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INTRODUCCIÓN El Capítulo General de 2001, en su documento "La escolapia, mujer consagrada, testigo en la edu-cación", para hacer frente a las necesidades del mundo actual, ve la urgencia de vivir cada vez con mayor intensidad la espiritualidad de comunión en la Misión Compartida. Ya en el Capítulo General de 1983, en el documento "Cooperadores de la Verdad", se vio la necesidad de que puedan participar del mismo carisma, religiosas y seglares: El
carisma escolapio es un don concedido por el Espíritu Santo a la
Iglesia. Calasanz y Paula Montal lo acogieron, desarrollaron y transmitieron
a la familia escolapia, que lo ha hecho permanente y vivo en la historia
a través de los tiempos y situaciones distintas. Queremos hacer cada vez más real el camino de comunión con quienes viven y comparten, desde distintas formas, el carisma de las escolapias.
Hacer más viva y profunda la relación entre seglares y religiosas, en un proyecto común, no en función de su utilidad, sino en función de su valor profético. Afirmar la riqueza de un carisma que se abre, se expande, se entrega, se comparte en íntima colaboración, manteniéndose vivo y revitalizador.
Los
dones en la Iglesia son variados y distintos, pero el Espíritu
es el mismo. Sabemos, como dice S. Pablo, que "la manifestación
particular del Espíritu se da a cada uno para el bien común".
( I Cor 12,8). "Los seglares acogen la posibilidad de desarrollar su propia vocación laical en la Iglesia, participando en una espiritualidad compartida con los religiosos y religiosas". (V. F. C. 70). Juan Pablo II reconoce como "una gracia de nuestro tiempo y una esperanza para el futuro que los seglares tomen parte activa consciente y responsable en la misión de la Iglesia, en este momento decisivo de la historia". (Ch. L 3). Religiosas y seglares nos sentimos apremiados por una llamada del Espíritu a trabajar en comunión eclesial, en la tarea de proclamar la buena noticia del Evangelio a nuestro mundo, ser testigos del Señor Resucitado y hacer así más eficaz la respuesta a los grandes desafíos de nuestro tiempo (cf. V.C. 54). Todos estamos llamados al seguimiento de Cristo y tenemos una vocación carismática común. Como miembros de la Iglesia gozamos de igual dignidad y participamos activamente en su misión. A todos nos corresponde expresar la presencia del Reino de Dios en las realidades temporales y aportar la dimensión trascendente desde nuestra identidad específica de seglares y religiosas. "Participamos religiosas y seglares del mismo carisma escolapio y ofrecemos una educación integral y armónica, abierta y flexible, impregnada de valores evangélicos". (C.G. 2001).
Los caminos de comunión y de colaboración merecen ser alentados. De ellos se podrá derivar una irradiación activa de la espiritualidad escolapia, que contará con nuevas energías, asegurando así a la Iglesia la continuidad de alguna de sus formas más típicas de servicio (cf. V.C. 55). De una relación sincera y confiada entre religiosas y seglares, todos quedamos fortalecidos. Cada uno conocerá mejor la propia vocación, su belleza, su importancia, la especificidad del don y de la llamada, la contribución particular a la misión de Cristo y de la Iglesia. Desde una conversión profunda que asuma los riesgos de sentirnos mutuamente necesitados, no sólo en la misión, sino en el ser, haremos con verdad un camino de comunión eclesial. (cf. L.G. 32). NUESTRO PROYECTO COMÚN Si nos sentimos familia escolapia y vivimos desde unas exigencias y responsabilidades de compromiso y pertenencia, nuestro proyecto común se hará vida.
La rica realidad de colaboración que los signos de los tiempos
nos presentan, es un don y reto para religiosas y seglares.
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