A
TODAS LAS HERMANAS DEL INSTITUTO
Muy queridas hermanas, de puntillas y sin ruido se acerca la fiesta de Madre Paula, fiesta con sabor a chocolate, con murmullo de risas infantiles, con papeles de colores y música que caldea el recinto escolar. Me vienen al recuerdo tantos rostros de niños, con ojos luminosos, y todos por un mismo motivo: “Es la fiesta de Madre Paula”.
Cuando la misión encomendada nos tiene lejos de nuestros colegios, en ese día, mi corazón viaja y recuerda, goza y se alegra con lo que sabe se está viviendo en cada centro escolar de nuestros cuatro continentes y no puedo menos que hacer mías las mismas palabras de Paula Montal:” ¡Qué placer me causa, Dios mío, el pensar que en esta hora tantas niñas y tantos niños te alaban”! Y me permito añadir: Y te recuer-dan, se divierten, juegan, cantan, bailan, oran… y, al acabar el día, sueñan con las fiestas de Madre Paula que celebraran el año próximo. ¡Qué alegría, Dios mío”!
Hermanas, este año aprovecho la fiesta de Madre Paula para acercarme a cada una, felicitaros y, a la vez, enviaros el valor de la SENCILLEZ, que la Congregación General hemos preparado, siguiendo nuestra planificación de ofrecer un valor, cada año, para trabajarlo en comunidad.
El valor de la SENCILLEZ nos introduce en el corazón de Paula Montal. Ella supo ser esa mujer sencilla con capacidad para vivir con naturalidad los aconteci-mientos importantes de la vida: El de ser fundadora de una familia religiosa, el de ser portadora de un nuevo carisma, el de saber encarnar el camino místico y profético de las escolapias, el de dar vida y forma a escuelas donde se aprender y se goza, el de soñar con una familia universal extendida por los cuatro continentes… y todo ello supo hacerlo con sigilo y alegría. En el fondo de su ser las palabras del Maestro: “Aprended de mí que soy sencillo y humilde” (Mt 11, 28).
Hermanas, todas experimentamos con frecuencia lo difícil que nos resulta vi-vir hoy la virtud de la humildad. Quizás sea bueno que comencemos a recorrer, de nuevo, el camino de la sencillez y este camino de la sencillez nos irá llevando, poco a poco, a desear la humildad ontológica. Humildad, que unida a la verdadera obe-diencia que vive la persona que se deja guiar por el Espíritu, nos une a Jesucristo, el Amado Esposo, como nos diría nuestra hermana mayor, Paula Montal.
Sencillez, humildad y obediencia son valores que sólo las personas con pro-funda vida interior son capaces de descubrir, desear y vivir. Ya decía Saint de Exupé-ry en el Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.
Pidamos juntas a Madre Paula que interceda ante el Señor para que nos regale a todas las escolapias la virtud de la sencillez, de la humidad y de la obediencia. Con ellas brotará en nuestras comunidades la verdadera fraternidad.
¡Feliz fiesta! Gozad y haced gozar.
Mi abrazo lleno de cariño fraterno para cada una
Divina
García, Sch.P.
La
Superiora General
Roma,
7 de febrero de 2010
V Domingo del tiempo ordinario