Junio

Nuestra Señora del Trigo

Tú eres, Señora, la Belleza; tú eres la Flor. Y el Fruto es el fruto de tu vientre, Jesús.

Primero hizo Dios la luz y el firmamento. Luego la tierra y la mar. Los árboles y los animales, más tarde. Por fin hizo el hombre. ¿Ya estaba todo concluido? No, sólo había concluido el prólogo, la introducción, el ensayo general. Porque después vino el Hijo del hombre. El Hijo del hombre era la meta ideal de todos los trabajos y especulaciones de Dios Padre, el blanco en el que tenía desde el principio fijos sus ojos. Cuanto había realizado hasta entonces constituía para Él un inmenso borrador. Los árboles irían dando sus frutos puntualmente, pero todos ellos rudimentarios, agraces, mientras no madurase el Deseado.

Por espacio de muchos milenios combinó inteligentemente las lluvias y los calores, los influjos del cielo y los oficios de la tierra, a fin de que un día entre los millones de días, un día muy preciso, se convirtiese un trozo de pan en el cuerpo del Salvador.

La Eucaristía es también la consagración del trabajo humano, el resultado imprevisto e incalculable de todas las fatigas y labores del hombre que sembró el trigo, obtuvo la harina y amasó el pan.

Te invocamos, como Nuestra Señora del Trigo. Tú nos diste a Jesús como la espiga nos da el pan. Tú, igual que la mies, nos das la Eucaristía.

Trabajabas para tu hijo: para Él madrugabas, cortabas la leña y tejías el cáñamo. Nuestro destino sigue siendo el mismo. Los miembros del gran Cristo siguen padeciendo idénticas necesidades que la Cabeza.

A ti, Madre del carpintero, te pido hoy por todos los trabajadores del mundo.

De "Nuestra Señora de cada día"
José María Cabodevilla