ESPIRITUALIDAD ESCOLAPIA     3

 

OLESA:

NUEVO PENTECOSTÉS

Roma 1993

Alegría Junquera

 

INTRODUCCIÓN


Cuando intentamos conocer a una persona lo podemos hacer acercándonos a ella a través de aspectos varios: fisonomía, historia, sentimientos,…

Lo mismo al acercarnos a PAULA MONTAL. Normalmente acudimos a datos históricos. Es la forma más objetiva. Y es necesaria, pues de lo contrario caminamos sin apoyo. El suelo histórico nos es imprescindible al pensar en las personas. No obstante esta reflexión da por conocida esta historia. Las alusiones ocasionales que se hacen fundamentan, arraigan lo que se dice, en lo concreto que vivió Paula Montal, pero en ningún momento se trata de investigar objetivamente. Aquí pensamos en Paula Montal sintonizando experiencias, trascendiendo los datos históricos. Es ir más allá de la historia, profundizando en la historia misma, para leer el mensaje que hoy nos transmite, e intentar hacer su misma aventura de fe.

Para empezar, resulta necesario situar a Paula Montal. Sabemos muchas cosas de su vida, pero ¿cómo nos referimos a ella?, ¿qué lugar le hemos asignado a niveles experienciales? No desde la teoría, ni siquiera desde el modelo, sino desde la experiencia vital misma.

La carta a los Hebreos nos habla de "que una nube de testigos nos rodea". En la Historia de Salvación tenemos grandes creyentes, testigos. Y tenemos al gran Testigo, al Testigo fiel. Todos los demás hacen referencia siempre a Cristo Jesús, el Señor. También Paula Montal nos señala a Jesucristo. Ella, como tú y yo, fue llamada a seguir al Único Maestro. Ella es como nuestra testigo cercana. Apasionadas por el Dios de Jesús, nos acercamos a ella para beber del Espíritu que se asoma, se hace presente en la persona de Paula Montal. Y nada mejor que caminar a su lado desde las experiencias que vamos viviendo, recorrer juntas el camino de fe, atrevernos a caminar tras las huellas de Jesús como lo hizo ella.

Por eso llegar a ella no con respuestas ya hechas, prefabricadas, no. Situarnos en apertura, decididas a escuchar lo que nos quiera decir, decididas a descubrir el actuar de Dios en su persona y en su obra, decididas porque tenemos que seguir al mismo Señor. Abiertas, como María para que Dios actúe en cada escolapia como lo viene haciendo en todos los que se dejan guiar por el Espíritu. Para que el mismo carisma de Paula se perpetúe en el tiempo con la misma vitalidad con que salió de su fuente.

Nos vamos a fijar en los símbolos de Olesa. Son muy distintos de los de Arenys. Aquellos, el mar, el velero, los bolillos,… aquellos nos hablan de aventura, del renacer de la vida… Éstos, los de Olesa, contienen una vida que se ha plantado ya en lo definitivo, que ha descubierto lo fundamental del vivir y ahí se ha situado sin anhelar nada más. Y es que hablar de Olesa de Montserrat es situarnos en el pueblo, es sentirnos bajo la sombra de la gran montaña, es invitación a subir por los peldaños de la escalera que ella pisó para ver si lo hacemos como ella; es caminar, casi sin darnos cuenta, a la celda o a la capilla; es salir al jardín para abrirnos, como la palmera, en ansias de infinito; o refrigerarnos con el "mosto de granados". Es, al fin y al cabo, sentarnos a la mesa y saborear la fraternidad.

Sí, Paula Montal, que se dejó seducir por el Dios de su juventud, aquél que le hablaba a través del mar ancho y azul de Arenys, Paula ha encontrado definitivamente su lugar, su "perla preciosa" y lo vende todo por conseguirla. Para toda escolapia, Olesa es como el Cenáculo. Allí ocurre un Nuevo Pentecostés. En una mujer, en Paula, el Espíritu de Jesús trabaja, modela, transforma, envía. Como de su fuente más limpia, brota a chorros el carisma. Allí, como en otro Nazaret, el Espíritu cubre con su sombra a una mujer, entonces María, ahora Paula.

Hoy, 1993, tú y yo, le pedimos al mismo Espíritu que trabaje en cada escolapia, hoy, aquí, como lo hizo en María, como lo hizo en Madre Paula. Le pedimos su acción y nuestra respuesta.

Vamos a hacer un intento de entrar en su experiencia, en su historia de salvación. Atrevámonos a hacer su misma andadura, quedar a la intemperie como ella. Nos ayudarán unos símbolos. Todo símbolo expresa, sugiere, pero sobre todo deja mucho sin decir. A través de estos elementos tan significativos, vamos a tener el atrevimiento de entrar en su caminar, en su sentir, en su respuesta. A buen seguro que cada una lo haremos desde nuestras experiencias personales, leer e interpretar desde la propia capacidad, la que ha ido dando la respuesta personal de fe. Que cada cual complete lo que aquí se dice. En ningún momento se pretende presentar algo acabado, completo. No, la acción de Dios nos desborda, como le desbordaba a ella. ¿Cómo podía imaginar entonces lo que se estaba gestando? Estas líneas habrán cumplido su objetivo si tú, que las lees, eres capaz de hacerlo con corazón nuevo, abierto, y te dejas transformar por el mismo Espíritu de Jesús que actuó en la existencia de Paula.

PAULA LLEGA A OLESA…


A Figueras fueron Paula e Inés con 40 reales. ¿Qué trae Paula a Olesa? Las crónicas dirán elementos materiales que llevaban o que pronto adquirieron. Vamos a preguntarle por el otro equipaje, por el que la vida le ha regalado, por ese equipamiento con el que Dios mismo le ha ido enriqueciendo. Ahora que ha entrado ya, y para siempre, en la pedagogía de Dios, en su actuar, en su escala de valores tan distinta a la nuestra.

Aquí llega volando tierra adentro. Su vuelo es libertad, una libertad donada por la obediencia al querer de Dios. Pero su vuelo es hacia dentro, como en Jesús, es anonadamiento. Planea en el mar de Dios que sabe más de kénosis, que de altura. Me recuerda al creyente Abrahán que un día "salió de su tierra y de la casa de su padre hacia la tierra que Dios le iba a mostrar". Y llega a Olesa. Ha recorrido otras tierras, pero Olesa lo es en plenitud.

Madre Paula viene en diciembre de 1859. Es muy significativo que el 11 de agosto escribía a la que había sido su novicia para decirle: "Ya sabe que para llegar a la cumbre de la perfección hemos de practicar la santa humildad y obediencia; con sólo estas dos virtudes nos uniremos con Jesucristo…" Habla la "afectísima hermana que la ama en el Señor", se pronuncia Paula en su experiencia.

Tiene 60 años. Ya ha habido un buen aprendizaje en el seguimiento de Jesús, y no por el paso del tiempo, sino por su respuesta fiel en todo acontecer, un auténtico bautismo en los designios de Dios, cuyos "caminos son tan distintos de nuestros caminos". Del Siervo ha aprendido la obediencia, el "heme aquí" y la seducción por lo más humilde. Ahora la Superiora General le asigna Olesa. Y "Paula va a su fundación preferida, en razón de su pobreza". No elige, obedece. Viene a un "pueblo pequeño y un poco aislado". Es una nueva etapa en su vida, un nuevo éxodo hacia la libertad más plena. La energía interna es el Espíritu, ella, Paula, es sólo instrumento.
Pero, atención. No leamos a Paula desde nuestras raquíticas experiencias. A veces interpretamos que esta situación es marginarla, y ese retiro crea sufrimiento en el corazón de Paula: apartada de las responsabilidades últimas, destinada a lo más pobre. Eso lo leemos en Paula porque es lo que sucede en nuestro corazón necesitado de las migajas de la imagen, o del poder, o de estar en… Paula, desde el principio, se ha situado en el corazón mismo de Dios y Él la plenifica con sobreabundancia. Su opción por la humildad no es fuente de conflicto. Decidida definitivamente por Dios, su ser y actuar en la humildad es la única alternativa, como en Jesús. La única dicha, porque "Dios se revela a los sencillos" y en esa revelación está la bienaventuranza. De la dicha evidenciada en la persona de Paula nos hablan con abundancia los documentos históricos.

Así llega a Olesa. Ha vivido largos años de fidelidad. Los treinta primeros allí, en Arenys, como Jesús en Nazaret. Los otros, treinta también, desplegando una actividad intensa. Pero a Paula esa actividad no le ha gastado por dentro, más bien, en respuesta al querer de Dios, la ha enriquecido con Él mismo como único tesoro. Y Paula no se ata a su obra, no tiene añoranzas por lo que ha hecho. Su hacer está en buenas manos, tiene buen Fiador. Él la ha promovido, Él lo seguirá haciendo. Confianza y obediencia humilde que no le restarán audacia para intervenir cuando lo crea necesario.

Olesa… Otros treinta años. Humildad, anonadamiento… Y ahí Jesucristo es Señor. Es el secreto del reino. Es el secreto de Paula.

EL PUEBLO

Olesa… "Está enclavado a 42 kilómetros de Barcelona y a 20 de Sabadell. Cuando llegan las escolapias tiene 3.100 habitantes. El 80 % de la población es analfabeta; referida a la mujer el 92 %. Es un pueblo pequeño, mal comunicado, poblado de jornaleros, pobres en su mayoría".

Hablamos del pueblo de Olesa. Y hablamos del pueblo, de la realidad popular. Hablamos de la gente, de la buena gente. Hablamos de lo perdido, de lo que no tiene nombre. Hablamos de aquello a lo que no se da importancia, lo que no cuenta. Hablamos de lo que no tiene voz. Porque un pueblo sin cultura no puede gritar, su grito es sordo, sin capacidad de ser pronunciado. Porque "hoy como ayer, calla quien no tiene voz, aquél a quien nadie enseñó a decir su palabra". Así era Olesa.

Paula Montal ha intuido la acción de Dios en la historia, los profundos cambios sociales, la falta de cultura en la mujer, la familia necesitada de salvación. Y Paula lee en esa historia y se vincula a ella. Hoy en Olesa, como antes lo hizo en Arenys, en Figueras, en Sabadell…

Y es que desde siempre Paula pertenece al pueblo, se confunde con los sencillos, camina con ellos por las calles, se adentra hasta sus familias. Ahora, al venir aquí, pierde situaciones de privilegio para caminar más libremente con él, con el que ya es su pueblo. Se adentra en su suerte, comparte su situación, vive su vida, su pobreza. Como ellos, como sus pobres, experimenta la intemperie de la existencia y desde ahí se abandona a la intervención de Dios. Paula, la mujer sencilla, pisa siempre la tierra, camina en lo real, vive de realidades. Y tan real es la pobreza de sus gentes, como la fe en su Dios. Ella se siente responsable de esa parcela, la que Dios mismo le confía, sin nostalgia de otras, y en responsabilidad, responde. Humilde, parece que con su vida grita la salvación, la libertad.

Y Dios actúa. En la entraña del pueblo, Paula no es pasividad, sino que con ella y en ella trae el hacer del Espíritu, y en virtud de él, Paula es creatividad. Dios obra de nuevo en la historia, en Olesa, porque una mujer, otra vez la mujer, lo hace posible. Paula pone en juego la fuerza y el ingenio liberador de que es capaz todo ser humano, y, a la vez, la fuerza de la fe por la que se abandona al poder salvador de Dios. Paula hace éxodo con su pueblo en una buena dosis de riesgo y aventura, y en ese arrojo Dios manifiesta su gloria. Madre Paula, haciendo una síntesis perfecta, camina hacia una promesa, hacia un futuro nuevo. Es muy consciente de que ese futuro se hace, se engendra, se gesta.

Y Paula, la incansable sembradora en otros pueblos, se hace semilla, penetra en la profundidad de la tierra y se deja romper. De ahí, de Olesa, saldrá la espiga fecunda, explosión de vida y espíritu. Ella es escucha humilde, apertura, obediencia,…

Esta realidad de PUEBLO y esta existencia de Paula son como el telón de fondo de esta reflexión. Son el escenario, lo que unifica todo, sin dejar lugar a rupturas ni a parcialidades. Desde esta constatación avanzamos.

¿DÓNDE ESTÁ EL INGENIO DE PAULA? ¿CUAL HA SIDO SU INTUICIÓN?

La escucha de Dios en su propia historia le ha facilitado las pistas de su acierto. Allí en Arenys, en su infancia, ella vivió y más tarde descubrió la misión de la mujer, se hizo consciente de su importancia: la mujer es el motor de toda transformación social hecha a fondo. Calasanz, siglos antes, ofrece la educación a las clases populares. Paula Montal da un nuevo paso: la mujer. No es coincidencia paralela, es más, es salto cualitativo.

¿POR QUÉ LA MUJER?


Dice el Concilio Vaticano II: "Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión la guarda del hogar, el amor a las fuentes de la vida, el sentido de la cuna. Estáis presentes en el misterio de la vida que comienza… Reconciliad a los hombres con la vida…" Y aún más: "esposas, madres de familia, primeras educadoras del género humano en el secreto de los hogares, transmitid a vuestros hijos y vuestras hijas las tradiciones de vuestros padres, al mismo tiempo que los preparáis para el porvenir insondable. Acordaos siempre de que una madre pertenece, por sus hijos, a ese porvenir que ella no verá probablemente" (Mensaje a las mujeres, 5 y 6).
Yo me imagino leyendo a Paula Montal estos párrafos del Concilio. Ahí está su ingenio, su gran intuición redescubierta y refrendada por la Iglesia. Cada escolapia deberíamos tener grabado este texto conciliar en el hacer diario de la escuela, en el proyecto vital de cada Centro. Ella, Paula, pertenece por sus hijas, a este nuestro hoy que ella no ve, pero que lo gestó y lo bendice.

Bien, pues. Ahí está su ingenio. Hoy afirmará la sicología lo que Paula aprendió en la vida: que la existencia de todo hombre se troquela en los primeros años. La vida tierna, la cera virgen, modelada por el calor afectivo; sellada con los besos y caricias, con la ternura de la madre. Por eso la mujer necesita educación, la necesita para educar al hijo, para formar al hombre. La mujer salvadora de la familia. En la mujer, Dios hace germinar la vida; en la mujer, Dios salva la vida; en la mujer, Dios actúa de nuevo en la historia en gesto liberador. La mujer hace posible que "el agua se transforme en vino", que la vida surja donde no existía, y brote en calidad de amor y de libertad.

Por eso, cuando Paula y sus hermanas llegan a Olesa, traen con ellas la gran idea. Ofrecerán la plataforma de escuela para la mujer. Los textos históricos nos hablan de la doble vertiente educadora: el aula, formando integralmente a la nueva mujer, la madre del mañana; y Paula Montal llegando, a través de cada alumna, a la familia, al lugar donde está la madre de hoy, al taller donde la vida crece, a la fuente misma del amor, a la Iglesia doméstica.

Sacar a la mujer de la incultura, de la marginación. Pero sacarla ¿hacia dónde? ¿Llevarla a la competitividad, al materialismo, a la mujer-objeto, a los valores reinantes de una sociedad consumista? Paula Montal tiende su mano a la mujer para colocarla en el lugar que le corresponde: el lugar del servicio, de la entrega, en la familia, en el trabajo. Porque "ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiera en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora" (Mensaje del Concilio a las mujeres). Es la hora del amor. En la civilización del amor tiene la mujer una palabra, y un compromiso.
Y ahí está Paula Montal, mujer de encrucijada, introducida en lo más profundo de la historia, en densidad de amor, en audacia humilde. Es el hacer paciente y diario, entrega sin reservas, creadora y dinámica. Pero su actividad no es proyecto y táctica, no. Son valores y gestos, no montajes externos. Siendo plenamente mujer, se ofrece a la mujer. Su hacer es ese amor que padece desde dentro aquella realidad que veíamos en su pueblo. Es ahí donde se está gestando, en profundidad fecunda de amor, la auténtica vida, el futuro nuevo; detalle a detalle, en gratuidad sin límite, a esa mujer, a ese proyecto de Dios, del Dios de la vida.

Escuchemos cómo canta C. Rabaza en la celebración del Centenario de la fundación de Figueras, la permanencia de Paula y su obra en el tiempo:

"Hace ya un siglo que corre
la fontanica secreta
que refresca corazones
y que los hogares riega.
Cuántas blancas palomicas
bebieron del agua fresca
de la piedad confortante
y las regaladas letras;
cuántas familias dichosas,
cuántas virtudes austeras,
cuántos bellos sentimientos,
cuántas emociones ledas…
Aún no se secó la fuente,
aún el manantial prospera,
aún las niñas en el arte
de ser mujeres se adiestran,
aún perduran, aún persisten
los prestigios e influencia
de Madre Paula Montal
y sus fieles compañeras…"


¿POR QUÉ LA EDUCACIÓN?

Educar es dejar crecer… Es poner al niño, a la niña, en situación de crecer. No vamos a hacer un tratado de educación. No lo pretendemos, ni tenemos recursos para conseguir la calidad de los existentes tanto científica, como poéticamente. Sencillamente traemos aquí un símbolo de Arenys para expresar esta realidad, y unos interrogantes:

EDUCAR…

Educar
es lo mismo
que poner un motor a una barca…
hay que medir, pesar, equilibrar…
poner todo en marcha.

Pero para eso,
uno tiene que llevar en el alma
un poco de marino…
un poco de pirata…
un poco de poeta…
y un kilo y medio de paciencia concentrada.

Pero es consolador soñar
mientras uno trabaja
que ese barco, ese niño
irá muy lejos por el agua.
Soñar que ese navío
llevará nuestra carga de palabras
hacia puertos distantes,
hacia islas lejanas.

Soñar que un día
cuando esté durmiendo nuestra propia barca,
en barcos nuevos,
seguirá nuestra bandera enarbolada.

Gabriel Celaya

Y unos interrogantes decíamos. Cada escolapia hemos optado por seguir a Jesús entre los niños, caminando con lo jóvenes. Sería preocupante que rutinizáramos nuestra tarea y no nos detuviéramos cada día ante los ojos transparentes de los niños, de un niño, de cualquier niño…

¿Quién se atreve a mancillar la inocencia de esos ojos? ¿Quién no mira a Dios en el espejo de esa profundidad tan límpida?

¿Qué escolapia se reserva algo de sí misma cuando le grita, aún sin palabras, "nadie me quiere", "los más poderosos me manipulan y pretenden aplastarme" (léase consumismo, mentira, medios de comunicación, indiferencia, dramas familiares…)?

¿Qué escolapia no aprende diariamente la lección de abajarse a los más pequeños, de encontrar en el niño el camino de anonadamiento necesario "para entrar en el reino"; de ser como aquella otra escolapia, la primera raíz humilde en el surco de la historia,… y arrojarse como semilla gratuita en la historia de cada niño?
¿Hay alguna escolapia que habiendo optado por seguir a Jesús entre los jóvenes cierre sus entrañas al abismo de soledad, sin-sentido, aburrimiento, droga, alcohol,… tópicos ya, pero realidad en las personas jóvenes que tenemos sentadas en los pupitres de nuestras aulas?

¿Qué escolapia no crece dejando crecer, y no se goza con el bullicio y las travesuras de la vida que explota y es tanta que sale de su cauce?

¿Qué escolapia no se mantiene en búsqueda continua para dar respuestas válidas al hoy de nuestros jóvenes, huyendo de las respuestas fáciles, "para salir del paso"?
¿Existe alguna escolapia que contemple indiferente los barrios viejos de la gran ciudad, jóvenes en el bullicio de los niños, víctimas inocentes de una sociedad injusta?
¿Hay alguna escolapia que mire la televisión y contemple los documentales de la infancia desnutrida, falta de techo y amor familiar, sin ningún acceso a la cultura,… y se quede indiferente?

¿Qué escolapia, seducida por el Dios de Jesús, no descubre el potencial de hijo de Dios que hay en cada alumno, en cada niña, en cada joven?
¿Existe alguna escolapia que se atreva a profanar esa realidad de Dios que está y grita con "gemidos inenarrables" por desplegarse y hacerse en plenitud?
¿Qué escolapia ahorrará esfuerzos por hacer crecer su propio manantial, la fuente de su ser, para que se transforme en el lago limpio, claro, pleno de vida, gratuito, en el que las almas de niños y jóvenes buceen en él, se zambullan, y beban hasta saciarse del agua de la vida?


LA PALMERA

Es imposible pensar en Olesa y no dibujar mentalmente la PALMERA, las dos palmeras. Están en el patio del colegio, y son del tiempo de Madre Paula. Ella, a buen seguro, las plantó y con seguridad las regó. Vamos a introducirnos en la vida de Paula Montal, ahora a través de esta palmera.

La palmera. Decir esta palabra es viajar hasta cualquier oasis, lugar del desierto en donde aflora el agua subterránea realizando el milagro de la vida en medio mismo del lugar más inhóspito. Eso era Jericó, llamada "la ciudad de las palmeras".

Pero decir "palmera" es decir también prosperidad. Es una planta no sólo decorativa de parques y jardines, sino fecunda y rica por sus frutos.

En la Biblia aparece en repetidas ocasiones: entra a formar parte de la decoración del templo (IR 6,35); se usan en la celebración de la fiesta de los Tabérnáculos (Lv 23,40); también en la entrada de Jesús en Jerusalén cuando "la multitud salió a recibirlos con ramas de palma" (Jn 12,13). Las palmeras son símbolo de sabiduría (Si 24,14); de perfección y prosperidad (Sal 92,13); de hermosura (Ct 7,8), y frecuentemente es modelo para el árbol de la vida.

¿Por qué Paula eligió precisamente la palmera? Nada podemos afirmar de su intencionalidad, pero a mí me gusta que eligiera precisamente la palmera, la que crece en medio del desierto, en la tierra fecundada por el agua refrescante y sorpresiva. Tengo que confesar que siento una predilección especial por esta planta, tal vez por ser tan bíblica, tal vez porque caracteriza tan significativamente la silueta de Olesa, tal vez por su apertura perenne al Sol que le da la vida. En mi habitación, traída de allí, de Olesa, crece lenta, muy lentamente, una palmera. Ningún otro recuerdo me la ha acercado tanto; es como conectar desde la vida, vivirla con ella, con Paula.

De los significados que la Biblia le atribuye nos quedamos con el de la Sabiduría. Y es que se me antoja pensar que Paula quiso plantar esa palmera para recordarnos a las escolapias lo que tenemos que esculpir en cada alumna, en cada niña, en cada mujer.

Por la mañana, antes de comenzar el recorrido educativo de la jornada, la educadora escolapia debería situarse ante la palmera de Paula para recordar que la meta del nuevo día es que cada alumno crezca como lo hacía Jesús: "en estatura, en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres". Para recordar, y para orar con Salomón:

"Dios de los padres, Señor de la misericordia,
dame la sabiduría asistente de tu trono,
porque soy siervo tuyo, hijo de tu sierva,
hombre débil y de pocos años…
Contigo está la sabiduría, que conoce tus obras,
ella sabe lo que te agrada.
Envíala desde el cielo
para que esté a mi lado y trabaje conmigo,
enseñándome lo que te es grato".
Sb 9,1-10

Hablamos de la Sabiduría personal, la que estaba en el Padre y se nos ha manifestado en Jesucristo. Él es la "sabiduría de Dios" (ICor 1, 24-30). Esa que es:

como una amada a la que se busca con avidez (Si 14,22ss)
como una madre protectora (Si 14, 26ss),
como una esposa nutricia (Si 15,2ss),
como una ama hospitalaria que invita a si festín.

La palmera, la sabiduría, la que da el amor. A las escolapias nos gusta que la Palabra de Dios hable de ella utilizando términos femeninos, porque nos acerca a la intuición que Paula tiene sobre la mujer, porque Madre Paula la quiere "amada", "madre protectora", "esposa nutricia", capaz de abrir sus puertas e invitar a la fiesta de su amor y compartirlo.

¿Te imaginas a la escolapia cargada de esta sabiduría? ¿Te imaginas a cada alumna que sale de las manos de Paula enriquecida con tanto don? ¿No parece que Paula Montal era ambiciosa en extremo? Escucha, verás cómo te suena:

"Principio de la Sabiduría es el temor del Señor,
Ya en el seno se crea con el fiel" (Si 1,14).
El temor del Señor es la síntesis de la Sabiduría" (Si 19,20).

"QUIERO SALVAR LAS FAMILIAS
ENSEÑANDO A LAS NIÑAS
EL SANTO TEMOR DE DIOS".

Paula Montal es genial. Intuyó que el cambio social, el de verdad, se realiza educando a la mujer, entrando en las fuentes de la vida. Pero llegando allí, creando sabiduría, educando en el temor del Señor. No es necesario decir que este temor no es miedo. El miedo no produce los frutos que de la sabiduría venimos enumerando.
Y todo desde ahí. Desde ahí la cultura, la experiencia del saber, bien lejana del aprendizaje desgajado de unos cuantos conocimientos. Y desde ahí los encajes, esos trabajos en los que "Paula era tan diestra". Y desde ahí la fiesta y el chocolate cálido. Desde ahí la misma oración y los sacramentos. Todo, todo desde el Temor del Señor, porque él es el principio de la Sabiduría, y su coronamiento.

Pero hay más. Esta sabiduría es generadora de humanismo y lo trasciende. A la luz de la fe, lo dilata y lo despliega. Esta sabiduría es Jesús. Ya lo hemos dicho: "Él es la sabiduría de Dios". Nos lo ha revelado el Nuevo Testamento. Bien, pues esta sabiduría es don. Dios la revela y la regala a los sencillos, al pueblo que hace éxodo, al resto, a Olesa que camina con Paula. ¿Verdad que de nuevo nos sorprende Paula? Ella había recibido y entendido el regalo. Y lo ofrece a los que pueden entenderlo, a los pobres, a los niños, a la mujer marginada. Cada escolapia oraremos con Salomón pidiendo la sabiduría, pero tendremos que aprender a hacerlo en nuestras aulas, entre los niños, para pedirla con la actitud del pobre, con la actitud del niño. De lo contrario nos quedaremos sin entender ni recibir, nos quedaremos fuera del Reino.
Sí, merece la pena. Si tienes ocasión, consigue una palmera de las que crecen cerca de la Gran Palmera, de sus semillas. Tenla cerca de ti, aprende de ella a abrirte a la vida, al amor, a la fe, a la Sabiduría, como lo hizo María (tal vez tenía una palmera en su jardín), como lo hizo Paula. Y a la vez que la vez crecer, pide al Padre que te regale la revelación que le regaló a Paula, pide que Él mismo se te regale, que te regale a su Hijo. Tal vez tiembles ante su misterio; tiembles "porque este tesoro lo llevas en vaso de barro", tiembles porque tú eres la elegida para llevarlo, tiembles de gozo y felicidad, de plenitud, tiembles con emoción desbordante, porque no hay regalo mayor que el que Dios te regala en su Sabiduría, porque te regala a su Hijo.

LA MONTAÑA

Hablamos del pueblo de Olesa, no de cualquier pueblo. Porque muchos se le parecen por estar a la sombra de alguna montaña, pero no tantos que lo estén con un significado tan mariano como éste.

Allí está, sí, la montaña. Se divisa desde la terraza de la casa en que vivió Madre Paula. Ella la contemplaba desde el entonces campanario. La montaña…

"A veces el Sol la calcina. Otras la ahoga.
Con frecuencia la lluvia la castiga.
No es raro que la niebla la envuelva mansamente.
Nunca la oí quejarse por culpa del calor o del frío.
Jamás exigió nada por su majestuosa belleza.
Ni el agradecimiento.
Se da simplemente. Gratuitamente.
No es menos majestuosa cuando el Sol la acaricia,
que cuando el viento la azota.
No se preocupa de que la vean. Ni se enfada si la pisan.
Es como Dios: todo lo soporta, todo lo sufre, todo lo acoge.
Dios se comporta como ella.
Por eso la montaña es un sacramento de Dios:
revela, recuerda, alude, remite".

L. Boff

La montaña aparece repetidamente en la Biblia. Es el lugar en el que Dios se hace presencia palpable y lugar en el que el hombre se introduce en la divinidad. Basta recordar algunas: Moria, Sinaí, Tabor, Calvario,… En la montaña se han hecho realidad los acontecimientos nucleares de la Historia de la Salvación: la Antigua y la Nueva Alianza.

Por eso es muy bello y significativo que en la vida de Paula Montal aparezca con tanta fuerza la MONTAÑA. Es como si hubiera ido hacia Olesa atraída por Ella. Estamos hablando de María, claro. La montaña que contempla Olesa es la de Montserrat. Y decir Montserrat es decir María. Es como si la vida de Paula, ya desde su bautismo, hubiera comenzado a bucear en el misterio de María. Como si aquella devoción tierna y filial se hubiera convertido en la raíz más profunda de su ser, como si de ella recibiera la savia y la fecundidad. La vida de Paula es como un sumergirse gozosamente en el misterio y en la persona de María, Madre de Dios. Como si Paula se encontrara a sí misma en esa Madre. Con ella se identifica como la humilde esclava del Señor. Como en Ella la vida misma es un hágase prolongado en los días y en las noches; un hágase que se pronuncia en el secreto mismo de Dios, y a su secreto se le entrega en el afecto más íntimo. Y es que sólo el amor conoce el secreto más hondo de la vida, de la vida de Paula, del existir de María. Una y otra hacen de la fe su aliento. En esa profundidad de FE en el que el amor todo lo ilumina, se asemejan estas dos mujeres: María y Paula.

Ahora, en Olesa, Paula sube a contemplar, a empaparse. No sabemos muy bien si deseaba mirar a la Montaña o si quería ser mirada por ella. Aquella Montaña silenciosa que mira hacia dentro, un adentro tan enorme y pleno como lo son sus entrañas, una vida como un mar sin playas, o un valle sin montañas. Y Paula extiende hacia Ella sus brazos como para ensayar aquel gesto último con el que terminaría sus días: "Madre, Madre mía". María es presencia de Espíritu, y desde Montserrat llega la brisa hasta Olesa. Paula Montal sale al campanario a empaparse de ella, a que el carisma escolapio surgiera bien lleno de la misma Vida que da vida a María.

Seguro que Paula Montal subió allí más de una noche, y hacía su oración más íntima al Dios de María, a su Dios, clavados los ojos en la Montaña. Y divisaba a la Mujer que Calasanz cantó en la Corona de las Doce Estrellas, a "la Mujer envuelta en el sol, con la luna bajo sus pies y en la cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba por los dolores del parto y el tormento de dar a luz" (Ap 12,1-2). Paula Montal se sumergía en el misterio que a ella le envuelve, y se mira en:

"la mujer predestinada por Dios para ser Madre de su Divino Hijo",
"la mujer en cuyo seno se hizo hombre el Hijo de Dios",
"la mujer por la que quiso ser educado Dios Hijo en su infancia",
"la mujer a quien Dios reveló sus secretos de la redención del mundo",
"la mujer a quien el Espíritu eligió como esposa",
"la mujer a quien el Espíritu hizo a la vez virgen y madre".

María, la mujer fecunda, proximidad definitiva de Dios que llega. Ella es la permanencia, la fidelidad, la hondura de la fe, en la temblorosa humildad de la esclava. Camina con su pueblo, con el resto, lo saca del Antiguo Testamento y lo introduce definitivamente en el Nuevo, en la era del Espíritu. Y ahí, adentrada en la Historia de su pueblo, lo abre a otra promesa, a otro futuro, a los valores definitivos, a Jesús, al Espíritu.

Ésa es María, y ésa es Paula. Ya la hemos visto internarse en su pueblo. En su humildad se entrega a la humildad de la tierra, y ahí se convierte, como María, en dinamismo creador. En María encuentra ese seno fecundo que la hace ser en la entrega y en la fecundidad. Ahí está la vida, ahí está el hacer educativo de Paula. Ella llega a la entraña humana para sembrar la fe, y confiar el crecimiento al tiempo y a la esperanza. En María, Madre de Dios, encuentra el aliento, la vida que la capacit a la "cumbre de mujera para esa maternidad educativa como experiencia íntima y tan propia de Paula. Y desde ahí no ahorrará esfuerzos por reformar y recrear la familia. Es María la capaz de engendrar la nueva persona, la mujer nueva, el hogar.

Y Paula está entre las alumnas acercándolas a María, a esa mujer "signo y presencia, sacramento y rostro materno de Dios"; a "la cumbre de mujer inmersa en Dios". Quiere que aprendan de Ella a ser "donación generosa, consciente y por siempre total a Dios". Porque Paula descubre en la Montaña a la "cumbre de mujer familiar de Dios", la que cada alumna había de llevar a su hogar, al de hoy y al de mañana. Porque María está en la Montaña, pero sobre todo está en el surco de la vida. Es lo que cantan nuestros jóvenes allí, en la montaña…

"SANTA MARÍA, MADRE Y REINA DE LA MONTAÑA,
¡ALIENTA NUESTRA JUVENTUD!
COMO CRAMPONES QUE SE HINCAN EN EL HIELO
O MANO AMIGA QUE ME DA SEGURIDAD,
COMO PIQUETAS QUE MI TIENDA ASEGURAN,
ERES REFUERZO PARA MI FUTURO HOGAR.
MARÍA, ERES COMO EL EDELWEIS,
BELLA POR LA NIEVE Y POR EL SOL,
FUERTE CONTRA EL VIENTO EN LA MONTAÑA,
LUGAR ALTO DONDE MORA DIOS".

 

LA ESCALERA

En el Génesis aparece una escalera que une el cielo con la tierra… "Una rampa que arrancaba del cuelo y tocaba el cielo con la cima. Mensajeros de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie en lo alto y dijo: Yo soy el Señor, al Dios de tu padre Abrahán y el Dios de Isaac. Yo estoy contigo, te guardaré adondequiera que vayas" (Gn 28,12-15). Escalera necesitaron los discípulos para bajar de la cruz el cuerpo muerto de Jesús. A mí me gustaría leer en la Biblia que al sepulcro de Jesús era necesario bajar. Descender a la entraña de la tierra, para subir después con el gozo profundo de la certeza del Resucitado.

Allí está la escalera. Es la reliquia que nos recuerda lo que fue. Son nueve peldaños. Nunca tuvo más de los que tiene ahora. Se construyó para salvar el desnivel que había desde el piso de la comunidad hasta el tejado de la capilla donde estaba situada una campana. Ella fue pisada por los pies de la humilde Paula. Hoy no sirve, no se apoya en ningún suelo ni nos lleva a ninguna altura. Sólo está, sólo recuerda, sólo hace presencia, sólo estremece.

"Te gusta ir entrando, como un fuego,
vida adentro de aquéllos que te aman
y abrasarles las horas, los derechos, el juicio.
Tú haces los eunucos por el Reino.

Nos dice que Paula subía y bajaba, ascendía y descendía. Y parece que el corazón quiere escuchar el corazón de Madre Paula en la subida y en la bajada. Subía en ansias de beber la brisa que llegaba de aquella Montaña. Descendía confortada con la ternura de aquel amor. Sube y baja, como hicieran los Apóstoles al Tabor. No se queda allí, desciende para proclamar, para servir, para ser de los demás. Mañana subirá otra vez.

¿Desciende o asciende? ¿Asciende o desciende? Estos términos sólo los necesitamos nosotros, Paula ya no los necesitaba. Ella ya había hecho la síntesis. En su diccionario, el del amor, estas palabras eran una misma cosa. Y es que ella vive, y lo hace igual en un lugar que en el otro, su ser se ha unificado en el amor y todos sus días, todos los lugares, no son más que actos de una misma obra, la de su vida, la del amor. En tal caso, ella se ha colocado ya hace tiempo, y definitivamente, en el descenso, y ahí la plenitud y la dicha. Es igual que ocurrió con el Hijo que


"a pesar de su condición divina,
No se aferró a su categoría de Dios;
Al contrario, se despojó de su rango
Y tomó la condición de esclavo,
Haciéndose uno de tantos…
Por eso Dios lo encumbró sobre todo
Y le concedió el título que sobrepasa todo título…" (Flp 2,5-11)

 

 

La escalera nos recuerda que en Paula no hay divisiones, que todo es amor, cuando el corazón ha encontrado su tesoro, su amor. La escalera sintetiza en nuestra Hermana el Dios que la trasciende con el Dios que vive en lo más íntimo de ella misma. Es el Dios hecho hombre, esclavo, siervo. Es la certeza gozosa de vivir la hermosa realidad de que el Absoluto, esa inmensidad que nos trasciende, que nos resulta inabarcable, "en la que vivimos, nos movemos y existimos", no es exigencia, es sólo amor. Y en ese amor la confianza, el descanso, la gratitud, la fidelidad

LA CAPILLA - LA CELDA


Nos vamos a detener con Madre Paula en su celda y en la capilla. Tienen mucho de común la una y la otra. La de abajo, la capilla, es la misma en la que Madre Paula oraba, la que guarda definitivamente lo que de ella nos queda. Todo se hace presencia. Nos envuelve y empapa el Espíritu de Jesús condensado en la existencia de Paula.

La celda está al lado de la otra capilla que se ha instalado después. Todo invita a silencio, a entrar, a interiorizar.

Paula Montal visitaba con frecuencia a su Señor, hecho siervo en la Eucaristía. Nos la describía así J. Recio comentando sus restos: era de "ojos profundos", "cara angelical", "desarrollaba un gran trabajo manual", "de fuerte naturaleza", "incansable", "mujer fuerte", "de gran sensibilidad y humanismo"…


Pero caminemos más allá. Vamos a atrevernos a entrar en el corazón de Paula. Ya hemos dicho muchas cosas de ella, intuiciones. Creo que lo más radical aún no lo hemos dicho. ¿Qué pasaba entre ella y su Dios? Es muy arriesgado entrar en esa relación tan personal, tan singular, tan íntima, tan sagrada. Lo haremos con respeto y veneración, nos acercaremos sólo un poquito, intentaremos no profanar lo que allí pasa.

Dice su necrología: "Inocente y sencilla como una niña, pero fervorosa y amante de su Dios, como una santa Teresa, de la cual era devotísima, no hablaba sino de su Divino Esposo, de la oración, del cielo, de los frutos de la Sagrada Comunión, de los deseos de la salvación de las almas…". ¡Santa Teresa! Yo estoy segura de que Dios se le regaló a Madre Paula en experiencia singular. Y ella lo descubrió y experimentó, como decía la gran Doctora castellana, "entre los pucheros", en la oración y en el trabajo: cuando está en su celda o en las aulas; en la capilla o en las calles; orando o manejando los bolillos… Las expresiones del texto anterior son señal certera de esa presencia intensa de Dios. Por otro lado, si Madre Paula "pedía a alguna alumna que le leyera los escritos de nuestra gran Doctora, y a mitad le interrumpía para saborear lo que oía" es porque conectaba con su experiencia, existía una corriente de vida entre una y otra.

Estamos seguros de que Paula tuvo la experiencia embriagadora del Amor de su Dios. Aquella testigo que escondidamente quiso presenciar su oración afirma lo que decimos. Es estremecerse ante la experiencia sentida de que "tú eres amado; es ahora y aquí cuando Dios te ama". No nos resulta extraño escuchar a Paula recitando los versos de Juan de la Cruz:

"¡Oh llama de amor viva,
qué tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!;
pues ya no eres esquiva
acaba ya, si quieres;
¡rompe la tela de este dulce encuentro!

¡Oh cauterio suave!
¡Oh regalada llaga!
¡Oh mano blanda!¡Oh toque delicado,
que a vida eterna sabe
y toda deuda paga!
Matando, muerte en vida la has trocado.

¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras;
y en tu aspirar sabroso,
de bien y gloria lleno,
cuán delicadamente me enamoras!".

Sí, Paula vivió la gran aventura, la de irse quedando a solas con su Dios; la experiencia de quedarse colgada sólo de Él, del Dios que se manifiesta como el Único, y es un Dios celoso. Ante Él, sin más pretensiones que la pura fe. Experimentar que su amor llena cada uno de los poros de su ser. Atreverse a quedar sola ante el Amor, y saborear que "la alegría que encuentra el marido con su esposa, la encontraba su Dios con ella". Y ante esta realidad su apertura crecía, su ser se ensanchaba, todo lo que ella era se hizo apertura y fidelidad, hasta llegar a entrar en esa densidad de fe donde la noche lo es tanto que se hace plenitud de luz. Algo así:

"En la noche dichosa,
en secreto, que nadie me veía,
ni yo miraba cosa,
sin otra luz y guía
sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba
más cierto que la luz de mediodía
a donde me esperaba
quien yo bien me sabía,
en parte donde nadie parecía.

¡Oh Noche que guiaste!
¡Oh Noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!

Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado;
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado".

Juan de la Cruz

Abrirse y ser fiel hasta el punto de experimentar el gozo más pleno ante la presencia de Dios que se le hacía tan palpable, tan ella misma, que le llevaba al sufrimiento sin fondo de experimentar su ausencia. Con Teresa de Jesús repetiría:

"Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para Sí.
Cuando el corazón le di
puso en él este letrero:
que muero porque no muero.

Esta divina pasión
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo
y libre mi corazón.
Y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero,
que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte:
vida, no me seas molesta;
mira que sólo me resta,
para ganarte, perderte.
Venga ya la dulce muerte,
venga el morir muy ligero,
que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es perderte a ti,
para mejor a Él gozarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues a Él sólo es al que quiero:
que muero porque no muero".

"Ya Dolores sabe buscar la página. Aquellos versos que empiezan: "Vivo sin vivir, y tan alta vida espero…"

-"¡Sí, Dios mío, sí" -es la voz de la Madre- "¡que muero porque no muero!".

Ya estaba segura Dolores de que Madre Paula interrumpiría. Para repetirlo con ella. Pero cada vez con intensidad nueva". (P. Moriones)

Mucho le tardó en llegar la visita de la "hermana muerte" a Madre Paula. Sin embargo, ella conoció la muerte lenta, la de cada día. Y ahí toda ella rebosaba esa presencia intensa de amor. Y ahí todo. Nada más necesitaba el corazón de Paula, como nada más quiere el corazón que ha sido alcanzado por el amor. Nada más.
Esta experiencia honda y plenificante es la que explica la senda humilde de Paula. Cuando el corazón está plenificado, saciándose en las fuentes mismas del amor, sólo necesita la fidelidad humilde, la postración, hacer del día liturgia, y de toda la vida alabanza. No necesita buscar ninguna otra cosa para llenarse; está plena, ella misma desborda. Ese gozo sereno, esa armonía contagiosa, ese aroma que todo lo perfuma. En la plenitud percibía Madre Paula que la semilla enterrada, se abría ya en espiga frondosa. ¿Por qué marcamos tanto la dimensión del grano de trigo que se rompe y menos el gozo del renacer, de lo nuevo, de la espiga? Paula Montal era ya mujer nueva, mujer del Espíritu.

La humildad no se consigue a base de esfuerzos voluntaristas; la humildad no se consigue imitando modelos. La humildad, la de Jesús que se rebajó hasta someterse hasta la muerte y muerte de cruz; la de María, "esclava del Señor", la de Paula, "humilde creyente", se desprende de la plenitud del amor, de dejarnos hacer por Dios, aunque nos desnude, aunque nos quedemos con sólo su presencia vivida en la oscuridad de la fe. Precisamente ahí ocurre el milagro: "en el desierto habla Él al corazón", y lo hace derramándose copiosamente sobre la elegida. Es entonces cuando el corazón ya no necesita de imagen, ni de lugares privilegiados, ni de poder, ni de las migajas afectivas de una amistad sin compromiso… El corazón que le ha encontrado se dedica ya sólo a Él, a buscarle en los rostros de los niños, en las inquietudes jóvenes, en el encuentro con cada hermana, en el pecado personal…, pero a Él, sólo a Él. Y ahía la plenitud encontrada por sorpresa en lo más pequeño, en lo más sencillo, en la propia persona, perdonando y salvando del abismo del pecado.

Yo veo así a Madre Paula. Estoy convencida de que era más. Lástima que no puedan hablar de ella la celda y la capilla. Ese lecho conocedor de su descanso, pero también de las largas veladas en las que ella, sintiéndose en la mayor soledad, se encontraba en el solo Dios, en "la soledad sonora", en la desnudez total, inmersa ahora en el mar inmenso del amor. Mucho nos diría la capilla, nos hablaría de su oración, de su postración total, de su silencio ante Dios; ese silencio tan cargado de palabra que la emoción no es capaz de pronunciar, que sin embargo contiene todas las respuestas. Si algo queremos saber, saborear, tendremos que atrevernos a hacer su misma aventura, la aventura fascinante de la fe, e introducirnos en Dios, en sus planes, en su hacer, en su amor. Aventura que no se guarda para "los privilegiados", es sólo para los creyentes que, como Abrahán, son capaces de ponerse en camino, y experimentar al final que su sacrificio, el sacrificio del único hijo, es agradable a Dios. Y ahí la plenitud más plena.

EL GRANADO

Igual que la palmera, lo plantó Paula en Olesa. Y allí está, retorcido ya por los años, pero puntual en sus flores y en sus frutos. También es significativo que el árbol elegido por Paula sea éste.

En la Sagrada Escritura aparece con relativa frecuencia esta planta. Los parajes bíblicos eran ricos en ella. Pero donde hace su aparición más frecuente es en el Cantar de los Cantares: "Tus sienes entre el velo, son dos mitades de granadas" (4,3); "tus brotes son jardines de granados con frutos exquisitos" (4,3); madrugaremos para ver si echan flores los granados" (7,13)…

En el apartado anterior hemos contemplado a Paula marchando por el camino del amor. Continuamos ahí. La experiencia del gran místico, Juan de la Cruz, nos podría ayudar a comprender la experiencia de Paula, la experiencia de Paula, la experiencia del alma que Dios ha tomado para sí y la tiene seducida por su amor. El amor de su Dios y a su Dios la envuelve, es la atmósfera en que respira, a Él se da "sin dejar cosa", Él es su "música callada", en Él encuentra el espacio de "soledad sonora", es el alimento y la presencia en "la cena que recrea y enamora".

Es mucho el atrevimiento de comparar las experiencias de estos dos creyentes, pues nos faltan datos objetivos. Madre Paula es la sencillez, la humildad hecha carne, realidad en su obediencia. Ésa es su palabra. Y ahí su capacidad de ser raíz, de dar fruto en la vida de otras personas, en ella ni se vio ese fruto. Pero un poco atrevidos estamos siendo. Sigamos escuchando ese diálogo de amor que sin duda se dio en el corazón de Paula:

"En la interior bodega
de mi Amado bebí, y cuando salía
por toda aquesta vega,
ya cosa no sabía
y el ganado perdí que antes seguía.

Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura
al monte y al collado,
do mana el agua pura;
entremos más adentro en la espesura.

Y luego a las subidas
cavernas de la piedra nos iremos,
que están bien escondidas,
y allí nos entraremos,
y el mosto de granadas gustaremos".

Olesa, "jardín de granados con frutos exquisitos". Olesa, "bodega del Amado". Olesa, "caverna de la piedra que está bien escondida". En Olesa "el agua se convierte en vino. En Olesa ocurre un nuevo Pentecostés: allí, en el Cenáculo, los Apóstoles "se llenaron del Espíritu Santo", tanto que parecía que estaban llenos de mosto". Aquí, en Olesa, gustamos "el mosto de granados".

Estamos en lo fundamental. Más lejos ya no podemos llegar. Toda la persona y la obra de Paula Montal es obra del Espíritu Santo. Y ella se deja hacer. Con su entrega incondicional va hasta donde Él la lleva, hasta donde Él quiere. Y el Espíritu la lleva hasta donde está Él, hasta el amor total, el amor trinitario, "El amor del Padre, en el Hijo, por el Espíritu".

Madre Paula, ante ti el silencio. Y en ese callar escuchamos tu invitación: "Ven, entra más adentro en la espesura, en la densidad de la historia, en la noche luminosa del Amor de Dios".

LA MESA


Con Todo lo que hemos escrito hasta aquí podía parecer que la existencia de Paula fue vivida en solitario. Y nada más lejano a ella. La mesa que mandó construir para el comedor de la comunidad, es un buen testigo de esta afirmación. Allí esta, no tiene aristas, es la mesa que invita a la fraternidad en su misma construcción.

Paula Montal necesitó, creó el grupo, y vivió en comunidad. La pila bautismal en la que recibió el bautismo está allí, en Arenys, en la parroquia. Es aquella parroquia que es más que un edificio, es la comunidad de creyentes entre los que la niña Paula nació a la fe., creció en ella, la robusteció, y se comprometió como catequista. En la juventud también, se incorporó en la Congregación de la Virgen de los Dolores. Cuando parte hacia Figueras lo hace acompañada por Inés. Y el grupo crece, la Escuela Pía Femenina nace. Y se gesta y nace en comunidad, como venía caminando su fundadora.

Comenzamos esta reflexión "en el pueblo". Madre Paula que llega a Olesa, y arraigada como venía en la Historia, echa ahora raíces en este grupo de personas que tienen los mismos problemas, y las mismas esperanzas. Madre Paula viene enviada por sus hermanas. Llega acompañada de tres hermanas más con las que se siente y hace comunidad. En comunidad se pone a caminar con el pueblo, se introduce en su marcha. Y lo hace creando una estructura de colegio, y haciendo del colegio una gran familia.

María de Nazaret revolucionó la historia cuando Dios, de puntillas, llamó a su puerta. Y Ella le dijo que Sí, "tu proyecto es mi proyecto". Igual Paula, pronunciando el "hágase" de su vida, ahora en Olesa es fermento de Reino es "sal" y es "luz". Sin palabras, su vida proclama: que el amor, y el perdón, y la verdad, y la justicia, y la libertad, y la ternura son posibles en su sociedad. Así se es fermento en la masa.

Paula Montal no espera este día pasivamente. Sabe que esta Nueva Humanidad la hacemos entre todos. Y manda construir una mesa, una mesa que sale del comedor y llega a las aulas, y reparte el bocadillo a esa niña que viene sin comer porque en su casa no hay; y la mesa rompe las paredes del colegio y sale hasta las calles y entra en las familias, y reparte pan en forma de "vales", esos "vales" que la entrega creativa de Paula Montal pone en manos del que carece, y que se cambiarán pos los alimentos necesarios. Es una mesa grande, el compartir es un hecho en Olesa, porque Paula Montal lo hace posible, y porque sus alumnas y exalumnas lo ven, se contagian y lo prolongan. Es el "banquete de manjares suculentos". La profecía ya es realidad. Madre Paula sabe muy bien que esa mesa es réplica de otra Mesa, la de la Eucaristía; en ella está el origen, y la consumación.

Tenemos testimonios abundantes del vivir y del hacer comunitario de Paula Montal, siendo superiora de la comunidad y sin serlo. Y siempre en comunión con Francisca y con Felicia, aún cuando era olvidada en su misión de fundadora; incluso cuando los criterios de actuación eran distintos. Llegó al detalle en la obediencia, aún en situaciones delicadas. Es la mujer que sabe cuál es su lugar y actúa en consecuencia; es la mujer situada en lo fundamental, y desde ahí, se arriesga audazmente a dar respuesta creativa, humilde y obediente a las situaciones del momento.

Madre Paula se siente en todo momento miembro de la Iglesia. En Arenys comenzó su andadura. Y siempre se sentirá en su seno. Si hubiera muerto en Roma hubiera enviado a alguna hermana a besar el pie de San Pedro como señal de obediencia, imitando a Calasanz. Pero murió en Olesa. Y dos años antes, el 7 de enero de 1887, le llega la bendición desde Roma: la aprobación de las Constituciones. "Madre Paula no cabía en sí de gozo por tener, para la propia misión, la máxima aprobación que se puede lograr en la tierra, la de la Iglesia Católica". (D. Vidal). Paula ha entendido desde siempre que ser sierva de la Iglesia es una ofrenda de toda su persona, en disponibilidad total. Con esta conciencia empezó a caminar en Arenys, en su comunidad parroquial. Asumiendo su responsabilidad histórica, el carisma que el Espíritu le ha regalado, lo ha entregado en donación generosa a la misma Iglesia; en el correr del tiempo se ha desplegado, ha llegado a otras personas, generosas también en su entrega. De la Iglesia partió y a la Iglesia se le confía. Ahí está como fruto y como semilla.

El carisma recibido por Paula Montal se confía a la Iglesia, y a la Historia. Queda sometido al correr del tiempo con todo lo que eso implica. Se enriquece y se desgasta; se vivifica y se anquilosa. Que ocurra lo uno o lo otro depende de ti y de mí. Hoy, ante la nueva sociedad que se está configurando, cada escolapia hemos de asumir la misma responsabilidad histórica que caracterizó a nuestra fundadora. Como ella, estamos llamadas, cada una e institucionalmente, a introducirnos en la historia, en el pueblo, y caminar con el pueblo, siendo fermento de Reino. Y como Paula Montal, como Abrahán, viviendo la aventura de la fe. Una fe que tenga sus raíces en Dios mismo, pero que sea capaz de alimentarse de la realidad histórica en toda su complejidad. Una fe vivida a la intemperie, como viven la vida los pobres, como la vivió Paula.

Viviendo en comunión eclesial y carismática, se nos pide alumbrar la humanidad nueva, la que toma forma y vida desde Cristo Jesús. Ser semilla arrojada de nuevo al surco de la tierra, y dejarnos romper, hacer ruptura de nuestras seguridades personales e institucionales, desnudarnos de tanto aparato personal y social, y ponernos a caminar a pie llano, como lo hizo nuestra fundadora, en la escuela sencilla, entre los niños y jóvenes, en el lugar en que ellos más nos necesiten.

A cada una se nos pide centrar el corazón en el amor y sacudir tanto polvo consumista que se nos pega; a cada una se nos exige dar vitalidad al carisma en el lugar en que estamos. Quiero decir, que hoy el carisma será algo nuevo, una realidad viva, si cada una somos apertura y respuesta al Espíritu en la parcela que se nos ha encomendado. Y la autoridad es un servicio a la vida que nace en las personas concretas; a ella le corresponde animar y encauzar esa vida, a veces incomprensible. A ella, a su responsabilidad personal e histórica, corresponde el discernir cuándo sus decisiones impulsan la vida y cuándo la sofocan. Pero esas decisiones no nos liberan a cada escolapia de la responsabilidad personal en nuestra respuesta a Dios, que si lo es en autenticidad tendrá los mismos signos de nuestro Gran Maestro, realidad de Muerte y de Resurrección. Y desde ahí ser la mujer nueva que la sociedad necesita; ofrecer la liberación real de la mujer, no menos necesitada hoy que en los días de Madre Paula. Son necesarias decisiones audaces por la vida nueva, la que surge a raudales del Seguimiento incondicional del Resucitado.

Y eso porque creemos. Porque nos ha llamado y seguimos a Jesucristo. Porque somos escolapias. Porque vivimos en la Iglesia y con la Iglesia. En su gemir, "gemimos ansiando la Tierra Nueva y los Cielos Nuevos".

"Y el que estaba sentado en el trono dijo:
-Todo lo hago nuevo.
Y me dijo todavía:
-Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin.
Dicen el Espíritu y la Esposa: "¡Ven!".
Diga el que escucha: "¡Ven!".
Quien tenga sed, que se acerque; el que quiera,
Tome de balde agua viva.
El que se hace testigo de estas cosas dice:
"Sí, voy a llegar en seguida".

AMEN, VEN, SEÑOR JESÚS"

Ap. 21 y 22