Febrero



Nuestra Señora de Candelaria

 

 

Lo mismo que una candela en su candelero.
¿Dónde hallaréis el trigo? En la espiga.
¿Dónde encontraréis el racimo? En la cepa.
¿Dónde estará Jesús? En brazos de su Madre.
Igual que una candela puesta como Dios manda: en su candelero.

Nuevamente se coloca en fila María de Nazaret, en la fila de las madres pobres, aquellas que, en lugar de ofrecer una tórtola y un cordero, sólo pueden traer un par de tórtolas. Otra vez Simeón, el anciano -todos los libros del Antiguo Testamento en un solo tomo-, siente su corazón colmado a la vista de Aquel por quien suspiraron noventa años de trabajos y ansiedades, noventa generaciones de hombres mantenidos por la más ardiente de las esperanzas, con los ojos secos de tanto mirar a Oriente.

Ahora, por fin, ha venido de Oriente la luz. "Luz para iluminación de los paganos y gloria de tu pueblo Israel", canta Simeón.

Te pido, Madre, por los misioneros, que llevan este eco hasta las porciones más remotas de la tierra. Repiten el nombre de Jesús, únicamente en el cual se halla la salvación para todos los hombres. Ahuyentan las tinieblas, difunden el resplandor de la Luz. "Luz para iluminación de la gentilidad."
Ampara, Señora, a los misioneros de tu Hijo. Consérvalos en la paz y en la humildad. Renueva en ellos el fervor de la primera entrega.

Te ruego, Madre, por los gentiles que también son hijos tuyos. Por todos esos musulmanes que, siguiendo la fatigosa ruta del desierto, peregrinan a La Meca. Por esa madre somalí que cuelga un colmillo de chacal y una semilla de ponca del cuello de su hijo moribundo. Por los bonzos vestidos de túnica azafranada.

Hoy elevo hasta ti mi corazón por todos ellos.

"Luz para iluminación de los gentiles." Así habló Simeón mientras tú sostenías esa Luz en tus manos.

De "Nuestra Señora de cada día"
José María Cabodevilla