La celebración de mi profesión perpetua ha sido el broche de una de las etapas más hermosas y fructíferas de mi vida: el juniorato. Tiempo de confirmar la elección divina y la vocación escolapia a través de la vivencia real de las claves de la vida consagrada: la vida comunitaria, el carisma y la misión educadora, y la alegría de la intimidad y pertenencia al El y a su Reino.

El Señor ha querido rodear la preparación de esta celebración con pruebas de su amor providente. Es cierto que en los días precedentes la vida de mi padre corrió grave riesgo, pero el Señor, como regalo esponsal, ha querido conservarla. Es también muy cierto que la generosidad de mis hermanas ha permitido que fuese en la iglesia de La Mantería, lugar teológico para mí, donde se celebrase la Eucaristía de profesión, presidida por un sacerdote de mi familia.

La presencia y participación de hermanas de todas las comunidades, de hermanas de otras demarcaciones, junto con un nutrido grupo de padres escolapios, algunos sacerdotes diocesanos, varios familiares y amigos, profesores y alumnos llenaron de alegría mi corazón. Ante todos ellos expresé a Dios mi agradecimiento de la siguiente manera:

En estas palabras de acción de gracias querría retomar la frase final empleada en la invitación a esta ceremonia. Como muchos recordareis decía: "por todo lo que ha sido gracias, a todo lo que ha de ser sí".
Con ella también hoy quiero dar gracias y decir confiadamente sí al Dios de la vida y al Dios del amor.

Gracias al Dios que me ha regalado el don de la vida y que con callada providencia ha ido modificando mis proyectos para irlos acomodando a su querer.
Que ha conservado la vida de mis padres, permitiéndole sentirlos muy presentes en este momento del que están participando y gozando.

Gracias al Dios que con infinita misericordia se ha fijado en mí y me consagra para ser de su propiedad y para siempre. Me acerca a su intimidad y me invita a vivir en actitud de manos abiertas y oferentes porque me ha concedido un carisma y me ha encomendado una misión.

Gracias Señor, por el regalo del carisma que encarnaron San José de Calasanz y Santa Paula Montal. Por querer que viva mi vocación con mis hermanas escolapias, que han sido en tantas ocasiones el cauce de tu amor y tu consuelo, y por permitirme compartir la misión educadora con los hermanos escolapios disfrutando de la riqueza que conlleva la unión.

Gracias por ese entramado de personas con el que has rodeado mi existencia: familiares sacerdotes, amigos y compañeros y, como no, alumnos. Todos ellos son los que van llenando de sentido mi vida en el día a día y en los que puedo ver tu rostro encarnado.

Con intenso amor y en pública intimidad quiero decirte ¡Gracias Señor!, porque sacias de bienes mi existencia y porque con paciente ternura y delicadeza me vas haciendo comprender que sólo TÚ eres mi bien.

Raquel Laseca de Jesús Maestro.

Zaragoza, 12 de septiembre de 2009. Festividad del Dulce nombre de María.