Quiero
darte gracias, Reina del mundo, porque el mundo es bello y mis ojos
comprueban su hermosura.
Ver
el agua, verla caer, discurrir, remansarse.
Oler la tierra mojada.
Tocar el agua, meter la mano.
Gracias, Señora, por el agua.
Por las fuentes, por los ríos, por los lagos, por el mar, por
un vaso de agua.
Gracias,
Señora, por las incontables formas de las nubes y la magnificencia
de sus colores.
Por el arco iris, el halo y las auroras polares. Por los paisajes nevados.
Y el amanecer en alta mar.
Gracias
por la eximia belleza de las cosas humildes, innumerables y cotidianas.
Por la flor de romero, el gorrión, el pequeño embalse.
La madera de palosanto y el palo mondo y lirondo de madera.
El ónice y la piedrecilla redonda, muy suave y pulida.
Gracias,
Señora, por la esperanza del cielo.
Y gracias por la tierra, por estas grandes y menudas cosas, tan deleitosas
de la tierra.
Hasta
aquel día dichosísimo, hasta aquel día que no se
pondrá el sol porque el sol será el Cordero, guárdanos
tú estas cosas del mundo que nosotros admiramos.