El
Dulce Nombre de María.
He dicho María. Si tuviera que deletrearlo por teléfono,
diría así: M de madre; A de armonía; R de rosa;
I de inmaculada; a de aeiou.
Sí,
aeiou. Los hebreos escribían únicamente las consonantes.
Por eso resultaba inefable el nombre de Yahvé. Inefable, temible,
incierto. Sin vocales todo se hace enormemente confuso, enigmático
y amenazador. Vino la Señora y en cada dedo de la mano derecha
traía un brillante. Ella es el AEIOU. Es la Madre del Verbo,
que da sentido a las Sagradas Escrituras. En su luz las cosas se bañan
y nos entregan complacientes sus graves, sus simples secretos.
María,
nombre robusto y suave. Durará toda la eternidad y se disuelve
en la boca. Es un nombre apremiante y cien mil veces repetido; rima
con porfía. Es un nombre, a la vez, que expresa todas
las delicadezas y respetos, que a nadie obliga ni doblega porque sí,
una voz que rima con sería, amaría, con
las tibias formas potenciales, tan gentiles, de la conjugación.
María: calienta el rincón del pobre y pone brisa
en las horas ardientes, agua de Colonia sobre la frente abrasada, continencia
en el corazón tumultuoso.
Tú,
Señora, eres rosa por la compasión.
Lirio, por la limpieza.
Paloma, por tus gemidos.
Alcázar, por la fortaleza.
Vid, por el vino.
Sol, por la iluminación.
Luna, porque iluminas y no quemas.
Águila, por la contemplación altísima.
Fuente, por el refrigerio.
Nido, por el abrigo.
Coraza, por la protección.
Miel, por el sabor.
Columna, por la rectitud y firmeza.
Puerto, por el asilo.
De
"Nuestra Señora de cada día"
José María Cabodevilla
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