Lo
mismo que una candela en su candelero.
¿Dónde hallaréis el trigo? En la espiga.
¿Dónde encontraréis el racimo? En la cepa.
¿Dónde estará Jesús? En brazos de su Madre.
Igual que una candela puesta como Dios manda: en su candelero.
Nuevamente
se coloca en fila María de Nazaret, en la fila de las madres
pobres, aquellas que, en lugar de ofrecer una tórtola y un cordero,
sólo pueden traer un par de tórtolas. Otra vez Simeón,
el anciano -todos los libros del Antiguo Testamento en un solo tomo-,
siente su corazón colmado a la vista de Aquel por quien suspiraron
noventa años de trabajos y ansiedades, noventa generaciones de
hombres mantenidos por la más ardiente de las esperanzas, con
los ojos secos de tanto mirar a Oriente.
Ahora,
por fin, ha venido de Oriente la luz. "Luz para iluminación
de los paganos y gloria de tu pueblo Israel", canta Simeón.
Te
pido, Madre, por los misioneros, que llevan este eco hasta las porciones
más remotas de la tierra. Repiten el nombre de Jesús,
únicamente en el cual se halla la salvación para todos
los hombres. Ahuyentan las tinieblas, difunden el resplandor de la Luz.
"Luz para iluminación de la gentilidad."
Ampara, Señora, a los misioneros de tu Hijo. Consérvalos
en la paz y en la humildad. Renueva en ellos el fervor de la primera
entrega.
Te
ruego, Madre, por los gentiles que también son hijos tuyos. Por
todos esos musulmanes que, siguiendo la fatigosa ruta del desierto,
peregrinan a La Meca. Por esa madre somalí que cuelga un colmillo
de chacal y una semilla de ponca del cuello de su hijo moribundo. Por
los bonzos vestidos de túnica azafranada.
Hoy
elevo hasta ti mi corazón por todos ellos.
"Luz
para iluminación de los gentiles." Así habló
Simeón mientras tú sostenías esa Luz en tus manos.