Julio


Nuestra Señora de la Alegría

 

Alegría es un balón de goma sobre la playa.
Y acampar a mil novecientos metros de altitud.
Y montar en el tren para el gran viaje del fin de carrera.
Y comprarse otro traje de baño porque el del año pasado ya no sirve.
Y encontrar el trébol de cuatro hojas una semana después de San Juan.
Ese trébol se llama alegría.

Tú eres, Señora, la Causa nostrae laetitiae. Tus labios ríen, tus ojos ríen y tus manos hacen sombras chinescas -un conejito, un torero, un Ford antiguo- sobre la pared.

Lo mismo que se convierte el agua en vino, así tú conviertes nuestra pena en alegría. Lo mismo que el vino se transforma en sangre de Jesús, así tú transformas nuestra alegría en caridad.

Repartir alegría es más que repartir pan. Hacer reír es uno de los oficios más insignes del amor.

Hoy te pido, Señora, por todos los hombres buenos que han sabido añadir una o dos gotas al caudal de alegría de la humanidad.

Por la Hermanita que trae del jardín una rama verde y la deja sobre la mesilla de noche del enfermo.

Por ese profesor que, pese a su cara de ogro, siempre que puede elegir entre un 4 y un 5, prefiere sistemáticamente el 5.

Por cuantos prefieren un pájaro volando que ciento en mano.

Por esa cadena de hombres desconocidos que, de generación en generación, van transmitiéndose el secreto de cómo se fabrica una dentadura de antropoide con una cáscara de naranja.

Por el Sr. Registrador de la Propiedad que, además de Registrador de la Propiedad, es abuelo.

Por los globos de colores.

Por el santo que se quita la aureola para no tropezar cuando entra en las casas de sus vecinos, casas, por lo regular, de techo bajo.

De "Nuestra Señora de cada día"
José María Cabodevilla