Tú
eres, Señora, la Belleza; tú eres la Flor. Y el Fruto
es el fruto de tu vientre, Jesús.
Primero
hizo Dios la luz y el firmamento. Luego la tierra y la mar. Los árboles
y los animales, más tarde. Por fin hizo el hombre. ¿Ya
estaba todo concluido? No, sólo había concluido el prólogo,
la introducción, el ensayo general. Porque después vino
el Hijo del hombre. El Hijo del hombre era la meta ideal de todos los
trabajos y especulaciones de Dios Padre, el blanco en el que tenía
desde el principio fijos sus ojos. Cuanto había realizado hasta
entonces constituía para Él un inmenso borrador. Los árboles
irían dando sus frutos puntualmente, pero todos ellos rudimentarios,
agraces, mientras no madurase el Deseado.
Por
espacio de muchos milenios combinó inteligentemente las lluvias
y los calores, los influjos del cielo y los oficios de la tierra, a
fin de que un día entre los millones de días, un día
muy preciso, se convirtiese un trozo de pan en el cuerpo del Salvador.
La
Eucaristía es también la consagración del trabajo
humano, el resultado imprevisto e incalculable de todas las fatigas
y labores del hombre que sembró el trigo, obtuvo la harina y
amasó el pan.
Te
invocamos, como Nuestra Señora del Trigo. Tú nos diste
a Jesús como la espiga nos da el pan. Tú, igual que la
mies, nos das la Eucaristía.
Trabajabas
para tu hijo: para Él madrugabas, cortabas la leña y tejías
el cáñamo. Nuestro destino sigue siendo el mismo. Los
miembros del gran Cristo siguen padeciendo idénticas necesidades
que la Cabeza.
A
ti, Madre del carpintero, te pido hoy por todos los trabajadores del
mundo.
De
"Nuestra Señora de cada día"
José María Cabodevilla