Alegría
es un balón de goma sobre la playa.
Y acampar a mil novecientos metros de altitud.
Y montar en el tren para el gran viaje del fin de carrera.
Y comprarse otro traje de baño porque el del año pasado
ya no sirve.
Y encontrar el trébol de cuatro hojas una semana después
de San Juan.
Ese trébol se llama alegría.
Tú
eres, Señora, la Causa nostrae laetitiae. Tus labios ríen,
tus ojos ríen y tus manos hacen sombras chinescas -un conejito,
un torero, un Ford antiguo- sobre la pared.
Lo
mismo que se convierte el agua en vino, así tú conviertes
nuestra pena en alegría. Lo mismo que el vino se transforma en
sangre de Jesús, así tú transformas nuestra alegría
en caridad.
Repartir
alegría es más que repartir pan. Hacer reír es
uno de los oficios más insignes del amor.
Hoy
te pido, Señora, por todos los hombres buenos que han sabido
añadir una o dos gotas al caudal de alegría de la humanidad.
Por
la Hermanita que trae del jardín una rama verde y la deja sobre
la mesilla de noche del enfermo.
Por
ese profesor que, pese a su cara de ogro, siempre que puede elegir entre
un 4 y un 5, prefiere sistemáticamente el 5.
Por
cuantos prefieren un pájaro volando que ciento en mano.
Por
esa cadena de hombres desconocidos que, de generación en generación,
van transmitiéndose el secreto de cómo se fabrica una
dentadura de antropoide con una cáscara de naranja.
Por
el Sr. Registrador de la Propiedad que, además de Registrador
de la Propiedad, es abuelo.
Por
los globos de colores.
Por
el santo que se quita la aureola para no tropezar cuando entra en las
casas de sus vecinos, casas, por lo regular, de techo bajo.