya la espiga en el grano de trigo hundido en tierra y escucha
el llanto del niño que nace cuando la mujer grita aún por
el dolor del parto (Jn 16,21), nos descubre las posibilidades de vida
que se esconden allí donde parece que la muerte ha puesto la última
firma. Él es el Dador del agua viva, el Samaritano que sana nuestras
heridas, el Vencedor de la muerte, el Alfarero de la nueva creación.
Dichosos nosotros si nos dejamos atraer y conducir por Él.
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